lunes 20 de junio de 2011

Capítulo 5-07 - "Klunn 0-1-2-¿3?".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: Desde los inicios de Corona de Amenofis, el condominio ha estado en la mira de un grupo de cucarachas postapocalípticas del futuro, incluyendo a Klunn, a sabiendas de que los eventos en Corona de Amenofis a inicios del siglo XXI ayudarán a perfilar el futuro. La amistad de Klunn con Leoncio cambia literalmente la Historia, generando un nuevo universo futuro en que Andinia, el Segundo Imperio Inca, se volverá una superpotencia, y el padre Genaro será adorado como un mesías. Y además, activará un plan por parte de Ka, un misterioso ente que utiliza a los polirrelojes para sus propios fines...

“Klunn 0-1-2-¿3?”

KLUNN CERO.

Había algo de pálido y espectral en sus rostros: eran humanos, sin duda, pero en sus facciones medio diluidas era difícil reconocerlos como tales. No es que carecieran de ellas, o estuvieran deformados de manera grotesca: en vez de ello, parecían haber estado desdibujándose, haciéndose menos angulosas, con sus rostros más finos y etéreos, sus cráneos ligeramente más alargados hacia atrás y hacia arriba, respecto de los retratos de sus mayores. Sus pieles y órganos, por su parte, se habían hecho progresivamente translúcidos, y se podía ver de manera borrosa la luz pasando a través de ellos. Caminaban desnudos y sus movimientos eran suaves y resignados. Eran humanos, pero humanos fantasmagóricos, los últimos de una especie en extinción.

Pero para las cucarachas sobre la mesa del laboratorio, eran criaturas gigantescas, enormes leviatanes cuya mano podía darles la vida o la muerte a cada una de ellas. Eran dioses, sus dioses creadores.

Uno de los humanos, con movimientos muy lentos, bajó la cabeza y hundió el rostro entre las manos, cuyos codos respectivos estaban apoyados sobre la mesa. Algo podía adivinarse de sus facciones agónicas a través de sus manos traslúcidas. En esta posición estaba el humano, desapareciendo como una metáfora evanescente dentro de un verso elegíaco, mientras las cucarachas aparecían marcialmente sobre la mesa, con toda su grosera corporeidad, formándose en cuadros delante del humano.

El humano levantó la cabeza, y vio a las cucarachas formadas, y su vista estaba cansada mientras miraba.

Y les habló.

El humano no hablaba el idioma de las cucarachas, por supuesto. Tenía un pequeño implante bien visible a través de su garganta traslúcida, y ese implante traducía palabras y conceptos humanos en ondas subsónicas que las cucarachas podían captar como vibraciones sobre la mesa, con sus patitas. Era una comunicación en una sola dirección, por supuesto.

– Esta mañana... – empezó el humano, pero fue una partida en falso. El humano se aclaró la garganta, pero no pudo disolver el nudo que la angustia le provocaba. Las cucarachas estaban ahí, quietas, mudas, impertérritas, alineadas en líneas y columnas como perfectos soldados. El humano empezó de nuevo: – Esta mañana todos abandonamos. Los últimos que estaban conmigo... se han marchado. A partir de ahora, los últimos de nuestra especie habremos de vivir permanentemente en Tuonela Verde. Lo que ocurra con nosotros... sólo Dios lo sabe.

Las cucarachas miraban y escuchaban sin entender. Habían recibido un largo proceso de aprendizaje de parte de los dioses que las habían creado y dado inteligencia. Pero sospechaban que aquello era nuevo. ¿Acaso los otros cinco humanos ya no estaban? ¿Dlibb, Kreff, Ubss, Ilgg, Suss...? ¿En verdad sólo quedaba Mithr...?

– Miren – dijo Mithr, extendiendo lentamente la mano, que ahora ya no sólo era traslúcida, sino que comenzaba a hacerse invisible, a desaparecer. – Si no me marcho con ellos, yo también terminaré diluyéndome en la nada.

