lunes 18 de julio de 2011

Capítulo 5-08 - "La matriz de Orlac".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: Olegario Ferrer accede a entregar una muestra de su sangre a Almendra Caballero, a cambio de financiamiento para recuperar la movilidad de sus piernas. Mientras Ludwica permanece fuera de nuestra realidad, Melinda y Genaro traban alianza con Blenn, Goloso y Minmei para batallar contra Klunn, que ha engañado a Yasna para ayudar a Orlac para invadir el mundo. Y en el futuro, Indira envía a Klunn para luchar contra su yo del pasado y robar información esencial para construir ese futuro...

“La matriz de Orlac”

Después de haber puesto a buena prueba la paciencia de las azafatas pidiéndoles su ayuda para ser conducido a su asiento en el avión ahora despegando, y con el inminente encuentro con la medicina cubana haciéndole sentir por momentos más minusválido que nunca, Olegario Ferrer contempló el exterior por la ventanilla. Había algo de melancólico en la escuálida mezcla de niebla y llovizna fina que caía sobre las losas del Aeropuerto Comodoro Merino Benítez en Santiago. Sobre la terraza, aparentemente, estaban Almendra Caballero, Vania y Filippo. El usualmente analítico Olegario Ferrer se permitió un momento de congoja mientras reflexionaba en las chicas. Había sentido algo casi eléctrico en el ambiente al despedirse de Almendra Caballero, pero sabía demasiado bien que ella era serena y aplomada como el cuchillo de un carnicero, demasiado para tener sentimientos románticos. Que Vania le hubiera despedido había sido más inesperado; lo suyo había evolucionado casi a una relación de amable enemistad, y no esperaba que esa chica preocupada y centrada sólo en sí misma tuviera un gesto así; ni siquiera se lo habría dicho de no ser porque con su viaje a Cuba, se acababa su rol de chaperón.

El avión terminó de despegar, y mientras sobrevolaba Santiago, Olegario Ferrer se echó hacia atrás. Aparentemente, ahí acababa el ciclo de su vida que se había abierto cuatro años antes con Vania tocando la puerta de su oficina como detective privado. Respecto del nuevo ciclo que le esperaba, cuando estuviera en Cuba y recobrara la movilidad de sus piernas, eso era el ignoto y aún no cartografiado futuro...

Mientras tanto en la terraza, una vez que el avión hubo partido, Almendra Caballero parecía haberse sumergido en un estado de abstracción poco frecuente en ella. Vania, por el contrario, estaba claramente molesta, aunque trataba de disimularlo, tan mal como de costumbre. En cuanto a Filippo, abrazaba a su esposa por detrás.

– De manera que lo sacaste de la jugada – dijo Vania, con irritación.

– No todo en esta vida gira en torno tuyo, Vania – dijo Almendra Caballero, irónica y molesta a un tiempo.

– Estoy cansada de que estés siempre excluyéndome de todo, Almendra. No soy un peón tuyo, ¿sabes?

– Si no fuera por Olegario y por mí, estarías pudriéndote en ese manicomio en donde Aníbal Aquino te recluyó, allá en Suiza – dijo Almendra Caballero, cargando sus palabras con intención.

– Imma x'jiġri! – protestó Filippo, desconcertado.

– Almendra... Ahora me vas a decir la verdad. ¿Qué diablos se te perdió en Misistra para que nos enviaras a Olegario y a mi a investigar eso...? Me harás parte de eso, o no tendrás a Misistra.

Almendra Caballero sonrió significativamente. Con su inesperado golpe de suerte, la muestra de sangre de Olegario Ferrer en sus manos, quizás ya no necesitara a Misistra de momento, y por lo tanto, Vania era inútil. Salvo para lo que Almendra Caballero la había rescatado desde Suiza: para dejarla libre y dejarle las manos libres para que hiciera lo que quisiera. Que tratándose de Vania, seguramente sería vengarse por fin de Aníbal Aquino.

Pero ahora, descubrió Almendra Caballero para su propia sorpresa, Aníbal Aquino ya no le importaba tanto. Ese episodio iba quedando cada vez más en el pasado... Además, incluso la relación de negocios no era igual. Después del atentado contra su vida, en la noche de bodas, Aníbal Aquino claramente no había vuelto a ser el mismo: estaba más débil, inseguro...

