lunes, 28 de mayo de 2012

Capítulo 6-03 - "2012: A las puertas del fin del mundo".


ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: El cuerpo de Ludwica está siendo ocupado por su hijo nonato, quien decide abandonar la vida nómade y regresar a Corona de Amenofis. Después de la muerte de Minmei, Melinda se enemista con su padre Adalberto por la frialdad con que éste se toma la situación. Adalberto, por su parte, contrata a Pola en su consulta jurídica particular. Y Aníbal Aquino se encuentra en Cetrumundi, recibiendo un encargo de Almendra Caballero para averiguar si ha desaparecido una eventual devi desde allá...

“2012: A las puertas del fin del mundo”

Después de hacer pasar a Ludwica, o mejor dicho a quien creía que era Ludwica, Melinda corrió a buscar a Yasna y a Basanio Urmeneta. Ante la noticia, ellos acudieron de inmediato a reunirse en el departamento de Melinda.

– ¡Ludwica! – dijo Yasna, saltando al cuello de la aludida, y riéndose de manera algo infantil. – ¡Te había echado tanto de menos! ¿Dónde estabas, qué te habías hecho...?

– Yo... eh... bien – dijo el hijo nonato de Ludwica, siempre a través del cuerpo de su madre.

– Mi vieja va a volver pronto – dijo Melinda. – ¡Pero, cuéntanos, qué pasó...! ¡Por qué te desapareciste...!

– No quiero hablar sobre eso.

– Ah. Bueno – dijo Melinda, con algo de desilusión.

– ¡Pero por qué...! Ludwica, por favor... Nos conocemos hace tres años, somos tus amigos... – dijo Yasna, con tono algo festivalero. – ¡Ya, ya! ¡Cuéntanos qué pasó en todo este tiempo! ¡En dónde estabas! No me vas a decir que en el fragmento de Megatitlán otra vez, ese fragmento ya no existe...
La criatura no respondió absolutamente nada, pero sus ojos centellearon de una manera amenazante. Yasna, cohibida, optó por regresar al silencio.

– Está bien, Ludwica, no te preocupes – dijo Basanio Urmeneta. – Cuando te sientas como para hablar, entonces... Bueno, cuentas con nosotros por cualquier cosa.

– Gracias.

– ¿Y el bebé? – preguntó Melinda. – ¡Ya, puh, quiero conocer a tu hijo! Fue niñito, ¿verdad...?

– Sí, fue niñito. Lo... lo di en adopción – dijo la criatura, acordándose de Indira, a quien había dejado atrás, en la pieza de un hotel, de manera provisoria.

– Pero... ¿qué? – preguntó Melinda. – ¡No puedes...! ¡Ludwica, era...! ¡Era como si fuera mi sobrino...! O sea, sé que Leoncio no era Leoncio y todo, pero igual... no sé...

– Ese no era Leoncio – dijo la criatura con un tono críptico de voz.

Melinda suspiró con tristeza.

– ¿Y cómo han andado las cosas por aquí? – preguntó la criatura, siempre por boca de Ludwica.

– Pues... Como siempre – dijo Melinda.

– Ludwica, llegaste en el mejor momento posible. Tenemos una situación acá – dijo Yasna, ahora formal.

– ¿Qué situación?

– El sistema de control de Corona de Amenofis entró en fase de desequilibrio terminal. Parece que el mismísimo sistema de control ya no es capaz de controlar las grietas del espacio-tiempo, y pronto las alteraciones en la realidad se irán haciendo cada vez más grandes.

– Más tarde o más temprano iba a pasar – dijo la criatura, de una manera tan fría que desconcertó al resto.

– Ludwica... ¿te acuerdas de lo que nos dijiste el año pasado? ¿De tu plan para detener el sistema de control...? ¿Amplificar tus poderes telekinéticos para arrancar de cuajo el sistema de control, y...?

– Mis poderes telekinéticos ya no están, Yasna – mintió la criatura.

Melinda y Yasna se miraron. Basanio Urmeneta, por su parte, suspiró y miró al suelo. Finalmente el poeta levantó la cabeza, y lanzó un nuevo y más amplio suspiro:

– ¿Sería todo, entonces...?

– Sin los poderes telekinéticos de Ludwica estamos perdidos – dijo Yasna. – A no ser que localicemos a alguien que pudiera tenerlos y utilizarlos. Pero la única otra persona que conocíamos con esa condición era Leoncio, y... bueno...

– ¿Y cómo se te... desaparecieron...? – preguntó Melinda.

– No lo sé, sólo... Desaparecieron.

– ¿No será que tu hijo te los puede haber quitado...? – preguntó Yasna. – Porque si fuera el caso, a lo mejor ese niño...

La criatura, el niño aludido por Yasna que por supuesto no había sido dado en adopción sino que seguía cómodamente instalado en el útero de su madre, no pudo evitar sonreir con sarcasmo, y como reflejo, Ludwica esbozó esa misma sonrisa.

– ¿Estás bien, Ludwica? – preguntó Melinda.

– Ese niño no puede rastrarse – dijo la criatura. – Ni yo sé a quién se lo entregaron en adopción.

– Entonces el plan que tenías el año pasado, está también muerto – dijo Yasna. – Esto va de mal en peor...

– ¿Cuánto tiempo, Yasna? – preguntó la criatura.

– No va a haber otro Año Nuevo. 2012 va a ser sí o sí el año del fin del mundo...

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No se puede decir que Aníbal Aquino careciera de conexiones. En el tiempo precedente, había conseguido cultivar la amistad de Klerk, un alto funcionario del Ministerio del Interior de Cetrumundi, o lo que fuera equivalente a dicho cargo en esa nación. Priyanka nunca había tenido ocasión de tratar con Klerk, y no le faltaba curiosidad. Pero una vez en la salita de espera, Aníbal Aquino la instruyó para quedarse afuera. A regañadientes, Priyanka obedeció, ante la mirada con cierta sorna de la secretaria de Klerk.

– Señor Aquino – dijo Klerk con tono ciertamente jovial, con el sonsonete algo percutido de los cetrumundinos a la hora de hablar el inglés. – Dígame, en qué puedo ayudarlo ahora. ¿Van bien las obras para abrir la nueva mina?

– Sí, sí, van bien. Pero no vengo por la mina esta vez – dijo Aníbal Aquino. – Vengo por información.

Klerk echó atrás su oronda figura en el asiento, mirando pensativamente al ventilador. Luego, con la sonrisa ida, pero con espíritu deportivo, se echó hacia adelante.

– ¿Desea usted un café, señor Aquino?

– Por favor – dijo Aníbal Aquino. – Todavía no me puedo acostumbrar al calor del Africa tropical.

– Y eso que estamos de suerte porque estamos en altura. Imagínese lo que sería esta región si todo esto fuera un llano en vez de valles y montañas. ¡El infierno sobre la Tierra! – dijo Klerk, y luego, pulsando el intercomunicador, le pidió dos cafés a su secretaria. Hecho lo cual, prosiguió: – ¡Pero dígame, señor Aquino! Qué información desea.

– No sé si usted tiene noticia de TODO lo que se mueve en la Fundación de la Vida Nativa de Cetrumundi...

– ¡Vaya, señor Aquino! ¿Me va a pedir información, o me va a pedir una charla...?

– ¿Ha oído usted hablar del pneuma, señor Klerk...?

– ¿Pneuma...? Pues... no, no me parece... O... algo, creo, en una revista científica... No sé, francamente, la ciencia no es mi especialidad.

– Bueno, es posible que tenga un tema de espionaje industrial de por medio – dijo Aníbal Aquino. – Alguien que ha estado sacando información de mis asociados en Chile y utilizándola acá. Podrían perderse millones de dólares en patentes.

Mientras tanto, en el exterior de la oficina, impacientándose, Priyanka se levantó, con un movimiento lo suficientemente errático como para ir a estrellarse contra la secretaria de Klerk, que en ese preciso instante iba pasando con una bandeja con dos cafés instantáneos. La bandeja fue a dar al suelo.

– ¿Todo bien...? – preguntó Klerk, interrumpiendo la conversación con Aníbal Aquino para pulsar el intercomunicador.

– ¡Discúlpeme! ¡Cuánto lo siento! – dijo Priyanka. – Déjeme levantar la bandeja por usted...

– No se moles... Eh... – dijo la secretaria, indecisa un instante antes de contestar el intercomunicador. – ¡Sí, señor Klerk, todo bien!

Cuando la secretaria se volvió hacia Priyanka, ella ya estaba extendiéndole la bandeja con cordialidad a manera de disculpa.

En el interior de la oficina de Klerk, éste se echó hacia atrás, extrañado.