Mithr suspiró, y derramó un par de lágrimas, que a pesar de su transparencia, se veían más materiales que los evanescentes ojos vertiéndolas.

– Esperaba que tuviéramos más tiempo antes de terminar de educarlos a ustedes, pero tiempo es lo que ya no queda, de manera que... presten atención. En el pasado, los humanos descubrimos la existencia del pneuma, y empezamos a explorarlo, a manejarlo... E inventamos cosas terribles. Le teníamos miedo a unos extraterrestres llamados misselianos, y decidimos combatirlos. Desarrollamos contra ellos un dispositivo de vaporización que actuaría al mismo tiempo en toda la Tierra. Creíamos que había sido graduado para exterminar a los misselianos sin tocar a los humanos. Y lo logramos: exterminamos a los misselianos, se disolvieron y fueron destruidos como si nunca hubieran llegado a la Tierra en primer lugar. Pero... Calculamos mal. Los efectos también alcanzaron a los humanos. De manera más lenta, pero igualmente implacable. Así como a otras especies vivientes. Convertimos el planeta Tierra en el desierto que es ahora. Algunos de nosotros sobrevivimos gracias a algo llamado los genes salvajes. Pero sobrevivimos condenados a la extinción. Los efectos de la vaporización terminarían por alcanzarnos igualmente. Descubrimos la manera de escaparnos hacia otro ámbito de la realidad, llamado Tuonela Verde. Pero... pero... Creímos que podríamos revertirlos. Que si creábamos agentes especiales con una de las pocas especies que consiguió sobrevivir, con ustedes las cucarachas... los polirrelojes, los policías del tiempo... Tal vez pudiéramos evitar la destrucción del pasado...

Así es como se le contaba la historia, a generaciones tras generaciones de cucarachas, y el resultado era siempre el mismo: la clase de cucarachas se quedaba en silencio. La narración del último discurso de Mithr, el postrero humano, antes de partir con los suyos hacía tantos años atrás, fundando los polirrelojes y abandonando a la Cucarachidad, era algo que los sobrecogía íntimamente. Había algo de épico en aquellos trágicos dioses caídos que hacía tantos años, tantos que eran casi una leyenda, sin que nadie pudiera saber a ciencia cierta si de verdad tales cosas habían pasado así o no... Klunn y Ebenn se miraron mutuamente, con respeto.
A la salida de clases, Ebenn y Klunn se separaron: aparentemente, ese momento era esperado por uno de los profesores.

– ¡Klunn! Felicitaciones por tus últimos resultados, eres el mejor trabajando con los sensores internos.

– Gracias, señor Mlann... Espero algún día poder aprovechar esta tecnología para rescatar por fin a los humanos... digo, rescatarlos de verdad, no esperar tanto el momento preciso en que...

– Ya sabes que el humanianismo es herejía, Klunn – interrumpió Mlann secamente.

– Lo siento – se disculpó Klunn.

– Conoces las razones, ¿no? – preguntó Mlann, con severidad.

– No conocemos lo suficiente sobre el pasado para alterarlo de manera significativa. Y además, si evitamos el Holocausto al que sucumbieron los humanos, entonces... la Cucarachidad no llegaría nunca a existir – dijo Klunn. – La salvación de los humanos debe esperar hasta que descubramos cómo lograrlo sin impedir el nacimiento de la Cucarachidad.

– Exacto – dijo Mlann, y siguió, ahora más tranquilo: – Todos cuando somos jóvenes, tenemos dudas, y después al madurar, vemos las cosas con mayor claridad. Así es que, a pesar de tus... dudas juveniles... Te he recomendado ante Flenn, para que trabajes con él, en algo muy importante.

– ¿En qué cosa sería... señor...? – preguntó Klunn, indeciso.

– Hemos encontrado los restos de un sistema computacional que desarrollaron los humanos. Estamos trabajando intensamente para recuperarlo, porque su disco duro está destruido casi por completo, como un efecto secundario del Holocausto. Bueno, no sabemos bien cómo fue, pero... En fin, parece que entre los contenidos de ese disco duro hay un texto humano llamado “Luz de Sotis”. Parece ser la descripción de acontecimientos o crónicas de un lugar que parece corresponderse con un sitio que los humanos llamaban Corona de Amenofis...