– Quédate con Misistra, Vania – dijo Almendra Caballero, burlesca.

Vania se quedó boquiabierta. ¿De manera que Almendra Caballero se había salido con la suya, y Vania ni siquiera se había enterado? Vania cambió de actitud por completo: ahora era la amabilidad misma en persona.

– Almendra... Hemos sido amigas por años... Compartimos a un mismo hombre incluso... Y estoy segura de que podríamos compartir a otro más – dijo, mirando a Filippo, quien por no entender el idioma, estaba con rostro interrogante. – Habrá algo para mi en todo esto, ¿verdad...?

– Un marido millonario, eso es lo que hay para ti – dijo Almendra Caballero con sorna. – Estás fuera del manicomio, eres libre para ir y venir y hacer lo que se te pegue la gana. Yo creo que DEBERÍA BASTARTE con eso.

El rostro de Vania se transmutó en ira pura y simple. No, a Vania no le bastaba la libertad: no era feliz si no podía usar esa libertad para imponerse a otras personas, doblegarlas, arrollarlas, para conquistar el mundo. Y ahora, Vania tenía muchas y muy buenas cartas en la mano (un marido millonario, Misistra...), pero ningún juego ni ningún jugador contra el cual jugar...

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Orlac abrió los brazos, y vapores de tono verdoso emergieron desde un gigantesco cuenco en el suelo. Orlac era consciente de que el universo no era realmente así, y que en el Pabellón del Sur ni siquiera tenía un cuerpo físico como se podía entender en el Pabellón del Norte, el “universo real”: eran sus sentidos los que traducían las improbables leyes físicas del Pabellón del Sur en esa clase de información que pudiera ser procesada por sus patrones mentales.

Los vapores adoptaron una configuración confusa, como una esfera gaseosa cuyos jirones rotaban en torno a un punto invisible del espacio. O al menos, eso le parecía a su mente: en realidad, la geometría multidimensional del Pabellón del Sur era mucho más complicada que eso. Aún así, Orlac había llegado a descubrir el truco para dominar tales energías. La palanca había sido la misma que había utilizado para entender el mundo “real”: el pneuma. El Pabellón del Norte como el Pabellón del Sur estaban conectados y modelados por flujos pneumáticos... así como la mente de sus habitantes. La esfera delante suyo era su matriz, la fuente de su energía y de su poder.

En la matriz abrió un portal, y a través de ese portal observó lo que ocurría al otro lado. Ahí estaba Klunn, la cucaracha náufraga de un futuro postapocalíptico, frente a un espejo.

– La máquina está casi lista, Orlac – dijo Klunn, irritado porque Orlac no le dejaba trabajar en paz.

– Cuidado, Klunn – dijo Orlac. – Las cosas se complican en Corona de Amenofis. Blenn consiguió atraer a Genaro y a Melinda, y ellos viajan con Ilinn, Goloso y Minmei. Están dispuestos a todo para detenerte.

– ¿Un ex sacerdote, una mocosa de doce años, dos cucarachas traidoras y dos gatos...? – se burló Klunn, y luego añadió con fiereza: – La única que podía haber lidiado conmigo era Ludwica, pero con ella fuera de la jugada...

– Aún así, debes ganar tiempo – dijo Orlac, con el tonillo irritante de un profesor aleccionando al alumno tonto de la clase. – Si activas demasiado temprano la máquina, antes de que los flujos pneumáticos hayan sido asegurados, el resultado podría ser devastador – dijo Orlac. – En vez de construir un puente pneumático hasta el Pabellón del Sur, podrías acabar desestabilizando aún más el sistema de control de Corona de Amenofis, y con eso, provocar el fin del mundo – añadió, y lo completó con un discurso en que dejó ver claramente que no veía a Klunn como un socio sino como un subordinado: – No me falles, Klunn. No me falles, y yo te daré tu Holocausto. Guiaré todo el poder de mi matriz hacia tu universo, y entonces será como si un vaporizador gigante erradicara a toda la Humanidad – dijo Orlac.