– Por cierto, tengo curiosidad, señor Aquino... Usted está invirtiendo en minería de tierras raras acá en Cetrumundi. ¿Qué tiene que ver la Fundación con el tema? O sea, si ellos se ponen pesados con el tema ecológico, entonces...

– No, no es nada de eso, por el momento al menos. Se trata de un favor que le estoy haciendo a mis asociados en Chile. Simplemente quiero preguntar si usted puede verificar la desaparición de alguien dentro de la Fundación.

– ¿De quién...?

– No sabemos su nombre. Pero mis asociados en Chile me enviaron una imagen – dijo Aníbal Aquino. – Espere, se la mando al celular...

Mientras Aníbal Aquino buscaba la información dentro de su celular y la enviaba a Klerk, la secretaria entró con la bandeja y las dos tazas de café, dejándola sobre el escritorio a indicación de Klerk.

– Sí... – dijo Klerk, pensativo. – Creo que puedo investigar si una chica con esta descripción ha desaparecido en la Fundación. ¿Qué se supone que... en qué estaba trabajando ella?

– Pneuma – dijo Aníbal Aquino, lo que era una verdad a medias, en caso de tener éxito. – La relación entre el pneuma y la vida vegetal, supongo.

– Ah – dijo Klerk. – Bueno... lo investigaré para usted, señor Aquino. Pero este es otro favor que me debe, ¿eh...?

– ¿Se los he pagado mal?

– ¡Oh, no, señor Aquino! ¡De ninguna manera! – dijo Klerk, satisfecho. Y es que en el fondo, Klerk se sabía a sí mismo y al gobierno de Cetrumundi como simples marionetas del grupo de chicas que estaba detrás de la Fundación, así como de una bien coordinada red de operaciones en el territorio. Y si podía utilizar a Aníbal Aquino para asestarles un golpe bajo... era una oportunidad que no dejaría pasar de ninguna manera.

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Anneline tomó su teléfono celular, e hizo una llamada.

– Tansey, aquí Anneline. Descubrimos algo sobre Aníbal Aquino. Se entrevistó con Klerk, y andaba preguntando sobre una científica desaparecida de la Fundación, según él para sus asociados en Chile... sí... bueno, es sospechoso porque dejó a Priyanka afuera de la conversación. Sí... Sí... Ella se las arregló para poner un micrófono en la decoración de la bandeja, y alcanzamos a captar la parte final de la conversación. Mi recomendación es que deberíamos vigilar a Aníbal Aquino más de cerca. Sólo por si estuviera jugando a dos bandas con nosotras...

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En su oficina jurídica privada, Adalberto atendía algo de papeleo, cuando de pronto apareció Pola.

– ¡Listo, don Adalberto! Le traigo los escritos que me pidió que redactara...

Adalberto tomó los mismos y los examinó con aire algo ausente.

– Sí, sí, están bien, están muy bien – dijo don Adalberto. – Sólo tenemos que... veamos... cambiarle aquí... redactar allá... Hmmmm... “O la suma que usía determine conforme al mérito de autos”, nunca se le olvide esa expresión, doña Pola, o si no, podemos terminar abriendo un flanco para que nos agarren con una casación... Bien, bien... ¡Bien, doña Pola! Estamos listos por hoy, ¿no?

– Creo que sí, don Adalberto...

Don Adalberto empezó a moverse, listo para soltarle a Pola su clásico e infalible “es temprano todavía, ¿puedo invitarla a compartir un café?”, cuando ella, inadvertidamente, lo interrumpió tomando un retrato encima de la mesa. El de Leoncio.

– ¿Es su hijo...?

– Sí... es mi hijo – dijo Adalberto, con un poco de sentimiento adicional en la voz.

– Tiene sus ojos... Es bien parecido... ¿Qué estudia? O sea, si puedo preguntarle...

– No, él... Bueno... Estudió Derecho, dejó la carrera, después se metió a Periodismo...

– Ah, bueno, le pasa a mucha gente, mis compañeros... Bueno... No importa. Tiene cara de que va a ser un buen... ¿se siente bien, don Adalberto? Dije algo malo...

– No, no es nada – dijo Adalberto, suspirando mientras Pola, temerosa de haber metido la pata, dejó el retrato en su lugar sobre la mesa. – Es sólo que... Bueno, imagino que no puede saberlo, pero Leoncio murió.

– ¡Murió! Don Adalberto, por favor, discúlpeme, mi sentido pésame, yo no sabía...

– No, no, fue por allá por el 2009. Qué coincidencia, fue el mismo día en que los extraterrestres atacaron a la Tierra. ¿Puede usted creerlo? Por alguna razón, estaba en la calle y... le dispararon. La gente de la organización ésa que echaron abajo, la ARCECh. Nunca entendí por qué...

Ambos se quedaron en un silencio incómodo. Hasta que Pola, siempre sentada, dejó caer sus palmas con fuerza sobre las carpetas que estaban sobre sus rodillas, tomó aire, y se paró diciendo:

– Bueno, don Adalberto... Tengo que estudiar para una prueba de Internacional mañana, y todavía no entiendo qué es el ius cogens, así es que... Lo dejo, pues. Y... discúlpeme, no quería hacer que tuviera recuerdos tristes. Pero... ¿más hijos...?

– Una hija. Melinda – dijo Adalberto.

Pola dijo un par de palabras más de cortesía, y luego se despidió de su jefe. Este se quedó mirando el retrato. Recordó lo que Melinda le había dicho. En realidad, morir apaleado a escobazos era cruel para cualquier gato, incluyendo a Minmei por supuesto. Y estaba Goloso... Ese pobre gato enfermo.

Y entonces, la mitad izquierda de la boca se quebró en una mueca cruel hacia abajo, y se dio el raro permiso de hacer un amargado comentario en voz alta para sí:

– El gato de don Benjamín... Que jodío que era el caballero ése...

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Al día siguiente, Adalberto dejó algunas diligencias en manos de Pola, y se dio la tarde libre para llevar a Melinda con Goloso al veterinario. Este miró al gato con expresión mortalmente seria, y luego dijo:

– Miren, esto no es una inflamación ni una infección. Esto, así como se ve... Es cáncer – explicó el veterinario, y luego de una breve pausa, añadió: – Cáncer a los huesos, al fémur en este caso. Ahora... estos cánceres son agresivos – dijo el veterinario. – Se esparcen con rapidez, así es que ponerle atajo...

– ¿Y cómo se le pone atajo? – preguntó Adalberto.

El veterinario tomó aire. Para él era un asunto un tanto rutinario, pero para los pacientes nunca lo era.

– Si el cáncer está localizado todavía en el hueso, hay un remedio extremo, pero funciona. Tendríamos que hacer una amputación de la extremidad enferma aquí...

– Pero... ¡No! – dijo Melinda. – ¡Goloso no va a poder caminar...!

Y la chica miró a Goloso, cuyos ojos estaban muy abiertos. Sólo Melinda sabía, por motivos obvios, que la inteligencia de Goloso era superior al promedio, por haber sido engendrado o modificado genéticamente en el laboratorio genético de Agua Santa que había dirigido Mateo Lastarria, y que había explotado en el 2008. Por lo tanto, aunque el veterinario y Adalberto hablaban con la libertad propia de todos quienes no se restringen frente a los animales porque no entienden, Melinda sabía que Goloso sí comprendía todo lo que se estaba conversando.

– Bueno, para un gato con sólo tres patas la vida se hace un poco más difícil, es cierto, pero pueden arreglárselas de todas maneras – dijo el veterinario. – Si tenemos que amputar, Goloso va a estar un poco más restringido, pero... va a seguir teniendo una existencia sin problemas. Ahora bien, existe la otra posibilidad...

– ¿Qué posibilidad...?

– Como decía, este cáncer es muy agresivo, y se extiende saltando de hueso en hueso. Si el cáncer avanzó desde el fémur y agarró la pelvis, entonces... Bueno, ya no se puede operar a un gato sacándole un pedazo de pelvis. Quería demasiado desbalanceado, no podría caminar, pasaría cayéndose el pobrecito. Voy a mandar a que le hagan una radiografía a Goloso, para que veamos en qué estado se encuentra su pierna, y para que veamos qué ocurre con su pelvis. Si su pelvis está buena y sanita, y siempre que ustedes estén de acuerdo, entonces podríamos operar y amputar la pata de Goloso. Pero si el cáncer ya llegó a la pelvis... entonces lo único que podría hacer es simplemente darle el mejor tiempo posible, y después, cuando el sufrimiento sea demasiado intenso, entonces traerlo para... dormirlo con una inyección, sería lo más humano...