– ¡Entonces eso es el descubrimiento más increíble que se ha hecho en...!

– No tengo mucho tiempo, Klunn, así es que... mira. Eres un alumno brillante. No como ese Ebenn, con quien... no te hace ningún bien juntarte, Klunn. Pero al grano, ¿te interesa ponerte a las órdenes de Flenn en esto...?

KLUNN UNO.

La tarde anterior a la partida con rumbo a Maitencillo, Leoncio trabajó en empacar sus cosas, mientras a su hermana Melinda le preparaban sus padres la maleta: Adalberto con una sonrisa melancólica, y Patricia con su eterno malhumor.

Leoncio sacó la cajita de fósforos en que solía alojar a Klunn, bien escondido debajo del colchón. La cucaracha levantó sus antenitas: ¿era realmente un rostro expresivo el del insecto, o apenas una impresión provocada porque Leoncio sabía que Klunn era inteligente y venía de un futuro postapocalíptico...?

– Klunn... ¿De verdad no quieres venir conmigo...? Allá en Maintencillo, bueno... van a estar mis viejos... y mi hermana... No sé, supongo que podríamos encontrar un cibercafé o algo, en donde podríamos hablar un rato...

Klunn saltó hacia la pantalla del computador, y ésta se encendió. Klunn caminó sobre el teclado, activando selectivamente las teclas con su sistema de biosensores internos, y en la pantalla se materializaron algunos caracteres:

“CHAT”.

– Entiendo – dijo Leoncio, decepcionado.

De pronto, la pantalla volvió a pestañear: “VOY”.

– ¿En serio, Klunn...? – preguntó Leoncio. – ¡Gracias! ¿Sabes, Klunn? Parece que eres mi mejor amigo...

“TAMBIEN”, respondió Klunn.

Leoncio sonrió. El pobre Klunn. Juntos, habían evitado una invasión de cucarachas desde el futuro, e impedido el Holocausto. Pero con eso, quizás habían cambiado la Historia, y el futuro de Klunn había desaparecido: ahora, la cucaracha estaba sola. Era el único insecto inteligente en todo el siglo XXI, y eso debía ser algo muy solitario. Pero por otra parte, el incidente había sido desatado por la telepatía de Melissa, que nunca habría llegado a surgir si es que Klunn no la hubiera atacado con un pulso biomagnético... ¿No quería decir eso que el futuro estaba fijo e inmutable...?

– Salvo que la telépata original no fuera Melissa sino alguien más – dijo Leoncio. – No me molestaría que llegara alguna chica a Corona de Amenofis que, no sé, leyera el futuro o algo así...

El pobre Leoncio, reflexionó Klunn. Todavía no asimilaba bien su ruptura con Maya.
Pero era cierto: quizás el Holocausto en cuestión no era el que habían evitado, sino otro diferente, provocado por otra telépata, o por otra persona con poderes mentales. ¿Cómo saberlo...? Klunn meditaba mucho sobre eso: si la respuesta era positiva, entonces estaba claro que el futuro sí podía ser cambiado, y desde dónde él había llegado, ese lugar había desaparecido para siempre...

¿Había valido la pena todo eso, sólo para que alguien como Leoncio viviera...? Quizás sí...

KLUNN DOS.

Cada vez más, Blenn se estaba transformando en una molestia. Inicialmente, Klunn se había sentido feliz de encontrarle. Blenn, Ilinn y su grupo habían paliado la soledad de ser la única cucaracha inteligente en todo el siglo XXI. Sabía que los polirrelojes habían instalado colonias de agentes en el pasado, para tener observadores monitoreando el proceso, y se los había elegido entre los más fanáticos para evitar el riesgo de que se sintieran tentados a cambiar la Historia, pero estos experimentos siempre se emprendían con mucha cautela, y no era fácil encontrarlos para un agente de campo como Klunn. Por eso, la aparición de Blenn y su grupo en el laboratorio genético de Agua Santa había sido una bendición.