Klunn movió las antenas con fastidio: odiaba ser ninguneado de esa manera por Orlac, pero era el precio a pagar porque sus planes se cumplieran. Cuando la máquina fuera activada, la línea de tiempo original sería restaurada, la Humanidad desaparecería... pero Klunn estaría ahí para asegurarse de que los polirrelojes no resurgirían. Klunn controlaba el contenido del blog “Luz de Sotis”, así como los esbozos sobre cómo construir un vaporizador, en los cuales Orlac se había basado para diseñar su plan. Klunn tenía las llaves del futuro.

Y por supuesto, era ÉL quien estaba utilizando a Orlac: cuando ya no le fuera necesario, se desharía de éste.

Pero tampoco Klunn era un ingenuo: sabía que, así como él estaba dispuesto a traicionar a Orlac a la primera oportunidad, él haría lo propio con él. Las siguientes horas serían decisivas para el futuro de la Humanidad.

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Ludwica despertó. El sol caía tibiamente por la ventana. Leoncio ya se había levantado. En medio de la nebulosa de placer en que giraba su cabeza, Ludwica recordó que estaba desnuda, y con un pudor repentino, que nunca antes había sentido con otro hombre, se envolvió con la sábana antes de levantarse. ¿En dónde estaría Leoncio?

Salió hacia el exterior, a ese maravilloso Viña del Mar paralelo en que el clima era más benigno, las casonas más aristocráticas, y la gente más... inexistente. Sentía que la vida era buena y maravillosa al fin. ¿Por qué no podía ser siempre así? ¿Por qué no podía quedarse simplemente en ese país de las maravillas que Leoncio había construido especialmente para ella, con el hombre al que había por fin recobrado, después de resistirse durante dos años a admitir que lo extrañaba aún demasiado, y que anhelaba, más que ninguna otra cosa, estar de regreso con él...?

Porque en el mundo real estaba Melinda, la hermana de Leoncio. Y Goloso y Minmei, las mascotas de Leoncio. Y Genaro, el hombre cobarde que se caía una y otra vez, y aún así, de alguna manera, siempre reunía fuerzas para seguir luchando por lo que era correcto. Y su propia familia, a la que también extrañaba, aunque desde que había llegado a Corona de Amenofis, el contacto había disminuido. ¿Qué clase de vida perfecta sería para ella si se quedara ahí en el paraíso, a sabiendas de que sus seres queridos podían estar quizás en la antesala del infierno...

Miró de pronto hacia el norte, y descubrió que el cielo se desperfilaba en un montón de agujas y de hilos deshilachados: la realidad misma parecía estarse cayendo. Era una enorme e inenarrable mancha de fealdad, de realidad, en el perfecto fresco sixtino de sus sueños.

Pero ahí estaba Leoncio.

– ¿Cómo vas...? – preguntó Ludwica, con una punzada de dolor ante la inminente caída de la barrera de la realidad.

– Lento – dijo Leoncio. – He encontrado barricadas en mi camino. No es fácil... excavar un túnel. Lo construí blindado, muy blindado, especialmente para tí, y ahora...

Ludwica se avergonzó de sí misma: había saltado interiormente de felicidad al escuchar que todo iba lento, porque significaba más tiempo para disfrutar, quizás la eternidad si se realizaba su secreta esperanza de que fuera imposible cruzar la barrera hasta el Pabellón del Norte. Pero luego, al descubrir que esa parcela del universo estaba blindada a causa de ella, sintió una profunda vergüenza de sí misma.

– ¡Demuélelo, Leoncio! – gritó Ludwica, y luego se le arrojó a los brazos de su enamorado. – Leoncio, te amo, te amo con locura, te amo como nunca amé a nadie ni nunca volveré a amar, y nunca he sido tan feliz como aquí, ni volveré a serlo. Por favor, Leoncio... recuerda eso cuando estemos en el otro lado. Dijiste que nunca íbamos a regresar... Pero al otro lado tendremos todavía nuestro amor, ¿no...?

– Sí, Ludwica – dijo Leoncio, de manera quizás demasiado queda. – Al otro lado tendremos todavía nuestro amor.

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El anochecer caída sobre el frontis de la casi reconstruida parroquia de Santa Reparata. Genaro se quedó admirado por las obras. Años atrás, él había sido párroco de la misma. Antes de que su vida hubiera cambiado, viniendo a vivir a Corona de Amenofis, con su madre ahora fallecida. La nostalgia lo golpeó como una fría brisa en el rostro, y una punzada le atacó el corazón. Debió respirar profundo para no desmayarse por la emoción. Aunque había renunciado a los votos sacerdotales, en su corazón aún seguía siendo un sacerdote de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

– La han reparado bien, ¿eh? – dijo Genaro, tratando de reprimir su emoción.