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En el hotel en donde estaban alojados de manera momentánea, el hijo nonato de Ludwica ocupando el cuerpo de su madre, se había tirado sobre la cama. Indira ya estaba durmiendo. Habían pasado los días, y no había conseguido encontrarle salida al problema. La conversación con Melinda había sido bastante reveladora.

Para justificar el no haber nacido, había tenido que mentirle a Melinda diciendo que sí había nacido, y que había sido entregado en adopción. Pero por otra parte, tenía a Indira a su lado, a quien Maya había entregado en adopción el año 2009. ¿Cómo iba a justificar que Indira anduviera con ella frente a la gente de Corona de Amenofis? No podía. Tenía entonces que tratar de encontrar la manera de hacerse un hueco dentro de Corona de Amenofis.

Afortunadamente, tenía un arma clave para trabajar: los recuerdos de Ludwica. Al apoderarse de ella tomando control de su sistema nervioso, podía acceder a todas las redes neuronales dentro de la cabeza de su madre, en donde por supuesto estaban albergados sus recuerdos. Entre ellos estaban Vania, Almendra Caballero, Magdalena Monteverde... ¿A cuál de ellas sería preferible acercarse...? ¿Cuál de ellas sería más fácil de manipular...?

En medio de estas reflexiones, el celular vibró. Había un mensaje entrante. Lo revisó.

Era Melinda: “¿PODEMOS HABLAR MAÑANA?”.

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En breves palabras, Melinda puso a la criatura dentro de Ludwica al corriente de lo que estaba ocurriendo con Goloso. En la conversación anterior en el departamento de Ludwica, ya habían hablado acerca de Minmei.

Hacía frío, un frío intenso de invierno, mientras Melinda y la criatura conversaban caminando por la Avenida Perú.

– Gracias por escucharme, Ludwica. Yo... yo no sé qué hacer, yo... Ya perdí a Minmei, me la mataron, ahora Goloso está enfermo de cáncer... si estuviera el padre Genaro, él podría haberlo salvado, pero él está muerto...

– ¿Y ya probaste a hablar con Edith...? Siendo la madre de Genaro, con un cuerpo nuevo gracias a Orlac, quizás ella...

– Lo dudo. Si pudiera curar como lo hacía el padre Genaro, ya lo habría hecho. Además... nadie sabe dónde está Edith. Después de que atacaron Corona de Amenofis y Edith ayudó a combatir contra el golpe de estado, ella se fue.

– Bueno, tuvo que enterrar a su hijo. Me imagino que no quiere saber nada más con Corona de Amenofis.

– Ludwica...

– Dime, Melinda.

– Ludwica... ayúdame. Sé que te voy a pedir algo malo, pero muy malo, pero... necesito que me ayudes. De verdad.

– ¿Qué quieres, Melinda?

– ¿Me vas a ayudar, te pida lo que te pida?

– Eso depende de si lo puedo hacer o no.

– Quiero vengarme de esos flaites de mierda que mataron a Minmei. Ludwica... aunque no tengas tus poderes telekinéticos... bueno... todavía puedes ayudarme, ¿no? ¿Eres mi amiga...?

– ¿Y de qué serviría vengarse, Melinda? Ya oíste a Yasna, el mundo se va a terminar ahora en 2012, y entonces...

– Si el mundo se acaba este año, no quiero que se vayan sin castigo, Ludwica. Son crueles. Se lo merecen.

La criatura lo meditó un instante. Si aceptaba y le hacía algo a los flaites que habían asesinado a Minmei, podía ser que cruzara la línea de la legalidad, incluso más que cuando había hervido la sangre de la gente del departamento en donde vivía. Pero a cambio se ganaría la lealtad y el agradecimiento eternos de una chica que estaba dentro de Corona de Amenofis. Y eso, dadas las circunstancias, podía valer oro...

– Está bien, Melinda – dijo la criatura. – Vamos a darles a esos flaites el fin del mundo por anticipado...

Próximo capítulo: “Retrato de una familia flaite”.

lunes, 21 de mayo de 2012

Capítulo 6-02 - "Desequilibrio terminal".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: En un fogonazo, desaparece el guardia de Corona de Amenofis, y aparece una mujer desconocida en el condominio. Adalberto se impresiona con una universitaria llamada Pola. Intentando averiguar sobre los vecinos flaites, la gata Minmei es muerta a escobazos por éstos. Y el hijo nonato de Ludwica, aún en posesión del cuerpo de su madre, debate consigo mismo acerca de su futuro y el de su hermanastra Indira...

“Desequilibrio terminal”

Aunque podrían haber conversado en los pasillos de los laboratorios de la Universidad Neoclásica Joachim Winckelmann, el asunto era lo suficientemente importante como para que Vania Mestrovic hubiera preferido citar a Yasna a un restaurante. Así es que ahí estaba sentada Vania, con sus cerca de veinticinco años, año más o año menos, con una blusa y un vestido ejecutivo que hacían vivo contraste con su estilo más informal de años anteriores, esperando como una dama, y rechazando con un gesto amable pero frío la copa de vino blanco que algún idiota que se creía con suerte le había enviado a la mesa.

– Soy una viuda, por Dios, ya nadie recuerda lo que significa el duelo – dijo Vania, riendo entre dientes al recordar cómo se había deshecho de su marido el año pasado.

Poco después llegó Yasna, atrasada como de costumbre, y vistiendo de la manera más o menos casual que era su marca de fábrica, y que hacía contraste con el estilo más señorial del restaurante. Al verla vestida de una manera tan desaliñada, Vania sintió un suspiro de nostalgia. En realidad, sus sentimientos hacia Yasna eran un tanto ambiguos. Había un algo indefinible en ella, algo que quizás pudiera llamarse reserva moral, que le gustaba mucho, pero más como un ideal inalcanzable que como una amante. Quitársela al idiota de Basanio Urmeneta podía ser cosa sencilla, pero ¿quitarle Yasna a la mismísima Yasna, a sus propias ataduras y convenciones morales, a su creencia de que el Genarismo era la religión superior y de que su código moral era EL código moral? Aquello fastidiaba y atraía a Vania a partes iguales. ¿A qué sabría el sexo con Yasna? ¿Sería algo estimulante, sería como un narcótico feliz, sería un plomo aburrido...? Quizás algún día...

Preguntas académicas. En realidad, desde que Vania se había apoderado de Corona de Amenofis gracias a las intrigas de Almendra Caballero, su meta era una sola. Le habían prometido que el sistema de control podría traer de regreso a su padre desde el mundo de los muertos, de alguna manera. Su padre, Federico Mestrovic, la persona a quién más añoraba en el mundo. Cada vez que pensaba en él, cada vez que lo recordaba, el mundo parecía un poco más cálido, menos caótico, más con un propósito... Ella misma se sentía más estable, menos veleta, más firme sobre el suelo.

– ¿No deberíamos estar conversando también con Almendra sobre esto? – preguntó Yasna, minutos después de haber hecho los pedidos correspondientes.

– Deja a esa vieja amargada fuera de esto – dijo Vania. – Esa infeliz piensa que soy un peón fácil. Yo sé que me esconde información. Vamos, dime de qué se trata todo esto, Yasna, todo eso del fogonazo y... ¿Van a traer de regreso a mi papá?

– No prometimos que lo resucitaríamos – dijo Yasna. – Sólo es una posibilidad. Pero esa posibilidad... Bueno, podría estarse yendo por el tacho, Vania.

– ¡Pero...! ¡Maldición, Yasna, para qué crees que les presto Corona de Amenofis...! Yasna...

– Vania... El fogonazo significa que el sistema de control de Corona de Amenofis está perdiendo el control justamente. Está comenzando la fase terminal del proceso de desestabilización, que es el intercambio al azar, o mejor dicho, por reflejo de probabilidad cuántica, entre distintos espacios geográficos de la realidad. Si esto sigue, y no he descubierto ninguna manera de impedir que siga... si esto sigue, nos quedan apenas unos pocos meses. Los intercambios se harán más grandes, primero personas, luego regiones, ciudades, quizás continentes enteros... Megaerupciones volcánicas, nubes de azufre en la atmósfera, la superficie terrestre rota y reemplazada por un mar de magma... el apocalipsis. 2012, el fin del mundo. Eso es lo que nos espera, Vania. En pocos meses.

– Apareció una chica en Corona de Amenofis, ¿no? Una chica... ¿negra?

– No... no lo sé... Parece venir del Africa. Pero no es negra, es camítica.

– ¿Y qué es eso?

– Egipcia. Sudanesa. Algo así. Y Almendra Caballero tiene una sospecha. Piensa que podría ser una devi.

– ¿Una devi? ¿Sólo porque es egipcia?

– El cuartel general de las devi está en... no sé dónde, al este de Africa. No en Egipto o Sudán sino más al sur. ¿Sabes lo que significa todo esto?