Sin la ayuda de Blenn, Ilinn y el resto, Klunn no hubiera conseguido tantas cosas en tan poco tiempo. Habían logrado determinar el papel de los misselianos en la evolución de la Tierra, y habían conseguido determinar algo muy importante: las cámaras de vaporización eran un invento misseliano, no humano. De alguna manera, la tecnología misseliana se había abierto paso hacia la Humanidad: pero los humanos las habían usado contra los misselianos... Después de viajar a Misseldavia y conseguir vastas cantidades de información en Misselburgo, mucho de lo perdido irremisiblemente con la explosión nuclear que había arrasado a Misselburgo, estaba a salvo gracias a Klunn, Blenn, Ilinn y el resto del grupo.

Y en posesión de los rudimentos de lo que podría llevar hasta la tecnología de la vaporización, habían comenzado las disensiones. Blenn había despertado a Leoncio, contra las órdenes de Klunn. Y el presentimiento de Klunn había resultado correcto: Leoncio había despertado con demasiados poderes. Afortunadamente, Leoncio había acabado autodestruyéndose en vísperas de la batalla contra la Progenie de Imagocoyotl.

Blenn, el correcto. Blenn, el fanático. Blenn, la cucaracha que sacrificaría a todas las cucarachas para que los dioses humanos pudieran sobrevivir.

– Supongo que ésta es la última ocasión para que resolvamos nuestras diferencias – dijo Klunn, acercándose meditabundo al borde de la hoja y mirando hacia Corona de Amenofis.

– Klunn... No tienes como ganar. Acepta las cosas como son. Siempre has sido un rebelde, siempre has querido ir contra...

– No me hables acerca de lo que soy, insolente – restelló Klunn. – En el futuro, yo era un polirreloj. No eligen a los polirrelojes porque sean poca cosa, porque sean tontos, o porque no se atrevan a hacer lo correcto. Tú has pasado toda tu vida en el siglo XXI, una cucaracha hija de otra cucaracha hija de otra cucaracha hija de otra que vino desde el futuro para ser una célula durmiente, y que de tanto poblar la Edad de Oro, olvidaron su propósito.

– Aún así no tienes como ganar, Klunn.

– Si fuera ése el caso, ya me hubieras matado, Blenn. Conmigo, con el banco de datos que cargo conmigo, van los rudimentos de la teoría de la vaporización. Si muero, entonces el Holocausto ya no ocurrirá, y las cucarachas no nacerán. Salvo que tu estúpido fanatismo religioso sea tan grande que no te importe masacrar a todas las cucarachas del futuro.

– No creo que las cosas se arreglen matándonos, Klunn.

– Más bien no crees que sea conveniente matarme, ahora que me las arreglé para echar abajo “Luz de Sotis” – repuso Klunn con cinismo. – Ustedes los fanáticos son todos iguales: hacen cualquier cosa que sea necesaria por su fanatismo, pero siempre compungidos, siempre con cara triste, como si estuvieran haciendo un gran sacrificio, cuando por dentro arden de felicidad reventando herejes por su muy merecida culpa. Pero sin “Luz de Sotis”, la Cucarachidad jamás descubrirá el papel que jugará Corona de Amenofis en la construcción del futuro. Por lo tanto, me necesitas vivo porque soy el único que puede salvar el futuro para la Cucarachidad.

Blenn suspiró, y volvió a hablar.

– ¿Qué te pasó, Klunn...? ¿Por qué cambiaste tanto? Tú eras un humaniano, un hereje del futuro, y viajaste en el tiempo, y...