– Había quedado pa' la cola... eh... muy mal – se corrigió Melinda al recordar que Genaro había sido sacerdote, y luego, con voz más queda, añadió: – Creo que no había regresado acá desde que balearon a mi hermano.

Goloso y Minmei se adelantaron, incluso más rápido que Blenn e Ilinn. En realidad, la coordinación entre los dos humanos, los dos gatos y las dos cucarachas dependería por completo del instinto: no había medios de comunicación entre las tres especies. Habían discutido muy claramente lo que harían: Genaro y Melinda tratarían de conversar con Yasna, mientras los gatos y las cucarachas tratarían de neutralizar a Klunn. Sin matarlo, para que no desapareciera con él la información de “Luz de Sotis”. Ni toda la información que portaba y que había sido rescatada de las ruinas atómicas de Misseldavia.

Blenn e Ilinn se detuvieron cuando descubrieron que Goloso y Minmei olorosaban el aire con mucha cautela.

– Algo detectaron los gatos.

Goloso y Minmei se devolvieron. ¿Cómo se harían entender por las cucarachas, que habían sentido algo raro a través del olfato...? Goloso elevó la mirada hacia un pilar de la parroquia, y Minmei hizo lo propio con el pilar del lado opuesto.
Blenn e Ilinn avanzaron un poco.

– ¿Esos son rayos láser? – se preguntó Blenn. – Me esperaba una trampa más sofisticada por parte de Klunn.

– Quizás no haya trampas, Ilinn – dijo Blenn. – Si Klunn hubiera erizado el lugar de trampas, algún humano podría caer, y su lesión o muerte los habría advertido de que algo pasa en los sótanos de Santa Reparata. Quizás él mismo es la trampa...

– Los gatos se detuvieron – dijo Melinda, mientras tanto, y como para hacerse perdonar la obviedad, añadió: – Quizás sólo estén olorosando.

Y empezó a caminar valientemente en la oscuridad del interior de la parroquia. En dirección hacia los sensores que se activarían y soltarían un par de rayos láser. Blenn e Ilinn le saltaron encima, hormigueándole por todo el cuerpo, tratando de que a través de la picazón, Melinda se detuviera.

– Algo les pasa a las cucarachas – dijo Melinda, y se detuvo con cautela. Los gatos estaban interrogantes.

Genaro avanzó hacia donde estaba Melinda.

– Los sensores no se activaron – dijo Blenn.

– Deben estar programados para activarse con el pneuma de las cucarachas, de nosotros – dijo Ilinn.

– Parece que no pasa nada – dijo Melinda, y avanzó otro poco.

– ¡No! – chilló Ilinn.

En el sótano de Santa Reparata, saltaron de inmediato las alarmas.

– Iré a ver – dijo Klunn, tratando de subir rápidamente.

– ¿Qué pasa? – preguntó Yasna, alejándose de la máquina, y mirando el monitor conectado con las cámaras escondidas.

– ¡Yo lo veo! No te detengas con la máquina ahora – dijo Klunn, tratando de parecer natural al ver que Genaro estaba en el grupo, y preguntándose cómo se las arreglaría para pretextar un fallo en el monitor, y que Yasna no viera a su enamorado.

– De todas maneras me voy a tomar un descanso – dijo Yasna, y caminó hacia un minirrefrigerador del cual extrajo una botella de Coca Cola, sirviéndose un vaso. Había trabajado de manera extenuante durante horas, solucionando algunos últimos problemas. Aún faltaban detalles por resolver, pero era lo menos.

Y entonces, Yasna miró el monitor.

Genaro estaba con el grupo.

Yasna jadeó. ¡Genaro!

Impulsada por el corazón antes que por la razón, Yasna dejó el vaso con bebida a medio beber a un lado, y al levantarse a toda prisa, ni siquiera se dio cuenta de que su mano accidentalmente lo volcó y derramó el contenido en el suelo.

En el exterior de los sótanos, ahora en el cuerpo principal de Santa Reparata, Klunn estaba presente.

– ¡Si sigues adelante, Blenn, tendré que matarte! – gritó Klunn.