– Sí, que tenemos una devi que podemos intercambiar como rehén con... bueno, Almendra se maneja con esas cosas.

– Vania... Si ella de verdad es una devi, quiere decir que las devi pudieron construir una versión perfectamente operativa del sistema de control, con el que el nuestro se acaba de enlazar sin separación posible. Con eso, si ellas nos ganan la carrera por dominar el tema del intercambio, podrían atacar cualquier lugar del planeta. Son pocas, pero están organizadas, tienen miles de años de experiencia cada una, y son virtualmente inmortales. Ellas podrían de verdad conquistar el mundo.

– Un mundo en que se van a intercambiar los continentes, ¿no? – preguntó Vania. – Apúrate, Yasna. Si se viene el fin del mundo para ahora en 2012, quiero ver a mi papá una vez más, ¿entiendes...?

Yasna suspiró. ¿Entendía Vania lo que estaba fraguándose? Se mordió el labio inferior. Legalmente, Vania era la dueña de Corona de Amenofis, y por puro capricho, podía entrabar la investigación acerca de su sistema de control. No sería algo que Almendra Caballero no pudiera remover, pero cada día de investigación resultaría decisivo en la carrera para impedir el fin del mundo. Para sus adentros, Yasna rogó que Vania con su infantilismo no terminara por arruinarlo todo...

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Después de mucho rogar, y contra la opinión de Patricia que sostenía que la mejor manera de lidiar con Minmei era arrojar el cadáver de la gata lisa y llanamente al contenedor de basura afuera de Corona de Amenofis, Melinda había finalmente enterrado a su mascota a los pies de la palmera enana en el centro de Corona de Amenofis.

A la noche siguiente, Melinda habló con Adalberto.

– Papá... ¿Podemos hablar...?

– Dime, Melinda, qué quieres.

– ¿Qué vamos a hacer con los vecinos flaites?

– Soportarlos, hija. Eso es todo.

– ¿No los vas a demandar?

– No sirve para nada. Iríamos a Policía Local, en donde no tengo mucha llegada porque justo nos toca en esta parte de Viña como jurisdicción, los denunciaríamos, como mucho les pasarían una multa después de meses peleando con el actuario... y después podrían venir acá y vengarnos. Incluso hacerte algo a ti cuando te vayas o vengas del Colegio.

– ¡Pero ellos mataron a mi gata! ¡La mataron a golpes, papá!

– ¡Entonces asúmelo! – soltó Adalberto, exasperado. – ¡Hay gente mala en esta vida, y hay que vivir con ella!

Melinda miró a su padre con desconcierto.

– Papá – dijo ella, asombrada. – Tú...

Hizo una pausa, y luego, cayendo en la cuenta de la tendencia de los años, habló como si todas las piezas encajaran por fin:

– A tí no te importa nada. Tú no quieres a nadie. No quieres a mamá y por eso te metiste con todas esas minas, incluso con Jacinta... Nunca quisiste a Leoncio porque no podías enorgullecerte de él porque le fue mal en la universidad. Y tampoco me quieres a mí salvo que te traiga buenas notas del Colegio para que puedas decirle a todo el mundo que eres el papá de la cabra que le fue bien en Historia o en Matemáticas. Y nuestros gatos... Tampoco te importan ellos. ¡A tí no te importa nada! ¡¡¡NADA!!! ¡¡¡TE ODIO, PAPÁ, TE ODIO CON TODA MI ALMA!!!

– ¡Melinda! – dijo Adalberto, mientras su hija corría de regreso a su habitación a seguir llorando.

Porque Melinda ahora tenía el corazón verdaderamente roto, sintiéndose morir.

Pero ahí estaba Goloso.

– Goloso, tenemos que vengarnos. Como sea, tenemos que vengarnos. Minmei era mi gata después de que la rescatamos del laboratorio de Agua Santa, se quedó conmigo a pesar de que Catalina se iba a hacer cargo de ella, Minmei era tu amiga... Goloso, sólo nos tenemos tú y yo. Nos vamos a vengar. No sé cómo, pero esos flaites de mierda me las van a pagar. Goloso, te juro que esos flaites de mierda van a llorar lágrimas de sangre, te lo prometo, Goloso, te lo prometo...

Goloso, semipostrado por la enfermedad de su pata trasera, intentó moverse, y con mucha dificultad, se allegó al lado de Melinda. Ahí se quedó, descansando, feliz.

Y ella, recordando algo que no hacía desde muchos años atrás, le preguntó a Goloso:

– ¿No quieres que te lea algo de Harry Potter?

Goloso dio a entender que sí, restregando su cabeza contra el cuerpo de Melinda. Hacía años odiaba escuchar las peripecias de Harry Potter, después de que su primer amo el abuelo de Melinda le leía grandes clásicos literarios como Dickens o Flaubert, pero andando el tiempo había aprendido a apreciarlo como una muestra de cariño de su nueva ama, con la que ignoraba cuántos meses de vida podían quedarle, con su pata cada vez más deteriorada y su cuerpo cada vez más cansado.

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En su isla tropical en el Caribe, bajo un calor tórrido, Templemann tomaba un tardío desayuno. Lo acompañaba Olegario Ferrer a la mesa. Con el paso de los meses, el rehén había ido cobrando casi estatus de invitado, aunque siempre limitado a vagar dentro de la isla. Templemann se había ido volviendo más afable conforme pasaba el tiempo, pero Olegario Ferrer no se engañaba: el líder de la poderosa organización que trataba de reconstruir la red internacional misseliana calculaba cada gesto y cada palabra, incluso los más descuidados.

– Y si esos sistemas de control son tan complicados, ¿por qué no los destruyen? – preguntó Olegario Ferrer. – Quiero decir, tienen un valor estratégico, pero si ponen en peligro al mundo... Después de todo, lo primero que se va a destruir son los sistemas de control mismos, y con eso, conservarlos a la larga no tendrá sentido.

– Mis científicos me dicen que si destruímos los sistemas de control, las cosas pueden volverse peores. Ellos están atascados en la estructura del tiempo y del espacio en la Tierra. Si los destruimos, estaríamos acelerando el desgarrón, acelerando el desequilibrio terminal. Sería el fin del mundo, incluso antes. No destruirlos es una manera de ganar tiempo.

– Buena la hicieron los misselianos. ¿No podrían haber previsto eso?

– Tiene algo que ver con los poderes de sanación de ese cura que se murió, del padre Genaro. Y con la Progenie de Imagocoyotl. Increíble, han pasado tres años desde que la Progenie atacó la Tierra, y todavía siguen causando problemas.

– ¿Y cómo se relacionan la Progenie y el desequilibrio...?

– No lo sabemos. Pero mis científicos piensan que si existe una conexión, entonces podríamos usarla. Por las investigaciones que hicimos en el fragmento de Megatitlán que cayó en la bahía de Valparaíso, y que pudimos recuperar el año pasado antes de que se destruyera para siempre, mucho de la Progenie radicaba en nanotecnología. Quién sabe qué clase de nanorrobots utilizaron, quién sabe qué hicieron o cómo influyeron en los sistemas de control... Algo tienen que saber sobre el tiempo y el espacio para haber cubierto los 18.000 años luz desde Missel hasta la Tierra en apenas 20.000 años, casi a la velocidad de la luz, sin sufrir las... distorsiones espaciotemporales de la Teoría de la Relatividad... Bueno, mis científicos saben mejor de esas cosas, y lo explican también mejor.

Olegario Ferrer asintió. La conversación estaba en los límites de lo que podía entender alguien como él, con formación de detective privado sin demasiadas lecturas, científicas o de otro tipo.

En ese minuto sonó el celular de Templemann. Este contestó. Aquello debía de ser muy importante, porque como Olegario Ferrer había observado, Templemann era proclive a delegar el día a día de sus operaciones en subordinados férreamente vigilados, y de esa manera instalar una lejanía con su gente que incrementara la leyenda negra sobre él.

– ¿Qué cosa? Vaya, operación humanitaria lo llaman. Qué carajos. Bien, si, bien que me hayas avisado. Te recompensaré bien por esto, ya verás.

Después de colgar, Olegario Ferrer habló con tono discipliscente y algo sarcástico:

– Algo de las operaciones que yo seguramente no debo de enterarme, ¿no?

– No debería, pero no veo ningún daño en que lo sepa, señor Ferrer – dijo Templemann, y Olegario Ferrer adivinó algo de respeto en la voz. ¿Acaso Templemann estaba tratando de crearle un lugar en su organización...? – Señor Ferrer, ¿usted sabe qué es Cetrumundi?

– Ni idea.