– Ningún humaniano ha visto a los humanos de cerca, Blenn. Es fácil idolizar a los humanos en el futuro, ¿sabes por qué? ¡Porque están muertos! Tú nunca has estado en el futuro y por eso no sabes cómo se describe a los humanos allá: dechados de virtudes, bondadosos, nobles, heroicos... Casi como si el Holocausto hubiera sido producto de la mala suerte. ¿Y qué vi acá? Llego a Corona de Amenofis y me hago amigo de Leoncio. ¿Y quién es Leoncio? Un pobre diablo, un infeliz que vive de espaldas a la vida escribiendo un estúpido blog para escaparse de la realidad de que es un fracasado. ¿Y Hernán Carmona? Un pobre desgraciado que sacrifica su vida por una esposa incapaz de valorarlo, y en la mira de una loca sicópata que cuando él muere, lo olvida de inmediato para liarse con el primer otro idiota que pasa por ahí. ¿Y Maya? ¿Has visto una perra más egoísta que Maya...? Y cuando Leoncio se busca otra amiga, resulta que es Ludwica, una chica pretenciosa que vive toda su vida culpándose vaya uno a saber por qué, y probablemente porque muy en el fondo le gusta sentirse culpable por todas las cosas para sentirse viva. ¿Genaro? Debió haberse tirado a su madre mientras estaba viva para ser feliz. Podría seguir con todos los humanos de Corona de Amenofis, todos unos patéticos fracasados del primero al último, siempre ambicionando algo que está más allá del horizonte, siempre mintiéndose a sí mismos acerca de cómo son las cosas y de qué los hace felices. ¿Y en el mundo exterior? ¿No ves las noticias? ¡Hambre! ¡Peste! ¡Corrupción! El mundo estuvo al borde de la bancarrota en el 2008 cuando un grupo de miserables en Wall Street decidió pasarse de listo, y como eran demasiado grandes para quebrar, los rescataron al precio de hundir a la Humandiad en una crisis económica. ¿Y cómo se resolvió la crisis? Bueno, una explosión nuclear en Misselburgo y una invasión extraterrestre por parte de la Progenie de Imagocoyotl, y los gobiernos de la Tierra le dan carta libre al complejo militar-industrial para hacer inversiones que, por supuesto, reactivan la economía, sin que importe que el mundo sea un lugar más peligroso. Porque todas esas nuevas armas y chismes que se fabrican, hay que venderlas en alguna parte, ¿no? Y si las tienen, bueno, por qué no usarlas, ¿verdad...? Estos humanos están locos, Blenn, están absolutamente locos porque son todos unos mentirosos, unos falsos y unos cínicos. Tú no tienes idea de cuánto me destrozó el corazón ver a los humanos cómo son en verdad. De lejos eran dioses, estatuas puestas ahí para que los adoráramos, pero ahora sé la verdad, ahora sé por qué la Cucarachidad y los polirrelojes no se apuran en salvarlos: porque no pueden ser salvados. Los humanos siempre van a necesitar ser salvados de ellos mismos. ¿Acaso no es por eso que Leoncio y Ludwica y la gente a su alrededor libran todas sus batallas una y otra vez? ¡Los humanos no son dioses, Blenn! Eres una buena cucaracha, Blenn, y lamento que tus creencias religiosas te cieguen tanto. Pero si los humanos mismos no luchan por su vida, entonces no se merecen tener esa vida.

– Sabes que esto es la guerra entre nosotros, Klunn. ¿Verdad?

Klunn asintió.

– ¿Sabes una cosa, Klunn? Tú no eres mejor que los humanos a quienes criticas. Leoncio era tu amigo, y tú eras quizás su único verdadero amigo. Y estabas dispuesto a que se pudriera en la cama del hospital a donde fue a dar después de que Ramiro Delponte lo secuestró. Te negaste a despertarlo. Yo lo desperté por ti. Yo salvé al que era tu amigo. Yo no sé si los humanos son buena gente o no. No me importa. Sólo sé que antes de que las cucarachas llegaran, ellos eran el producto más excelso de la evolución sobre la Tierra. Quizás se hayan equivocado, y quizás se merezcan una nueva oportunidad, después de todo. No sé si sea correcto dársela, pero sí sé que es incorrecto negársela, porque no sé si soy mejor juez de lo que ellos o son sobre sí mismos. Encontraré la manera de sacarte esa información que llevas contigo Klunn, y entonces tendré que matarte. Porque también mereces tu propia oportunidad, pero no al precio de sacrificar a siete mil millones de humanos sólo porque a una cucaracha alguna vez le rompieron el corazón.