– Es un país del este de Africa, otro más en donde las tribus se están matando unas con otras porque hay superpoblación y no hay suficiente pasto para todo el ganado. De pronto, Estados Unidos se acordó de ese lugar del mundo, y quiere enviar una operación humanitaria auspiciada por las Naciones Unidas. Algo que va a dejar muy bien parado al Presidente Grossman, por supuesto, de cara a las elecciones que se supone van a legitimar su golpe de estado del año pasado.

– ¿No se supone que están saliendo de Afganistán e Irak, y quieren ir a meterse a... Sutrumundi?

– Cetrumundi, es una deformación del antiguo latín que significa “cetro del mundo”, aunque los menos informados dicen que es “centro del mundo”, lo que no podría ser porque cuando fue bautizado, se pensaba que eso era la periferia del mundo. Hablamos de la época de Claudio Ptolomeo, más o menos... – corrigió Templemann, con algo de nostalgia involuntaria en la voz. – Señor Ferrer, Cetrumundi tiene una importancia estratégica muy superior a lo que el común de la gente cree. Allí hay dos cosas de valor estratégico mundial. En primer lugar, tierras raras. Paladio, europio, qué se yo, metales que, bueno, el nombre lo dice, son raros. El mayor productor mundial de tierras raras es China. Si Estados Unidos consigue asegurarse una fuente suplementaria, toda su industria electrónica va a experimentar un salto de gigante. Y segundo...

– ¿Segundo?

– Las devi, señor Ferrer. El dictador de opereta que manda en Cetrumundi en realidad es un títere del gobierno invisible de las devi. En Cetrumundi es donde las devi tienen su cuartel general.

– Pero usted ya tiene a alguien allí, ¿no?

– Sí, señor, un viejo conocido suyo. Aníbal Aquino.

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Acostumbrado a rigores y situaciones extremas, con una voluntad vehemente, el caluroso y seco clima de Cetrumundi no parecía afectar en nada a Aníbal Aquino. Andando en un jeep que levantaba ingentes cantidades de polvo dentro del poblacho miserable en que las devi gobernaban como amas y señoras, una de sus bases operacionales dentro del territorio, recibió una llamada del celular.

– ¡Almendra Caballero, qué sorpresa, tanto tiempo! – soltó Aníbal Aquino en castellano, para que la chica que iba de copiloto en el jeep no pudiera entenderla.

– What is...? – preguntó la chica, una mujer de piel olivácea y rasgos indostánicos que hacía un extraño contraste con el tono de piel más bien oscuro de los nativos alrededor.

– Entiendo – dijo Aníbal Aquino, y luego le dijo a su acompañante con tono levemente irónico: – Prepare yourself, Priyanka. Cetrumundi will be attacked by the United States soon. – Después de lo cual volvió al castellano para hablar con Almendra Caballero: – ¿Qué más...? Eh...

– Now YOU don't look happy – dijo Priyanka, a quien la arrogancia de Aníbal Aquino tendía a molestarse.

– Lo revisaré – dijo Aníbal Aquino. – Sí, revisaré por acá.

Al colgar, Aníbal Aquino frenó el jeep, dio la media vuelta, y siguió.

– Where are you going! – protestó Priyanka. – C'mon, we're late!

– We are going to the labs now. I will check if some hot chick is missing there. My Chilean contact thinks that a cute girl there is... well... she traveled there... somehow. And we will check that.

Y Aníbal Aquino se reconcentró en manejar, mientras su mente divagaba acerca del estado de la geopolítica. ¿Por qué Estados Unidos iba a atacar justo en esos días a Cetrumundi? ¿Templemann había relacionado eso con la aparición de una chica posiblemente devi en Corona de Amenofis, y por eso había hecho que Almendra Caballero le pidiera información por teléfono...? Todo comenzaba a hacerse un poco confuso, pero habría una explicación para ello, en alguna parte.

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Adalberto estaba sentado en su oficina, terminando de redactar algunos escritos, cuando de pronto su secretaria le anunció la presencia de una tal Pola.

– ¡Pola! ¡Hágala pasar, hágala pasar! – dijo Adalberto.

Pola ingresó a la oficina.

– Buenos días, don Adalberto, venía por... bueno, el trabajo... Usted me había dicho.

– Sí, sí, eso le dije. Bueno, usted ya sabe que como receptora judicial, la cosa es difícil, hay que caminar mucho, hay que tomar audiencias... Por eso, creo que estaría mejor aquí, trabajando conmigo.

– ¿No tiene usted un procurador, don Alberto?

– Sí, tengo uno, pero... Bueno, él no me ha funcionado muy bien, ¿me entiende? He perdido casos por su culpa, se le pasó un plazo para un incidente, no contesté, y... Dos millones de pesos menos en la billetera. Bueno, ahí tiene una instrucción, si acepta el trabajo. Siempre avíseme si hay un plazo cumplido. Es mejor que me avise y se lleve un reto, porque así puedo hacer algo, que perder un caso que...

Al ver la cara de desconcierto de Pola, Adalberto se incomodó un poco. Había perdido el tacto con las chicas por la inactividad romántica, eso estaba claro. Su última aventura extramarital había sido con Jacinta, y eso había sido hacía cinco años atrás. ¿Qué habría sido de Jacinta...? En fin...

– No creo que vaya a retarla mucho – sonrió Adalberto, con algo de cansancio. – Usted parece responsable... ¡Pero siéntese, no se quede ahí de pie...!

– Usted no me dijo que...

– Disculpe mi indelicadeza, siéntese con confianza, no espere que la invite, si después de todo vamos a trabajar juntos... Bueno, vamos a hablar acerca de las condiciones del trabajo...

Un rato después, Pola se estaba llevando un grueso de carpetas con casos, aquellos que Adalberto le había asignado para empezar. Mientras tanto, en su oficina, Adalberto se echó en su sillón para atrás. No se acordaba de su esposa Patricia o de su hija Melinda, sino de Jacinta, la chica que había marcado para él un antes y un después en sus relaciones...

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Melinda golpeó la puerta del departamento 1, y le abrió Anaís. Melinda preguntó por Fiodor, y Anaís fue a buscar a su hijo. Melinda le preguntó a Fiodor si podrían conversar afuera, en el patio, debido a que Anaís podría escuchar.

– Fiodor, bueno... Tú trabajaste como guardaespaldas para Aníbal Aquino, y bueno... no sé...

– ¿Quieres que sea tu guardaespaldas? – preguntó Fiodor, jovial y tomándose a broma lo que parecía una chiquillada.

– No. Quiero que mates a alguien.

El veinteañero miró atónito a la preadolescente. Soltó un suspiro de incredulidad.

– Yo no soy un asesino, Melinda.

– ¡Pero tú...!

– Escúchame bien, malcriada – dijo Fiodor, muy serio, quién sabe si también molesto. – No soy un asesino. ¿Estamos...?

– ¡Pero ellos mataron a mi gata, y...!

Fiodor suspiró.

– Escucha. Si te puedo ayudar en alguna cosa, te ayudo. Pero matar a alguien... Eso no puedo hacerlo – dijo Fiodor, bajando un poco la voz al final, en medio de un destello fugaz de su mente que lo llevó de regreso a Concepción después del terremoto del 2010, días en los cuales había matado a una persona. – Lo siento, Melinda. En eso no puedo ayudarte.

Y Fiodor se devolvió a su departamento, dejando a Melinda sola y abrumada en medio del patio de Corona de Amenofis.

Entonces, Melinda miró a la puerta, y no dio crédito a lo que sus ojos estaban viendo.

– ¿Ludwica...? ¡¡¡LUDWICA!!! – dijo, y corrió hacia la reja con alegría.

Melinda no podía saber, por supuesto, que estaba viendo sólo el cuerpo físico de Ludwica, porque su mente y su alma ya no le pertenecían a su amiga y antigua polola de su difunto hermano Leoncio: ambas cosas en realidad eran el hijo nonato de Ludwica, dispuesto a tomarse por asalto a Corona de Amenofis...

Próximo capítulo: “2012: A las puertas del fin del mundo”.

lunes, 14 de mayo de 2012

Capítulo 6-01 - "Vientos de destrucción".

El universo entero es espacio y tiempo, mundos y estrellas incrustados como joyas en medio del vacío... un vacío que empieza a remecerse azotado por un viento extraído desde ninguna parte, desde ningún lugar, una grieta a través de la mismísima red de la existencia. Podría ser el aliento de Dios reformando la Creación. O acaso un poder mayor, de alguien que ha estado muerto y que espera soñando... El Gran Satán, cuyo aliento es capaz de aniquilar a la Creación, arrasarla, despellejar a la Tierra de sus seres humanos hasta dejarla en sus huesos de roca. El poder de aniquilar al universo entero, de reducir a la Humanidad... El universo cambia, y que uno cambie con el universo no es extraño...

...ha sido sólo un sueño. Sólo un breve sueño de gloria. Despertó.

Afuera sonaba el equipo de música a todo volumen, con un pendrive conectado. Por los parlantes salía “Cambia, todo cambia”, el cover de Los Miserables sobre el tema original de Violeta Parra.

Estaban golpeando la puerta.

Se levantó y caminó hacia la puerta del departamento, pasando por delante de un aparador con unos pocos libros, entre los cuales se incluían “Así habló Zaratustra” de Friedrich Nietzsche, “Poemas y antipoemas” de Nicanor Parra, y el primer tomo de las aventuras de Harry Potter. Abrió la puerta. Era el conserje, un hombre de edad media, con algunas canas prematuras, y aspecto en general cansado de la existencia.

– Señorita – dijo el conserje, tratando de adoptar un tono conciliador. – Los vecinos se están quejando otra vez por el volumen de la música, del departamento de arriba vinieron a quejarse...

En realidad no era una señorita, sino un señorito. El era el hijo nonato de Ludwica Loyola, quien había conseguido abrirse paso con su conciencia a través del sistema nervioso de su madre, impedir el nacimiento, hundir la conciencia de ella, y tomar control absoluto de su cuerpo. Pero esas cosas, el conserje no tenía por qué saberlas. Para el mundo, era una chica algo mayor a la veintena, sepultada en un departamento vuelto un cuchitril, escuchando música punk y power metal mientras se había hecho algún tatuaje, se dejaba la ropa días enteros sin lavarla, se había incrustado un piercing, etcétera.

– Mira... – dijo con condescendencia. – Estoy... aburrido... aburrida... de esos fucking maricones que no me dejan en paz. ¿Sabís qué? Que se vayan a la... mierda... porque...

El tono de voz que adoptó para rematar la frase, era de enorme sufrimiento y dolor existencial, soltando las palabras ya no de viva voz, sino con susurros enormemente doloridos:

– ...me tienen... chato... chata. No lo soporto más, no los soporto más a ustedes, no soporto más a la Humanidad, no los soporto. Váyanse... váyanse a la mierda todos por favor...

De pronto, el conserje empezó a sentir que su cuerpo entero se recalentaba. El calor interno aumentaba y aumentaba, como si estuviera de improviso en pleno desierto del Sahara. En los departamentos alrededor sucedió más o menos la misma cosa. En cosa de segundos, toda la gente dentro del edificio de departamentos empezó a gritar y chillar, consumidas por un calor interno que hacía hervir la sangre y despellejaba sus carnes hasta dejar expuesta la musculatura viva y palpitante. La sangre empezó a fluir, antes de secarse y coagularse por el calor. Los cuerpos, ahora prácticamente calcinados, eran huesos y carne asada desplomándose sobre el suelo.

Se dio la media vuelta, entristecido por haberse visto obligado a aniquilar a toda una población de seres humanos. Si tan solo los habitantes del edificio le dejaran pasar su angustia vital escuchando su música... si tan solo lo dejaran en paz...

Acudió a la pieza en donde estaba el televisor. Allí estaba su hermana Indira, sentada viendo el aparato; estaban exhibiendo algunas imágenes apocalípticas sobre la supuesta profecía maya del fin del mundo en el año 2012.

– Me están obligando – dijo, con torturada angustia interior. – Tenemos que irnos otra vez.

Otra vez al nomadismo. Como Friedrich Nietzsche entre alemanes. Como Nicanor Parra entre chilenos. Como el Punk entre músicos. Siempre errantes... Ahora era su turno. El sería el Omnidestructor, el que terminaría con todo y con todos: Satán el Destructor de Mundos. La Humanidad que no lo aceptaba, que no lo dejaba vivir a su antojo, merecía morir, merecía que sobre ella desataran los vientos de destrucción. Porque con él, Dios no estaría en la brisa suave, sino en el huracán que arrasa los bosques y desnuda la roca, y después de su paso no quedaría nada. Absolutamente nada.

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La música estaba puesta a todo volumen en una casa detrás del condominio Corona de Amenofis. Cuando sediciosos golpistas habían atacado Corona de Amenofis el año anterior, la vieja que era la dueña había muerto de un ataque al corazón. De inmediato la familia respectiva se había tomado la casa. Escuchaban reggaeton todo el día a todo volumen, y se dirígían a gritos entre sí: eran una típica familia que en buen chileno se llama flaite. Patricia, exasperada, había llevado a Adalberto metafóricamente por la oreja hasta un corredor de propiedades para tratar de vender su departamento en Corona de Amenofis, sólo para que le informaran que el precio de cada departamento en el condominio se había ido brutalmente a pique después de que el mismo hubiera sido atacado por el Ejército, de manera que vender no era negocio.

– Tenemos que mudarnos, Adalberto. Ya no los soporto.

– No tenemos el dinero para eso – farfulló Adalberto. – Hay poca pega con tanto abogado suelto, el Consultorio no me deja tanta plata, y tenemos que pagar el nuevo colegio de la Meli. ¿De dónde voy a sacar plata para arrendar en otra parte...? Además, el arriendo acá con la famita del condominio no va a alcanzar para pagar el dividendo.

– ¡Adalberto, eres un inútil! ¡Un poca cosa! – gritó Patricia. – ¡Yo no sé por qué me casé contigo! ¡Eché a perder toda mi vida! ¡Mi papá me dijo que no lo hiciera! ¡Y yo, la tonta...!

– ¡Pero ya estás casada conmigo! – gritó Adalberto. – ¡Yo también la embarré con casarme contigo! ¡Tu familia son un montón de inútiles! ¡Tenían plata, y mira dónde están ahora! ¡Muertos de hambre!

En su pieza, Melinda escuchaba todo, tapándose los oídos, tratando de estudiar sus materias. Estaba en Octavo Año, pero no se sentía como a las puertas de iniciar una nueva etapa en la Enseñanza Media: la vida la estaba dragando sin cesar.

– ¡Así es que te casaste por plata conmigo! ¡Desgraciado, maldito...! – gritó Patricia, y se lanzó a intentar golpear a Adalberto. Pero entonces, se detuvo y se dejó caer en el suelo, llorando: – Perdóname, Señor, perdóname, no quise blasfemar, yo sé que tengo mal carácter, pero este marido que tengo es una prueba muy dura que...

Adalberto se dio la media vuelta y se marchó a su dormitorio, bufando. Odiaba el carácter de su esposa cada día más, pero en particular odiaba que se hubiera vuelto una católica devota hasta la ridiculez. ¿Acaso su mentor, el tal padre Genaro, no se había muerto igualmente...? La religión tenía cada vez menos sentido para Adalberto, aunque como abogado, se cuidaba mucho de no comentarlo, no perder la aprobación social que es la gran carta de presentación en su profesión.

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En el Consultorio Jurídico de la Universidad Neoclásica Joackim Winckelmann, Adalberto estaba conversando con un alumno acerca de una causa en Tribunales de Familia. Adalberto era más bien indiferente a sus alumnos, porque ayudarlos significaba trabajo, y como abogado viejo que era, se sentía con derecho a ganar dinero trabajando lo menos posible. Terminada la charla, le llegó a Adalberto un mensaje al celular, acerca de una causa laboral en Quilpué. Decidió que la conversación iba a ser larga porque se trataba de defender a un supermercado contra un sindicato agrupando a unos treinta trabajadores, y como la secretaria del Consultorio había pedido licencia médica por una gripe, hizo caso omiso de otros dos o tres estudiantes que estaban por pedirle consejo acerca de un caso u otro, y se encerró en la secretaría.

Mientras estaba embebido en la conversación, en parte porque el procurador que había contratado era un joven bien parecido pero de pocas luces, que estaba al borde de ser despedido, golpearon la puerta.

– ¡Ya dije que estoy ocupado, no me...!

– Notificación – dijo una cálida y amable voz femenina, al otro lado de la puerta.

Algo apaciguado por el tono femenino, Adalberto se levantó de su silla, dejando el auricular a un lado, y abrió la puerta.

Había una joven nueva, que nunca había visto, vestida con una discreta blusa y una falda que le cubría la mitad del muslo. Su expresión era notoriamente más pura e inocente que el promedio de las mujeres trabajando en el mundo jurídico.

– Buenas tardes, soy una receptora, vengo trayendo... Bueno...

– No la había visto – dijo Adalberto, diciendo con coquetería semejante estúpida disculpa. – Pase, pase, discúlpeme.

Olvidado por completo del auricular aún descolgado y el procurador esperando, hizo pasar a la joven y anotó la recepción de las notificaciones de un Juzgado de Policía Local.