Klunn emitió una exclamación de fastidio.

– Volveremos a encontrarnos, Klunn – dijo Blenn, dándose la media vuelta y emprendiendo la retirada.

– ¿Cómo sabes que no te voy a disparar por la espalda, Blenn? – soltó Klunn con sarcasmo.

– No lo sé. Y si supusiera que lo harás o que no lo harás, te estaría juzgando, Klunn – dijo Blenn, siempre alejándose.

– O bien, tienes algún francotirador cerca que respondería al fuego con fuego y trataría de matarme para protegerte – repuso Klunn, afilando al máximo su cinismo.

Blenn se limitó a seguir caminando, sin detenerse ni responder.

¿KLUNN TRES?

Un delicado filamento de frío acero se extendió lentamente en el aire; también lentamente por el aire se extendió una delicada antena de quitina lacada. Ambos acabaron por encontrarse, y la chispa saltó de la una a la otra.

Para la cucaracha portadora de la antena de quitina, fue como si de pronto las tinieblas del universo se desvanecieran, y una nueva y superior luz lo iluminara. Repentinamente el mundo parecía ser no solamente una colección de imágenes o sonidos que causaran placer y temor, sino un bello entramado de armonías, de formas, de estructuras. Estupidizada, la cucaracha movió sus patitas, sin saber a ciencia cierta qué estaba haciendo. Se maravilló de que pensar en recoger una patita, significara efectivamente recogerla. Miró a su alrededor, y descubrió que un grupo de piedritas en que habían dos de éstas, era diferente a otro grupo de piedritas en que había tres de éstas... descubrió que de cosas así se componía el mundo.

La cucaracha miró hacia el delicado filamento de frío acero, con el vago presentimiento de que dicho filamento, algo tenía que ver en su nuevo y superior estado de ánimo.

– Ven, Klunn – dijo una voz femenina.

Sabiendo de alguna manera que Klunn era su nombre, la cucaracha subió por una rampa larguísima ascendente y entera de metal. Descubrió al final una mano fina y femenina, extendida con la palma hacia arriba. Klunn se subió en ella, y fue izado Klunn pudo mirar a lo lejos: era un enorme paisaje con una semiesfera azul con jirones de blanco, sobre un fondo completamente negro y estrellado.

– ¿En dónde estoy...? Pensé... pensé que estaba muerto – dijo Klunn, recordando confusamente.

– Y moriste, Klunn. De lo contrario no podría haber rescatado tu pneuma y traerlo hasta aquí – dijo la voz femenina. – Eso es la Tierra sumida en la era glaciar, más o menos seis mil años después de tu muerte.

Klunn movió la cabeza y las antenas, confuso. Un montón de imágenes, sonidos y olores se agolpaban en su mente de manera atropellada y confusa. Le costó mucho darse cuenta de que eran recuerdos.

– Klunn, sé de tus dudas, las conozco bien. Yo pasé por lo mismo cuando mi hermana me abandonó, y después... Pero déjame decirte, hay salida. Quiero pedirte que hagas algo muy noble, y eres el único que podría lograrlo. Quiero que regreses en el tiempo hasta el instante de tu muerte, y rescates toda la información que los sensores biomagnéticos de tu cuerpo poseían. Sólo tu podrías conocer esos códigos, y esa información es esencial para que esta línea de tiempo en la que nos encontramos, sea de verdad la última. Klunn... si aceptas, la salvación de humanos y cucarachas está en tus manos.

– ¿Y... quién eres tú...? – preguntó Klunn, demasiado estupidizado por toda la situación.

– Me llamo Indira – dijo la mujer, con dulzura. – Bienvenido a bordo de la Estación Espacial Corona de Amenofis.

Próximo capítulo: “La matriz de Orlac”.

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