– A usted no la había visto antes – dijo Adalberto, sonriendo de manera ligeralmente paternal. – ¿Es nueva en...?

– Voy en Tercer Año de Derecho, yo... – dijo ella, interrupiéndose para no mencionar la universidad de la que venía, una privada de no demasiado prestigio. – Bueno, mi tío trabaja en el juzgado, y me ayudó...

– Bueno, yo... Mire... Yo... Bueno, yo hago la tet... er... tutoría acá en el Consultorio, y puedo ayudarla si usted quiere... No sé, mire, qué le parece si nos juntamos, usted parece ser responsable, y necesito un procurador en mi oficina de Quilpué... Le pagaría mejor, y no tendría que estar aplanando calles, qué le parece, señorita...

– Pola – dijo ella.

– Paola, entonces, qué le parece, pásese por mi oficina...

– Pola – corrigió ella. – Como Pola Negri.

– ¿Como... quién...?

– Eh... una actriz, alguien... No importa. Yo... Está bien. ¿Dónde me dijo que está su oficina, señor...?

– Adalberto, me llamo Adalberto. A ver, déjeme pasarle mi tarjeta...

Apenas Pola se hubo ido con la tarjeta de Adalberto, éste suspiró. Había en Pola algo suave, etéreo, algo que le recordaba un poco a Jacinta... Media década había pasado desde lo de Jacinta. Y de pronto, Adalberto se sintió un viejo.

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En el departamento 4 de Corona de Amenofis, Basanio Urmeneta se cansó de esperar matando el tiempo con un supuesto documental acerca de la profecía maya sobre el fin del mundo en el año 2012, y llamó a Yasna. Pero ella no respondió. Basanio Urmeneta volvió a preguntar si iría a acostarse, ahora un poco más molesto.

– Todavía no, sigo trabajando en esto...

– ¿En tu Evangelio? – preguntó Basanio Urmeneta, incómodo.

Yasna no respondió. Estaba demasiado absorbida en ello. Era la única genarista que había conocido al padre Genaro en persona, y sentía la urgencia de todo creyente, de dejar testimonio de lo que había visto y oído...

Basanio Urmeneta lanzó un bufido. Durante todo el día, Yasna trabajaba en cuestiones científicas relacionadas con el sistema de control de Corona de Amenofis, y se la pasaba entre su laboratorio improvisado que se iba comiendo cada vez más espacio del departamento 4, y los laboratorios profesionales en la Universidad Neoclásica Joachim Winckelmann. Y por las noches, y hasta altas horas de la misma, ella seguía escribiendo ese libro, después reescribiéndolo, corrigiéndolo, tratando de buscar las mejores expresiones, como si cada letra fuera a ser fundida en oro por la posteridad... Como el tejido de Penélope. Yasna dormía poco, y hacía aún menos el amor con Basanio Urmeneta.

Antes de emparejarse con Basanio Urmeneta, Yasna había tenido un asunto con el padre Genaro. Ambos habían vivido juntos en Quito. Ahora el padre Genaro estaba muerto. Pero no para Yasna.

– Yasna, deja eso ya, ven acá – dijo él, molesto y de manera imperativa.

– Ya voy – dijo ella, concentrada en su laptop, sin levantar la vista. El repitió la orden. – Ya... – dijo Yasna, y se interrumpió al darse cuenta de que la estaban mandando. – ¿Qué te pasa, Basanio? ¿Creís que me vai a mandonear así, ah...?

– Yasna... El padre Genaro está muerto. Déjalo ir. Déjalo que parta. Que los muertos entierren a sus muertos.

– Por eso, porque está muerto, es que es importante que escriba esto – dijo Yasna.

Basanio Urmeneta chasqueó la boca con melancólico fastidio. En realidad, el antiguo aristócrata poeta de inicios del siglo XX, ahora en el siglo XXI no era nadie. Oficialmente, Basanio Urmeneta había muerto en 1952. Sin una identidad legal no podía trabajar. Además, tampoco podría recobrar su herencia porque todos los plazos de prescripción a favor de sus herederos habían transcurrido. Su único trabajo real era ayudar a Yasna en lo que podía, porque no entendía mucho de física, menos de la física del siglo XXII que utilizaba ella; además le costaba asimilar la idea de liberación femenina, de que no fuera escándalo que una mujer relegara a su hombre al papel secundario en vez de servirlo y atenderlo.

Yasna, enamorada de un fantasma; Yasna, la que había viajado en el tiempo y había sido follada por su propio mesías...

En eso, un denso fogonazo llegó desde el exterior. Varias notificaciones tomaron el laptop de Yasna por asalto. Sin detenerse a pensar de que estaba en bata, ella salió corriendo al exterior; Basanio Urmeneta, preocupado por el decoro, la siguió gritándole que se vistiera a lo menos.

– ¡Yasna, Yasna! – dijo Cynthia, algo borracha como de costumbre, mientras salía al exterior. – ¡Yo lo vi, lo vi...! ¡El guardia...! ¡El guardia desapareció! ¡Estuvo esa luz, y luego el guardia desapareció...!

Yasna miró hacia la palmera enana en el centro del condominio Corona de Amenofis. Había una presencia nueva, una mujer de rasgos camíticos, mirando en todas direcciones, confundida, y balbuceando palabras de un idioma exótico.

Yasna sabía lo que eso significaba. El sistema de control estaba entrando en la pendiente terminal de su desestabilización. En pocos meses, la red de sistemas de control que los misselianos habían dejado tras de sí en la Tierra, terminarían por mezclar todo el tiempo y el espacio, intercambiándolos a voluntad... y rajando la corteza terrestre en el proceso hasta convertir al planeta entero en un océano de magma hirviente en el cual toda la vida perecería incinerada.

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A la noche siguiente, los vecinos seguían con su música estruendosa puesta a todo volumen.

– ¿A dónde vas? – preguntó Goloso, el gato semianaranjado de Melinda, tratando de moverse como mejor podía.

En el intertanto, la salud de Goloso, ahora un gato con cerca de diez años, había empeorado visiblemente. Su muslo se había hinchado a niveles alarmantes, y ya no podía saltar arriba de una silla o arriba de una cama. Y le dolía cada día más, obligándole a permanecer generalmente sentado o echado, en vez de caminar. Genaro lo hubiera sanado, pero ahora que Genaro estaba muerto...

– Voy a ver a los vecinos – dijo Minmei. – A ver qué se puede hacer, que Melinda necesita estudiar, y todos acá en Corona de Amenofis están alborotados...

– ¡Minmei, no lo hagas! – dijo Goloso. – ¡Esa gente es peligrosa! ¡No sabemos a qué atenernos! ¿No has visto que a ese lugar pasa entrando y saliendo gente...?

– Bueno, sí, pero si de verdad hay narcos ahí, entonces alguien debería denunciarlos a la policía. Ahora, si yo encuentro pruebas, no sé...

– Sí, y se lo vas a decir a Melinda para que ella haga la denuncia. Y después esa gente va a venir a vengarse en ella. Esa gente es muy mala, Minmei, es mejor no meterse con ella. Déjalos tranquilos.

– Alguien tiene que hacer algo – dijo Minmei. – Esos siempre tienen fiesta, así es que voy a tratar de meterme a su casa.

– ¡Minmei! – protestó Goloso, aunque estando medio paralizado de su pata trasera por la hinchazón, éste no iba a poder impedirlo. Ni tampoco acompañarla.

Minmei salió, y de un par de ágiles saltos, estaba sobre la barda que separaba a Corona de Amenofis del grupo flaite.

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– ¡Casha, weón, un minino!

– ¡Puta, weón, minino...! ¡Puta, la weona maraca, oh... ¡GATO, weón, GATO! ¡Así hablan los machos, weón!

– ¡Yaaaaaaa...! ¿Sabíh qué? Andate a la shushesumare weón...

Minmei miró si los perros rondaban alrededor. Parecía ser que tratándose de fiesta, los encerraban en un rincón del patio, pero siempre era bueno revisar. Minmei corrió por el muro, y los perros la saludaron con una agresiva salva de ladridos. Por los perros, Minmei estaba a salvo: estaban encerrados.

La gata corrió a toda velocidad por los bordes, tratando de colarse a la casa. Ahí se topó a bocajarro con la dueña de casa.

– ¡Puta...! ¡Agarren a esa hueá, oye, que me va a cagar to'a la casa!

La música del reaggeton sonaba a todo volumen: “...porque tu eres callehera, strit-faihter”...

Minmei corrió por toda la casa, tratando de esconderse en algún sitio.

– ¡Saca a esa mierda 'e aquí! – gritó la señora, una gorda impresionante que se movía con bastante agilidad para su peso.

– ¡Papá, papá! ¡Mira, un gato! ¡Me lo voy a cagar! – gritó uno de los hijos.

– ¡Ya, ya, anda, cázalo! – gritó el padre.

El hijo cogió una escoba y salió persiguiendo a Minmei.

Acorralada, Minmei se metió a un dormitorio. El hijo salió persiguiéndola detrás.

El hijo fue rápido, certero, implacable. Minmei se escondió debajo de una cama. El hijo se puso de guardia, tratando de sacarla con la escoba. La madre gorda llegó detrás, también armada con su propia escoba.

– ¡Este es el gato weón que nos molesta a los perros! – gritó la señora. – ¡Ya puh, Yoni, haz algo!

– ¡Ya voy! – gritó Yoni. – ¡Vamos, hijo, dále, pégale, pégale!

Minmei trató por todos los medios de salirse en una dirección o en otra. Pero siempre tenía escobas rondándola.

Le quedaba sólo una oportunidad: tratar de ganar la puerta a la carrera, esquivando a todo y a todos.

Un certero escobazo del padre consiguió voltearla en el piso. Trató de levantarse y le llegó otro.

Media magullada, Minmei trató de levantarse otra vez, y le llegó un tercero.

– ¡Ya, hijo, ya! ¡Pégale, pégale! – gritó Yoni.

El hijo, emocionado por la experiencia de matar a un gato, empezó a descargar con alegría salvaje golpes sobre Minmei.

– Bien, hijo, bien... – dijo el padre, orgulloso de que su hijo fuera agresivo, o sea, bien macho.

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– Goloso... ¿Has visto a Minmei...? – preguntó Melinda.

A Goloso, el viejo sistema de subirse a la cama o al velador para comunicarse con Melinda ya no le servía, impotente como estaba debido a su pierna. Pero trató de moverse, soportando el dolor, hacia afuera.

Melinda vio la ventana que se había quedado abierta, y miró hacia la casa detrás de Corona de Amenofis.

Goloso miraba fijamente, alternando entre la casa detrás de Corona de Amenofis y Melinda.

– ¿Se fue para allá...? Pero... ¡Allá hay perros!

Presa de un mal presentimiento, Melinda salió corriendo a la puerta de Corona de Amenofis.

Goloso no pudo seguirla en esa carrera, por su pierna.

Al llegar a la calle del otro lado a la entrada de Corona de Amenofis, Melinda se quedó de plomo cuando vio en la reja de la casa de los flaites, al padre con uno de los hijos depositando juntos en una bolsa negra de basura, el cuerpo de un gato ahí, que en la noche podía ser o no el de Minmei.

Sin pensar en nada, Melinda se acercó corriendo a la bolsa, y sacó el gato. En efecto, era Minmei. Lánguida y sin vida.

– ¡Mi gata! – soltó Melinda, con lágrimas saltando a sus ojos. – ¡Mataron a mi gata!

– Puta, y qué querís, que la gata 'e mierda me venía a sublevar a los perros acá – dijo el padre, evidentemente tomado.

– ¡Era mi gata!

– ¿Sabí qué? – dijo el hijo, un mocoso que tendría ocho años. – ¡Andate a la chucha!

Y padre e hijo flaite entraron de nuevo en la casa, sin prestar atención a Melinda, quien sostenía llorando el cuerpo de Minmei rescatado desde la bolsa de basura.

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Yasna terminó de sacar sus cálculos, y se quedó mirando absorta la pantalla del computador. Había preparado varios modelos posibles, respecto de la decadencia del sistema de control. Y todos llegaban a la misma conclusión. En el mejor de los casos, al sistema de control le quedaban apenas meses de vida. Si no conseguía evitarlo, no habría un Año Nuevo 2013 para la Tierra: 2012 sería de verdad el fin del mundo.

Próximo capítulo: “Desequilibrio terminal”.

lunes, 7 de mayo de 2012

Trivia del Quinto Ciclo.

Al igual que con los ciclos anteriores, y a la espera del Sexto Ciclo de "Corona de Amenofis", es la hora de publicar algo de trivia respecto del mismo. Así es que, acá algunos datos que ud. ignoraba sobre cómo fue redactado el Quinto Ciclo:

  • La redacción y publicación del Quinto Ciclo es la más plagada de problemas a lo largo de los cinco años de la blogoserie. Una serie problemas con los archivos computacionales hicieron que varios capítulos acabaran borrados, y tuvieran que ser reescritos a partir de cero.
  • El Quinto Ciclo es el más ajustado a la planificación previa del mismo. Mientras que numerosos ciclos anteriores fueron fuertemente modificados, por lo general en el sentido de eliminar subtramas a destajo, en el Quinto Ciclo fue posible integrar todas las subtramas programadas. Incluso la subtrama relativa al personaje de Rubén que fue un añadido de última hora, pudo desarrollarse de manera adecuada y resultó una pieza vital para el desarrollo de la trama como un todo.

  • Hay dos capítulos centrados en personajes secundarios de la trama, y su respectivo trasfondo. "Sistema de control" se refiere precisamente al sistema de control de Corona de Amenofis, que se revela como un ente sintiente y no sólo como un aparato, mientras que "Klunn 1-2-¿3?" se centra en Klunn.

  • La subtrama de Rubén es un homenaje a una trama similar en la teleserie chilena "Semidiós". En realidad, "Semidiós" fue un remake de una teleserie brasilera anterior. Incluso Rubén comparte con su personaje homólogo dentro de la teleserie mencionada, su trasfondo como profesor antes de integrarse a la trama. Sin embargo, el destino final de Rubén y el de su modelo difieren entre sí.

  • Una buena parte de los personajes que podían haber sido dados por muertos en la Masacre de Guiñaleufú, al final del Cuarto Ciclo, regresaron vivos de una manera o de otra a la blogoserie.

  • El personaje de Vania, tal y como fue planificado desde el Primer Ciclo, se muestra mejor en el Quinto Ciclo que nunca antes. Mientras que en el Primer Ciclo era secundaria, en el Segundo y Tercer Ciclos estuvo muy ligada a Aníbal Aquino, mientras que en el Cuarto apenas tuvo participación, apareciendo sólo en los capítulos finales, y en Europa.

  • La revelación sobre la verdadera naturaleza del sistema de control en Corona de Amenofis sucede en el capítulo "Sistema de control", que es exactamente el episodio 100 de la blogoserie.

  • Sin saber si el Quinto Ciclo iba a ser de verdad el fin de la blogoserie como un todo, enviar a Olegario Ferrer a Cuba para un tratamiento médico que le permitiera recobrar la movilidad de las piernas era una manera de darle un final feliz al personaje. Su secuestro a manos de Templemann fue un añadido de última hora a la blogoserie. Olegario Ferrer tendrá un papel destacado en el Sexto Ciclo.

  • En el primer planteamiento del Quinto Ciclo, Vania enviudaba a la altura del sexto o séptimo capítulo, mucho antes del momento en que ocurre en la historia final. Asimismo, la manera en que muere el marido de Vania era diferente en la primera planificación, aunque conserva el elemento de hacer pasar su asesinato por un accidente desafortunado.

  • En la planificación inicial de la blogoserie, Klunn del pasado estaba destinado a morir en la confrontación en el sótano de Santa Reparata. Esto también fue modificado, al mismo tiempo que aumentó el espesor dramático del personaje con la inclusión de Klunn del futuro.

  • La subtrama del golpe de estado final en Estados Unidos y Chile, fue montada principalmente para poder utilizar personajes ficticios en posiciones de poder, en ciclos futuros de la blogoserie.

  • El asalto militar contra Corona de Amenofis responde también tangencialmente a la cuestión de si Corona de Amenofis es un lugar tan complicado, entonces por qué los residentes del mismo no han huído despavoridos. La respuesta implícita es que ésta es la primera vez que sucede algo que de verdad puede ser vinculado al condominio en cuanto tal, y que ser abiertamente catastrófico para sus habitantes. Con todo, el que sea un evento de conocimiento público les hace imposible vender sus departamentos, debido a que éstos han perdido casi todo su valor al ser asociados con hechos de sangre.

  • A diferencia del final del Cuarto Ciclo, que terminó en un continuará abierto a ser resuelto a futuro, el Quinto Ciclo fue planificado con miras a poder funcionar como final entero de la blogoserie. Esto, en vista de las dificultades para escribirlo. Es por eso que muchos detalles y tramas que operan en el trasfondo, si bien quedan abiertas, puede adivinarse o se insinúa cómo se resolverían si es que no hay nuevos episodios. Inclusive el final mismo del último capítulo puede interpretarse como el final de un personaje, en vez de como un simple "continuará".