– ¡Sabes que debo seguir adelante! – gritó Blenn. – ¡No puedo dejar que te salgas con la tuya! ¡No puedo dejar que Orlac cruce hacia el Pabellón del Norte! ¡Sería el Holocausto!

– ¡Es por el Holocausto que estás aquí en primer lugar, Blenn, que tus antepasados llegaron hasta el siglo XXI! ¿Es tan estúpido tu fanatismo religioso que estás dispuesto a sacrificar tu propia continuidad temporal por la Humanidad...?

– Tú lo llamas fanatismo. Yo lo llamo hacer lo correcto – dijo Blenn.

– ¿Yasna? – soltó de pronto Genaro.

Efectivamente: en tanto Klunn había estado distraído con Blenn, Yasna había subido desde el sótano y ahora caminaba por un costado de la nave principal de Santa Reparata.

– Yasna... pero... ¡Por qué...! ¡Por qué me abandonaste!

– Maldición – soltó Klunn, y decidió jugárselo el todo por el todo. De manera que retrocedió hacia el sótano, ahora perseguido por Blenn e Ilinn, mientras ni los humanos ni los gatos se daban cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Klunn cruzó la puerta hacia los sótanos, y activó las defensas.

Blenn e Ilinn se detuvieron.

– Klunn erizó la puerta de trampas – informó Ilinn. – ¡No podremos cruzar! ¿Qué crees que hará Blenn...?

– Lo obvio. Activar la máquina. Aunque no esté lista – dijo Blenn.

En el sótano, Klunn se abalanzó sobre la máquina. Había escondido en el fondo de la misma un relé de emergencia, desconocido por Yasna, que le serviría para activar la máquina en cualquier caso. Dudó por un instante, pero luego vio con el rabillo del ojo a una cucaracha precipitándose hacia él, y creyendo de manera instintiva que Blenn había conseguido cruzar las barreras de seguridad en la puerta, activó la máquina.

Entonces, Klunn se quedó estupefacto al contemplar a la otra cucaracha, que le miraba de manera desencajada... y que era un doble perfecto suyo, quizás un clon, diciéndole con horror:

– Klunn... ¡Pero qué hiciste!

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Todas las alarmas y sensores en el Pentágono saltaron. En cuestión de minutos, el General Douglas Pershing había sido avisado, y éste a su vez había acudido a reunirse con el Presidente de los Estados Unidos en el búnker subterráneo de la Casa Blanca, junto con la Secretaria de Estado y otros funcionarios de la más alta categoría.
– ¿Cuánto tiempo tomará analizar esta situación? – preguntó el Presidente.

– ¡Señor, no tenemos tiempo! ¡Esto es peor que si viniera un ataque nuclear desde la Un... desde Rusia, señor! – vociferó el General Pershing. – Los flujos pneumáticos indican claramente que se está abriendo un portal en el espacio-tiempo en Viña del Mar. ¡O lo cerramos, o la Tierra se infectará de qwindazar! – y luego, como dándose cuenta de que se había propasado en el tono con el Presidente, añadió: – si me perdona el exceso de franqueza, señor Presidente.

– Lo que está sugiriendo, General... – dijo la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, hablando de manera golpeada y hostil – …es lanzar un ataque nuclear en toda forma contra una nación del Hemisferio Occidental que es uno de nuestros más valiosos aliados en Latinoamérica, despoblar un área de 100 kilómetros a la redonda, incluyendo su capital Santiago, evaporar a cinco o seis millones de personas, y por supuesto darle argumentos a todos los Chávez, Castro y Morales del continente para que odien aún más a América. ¡Eso es un costo inaceptable, General!

– En Shanghai tuvimos suerte: los chinos tuvieron el poder nuclear, y la voluntad de usarlo. En cambio con Chile, somos la única superpotencia nuclear que puede soltar una carga nuclear allí y ahora. Lo que estoy sugiriendo es impedir que una potencia alienígena invada... – dijo el General Pershing, pero se interrumpió cuando llegó un nuevo informe. – Señor Presidente... confirmada la repetición de Shanghai. Entidades procedentes de un universo paralelo están tratando de cruzar hacia la Tierra. Ahora en este instante mientras hablamos.

El Presidente de los Estados Unidos y la Secretaria de Estado vieron el informe en la pantalla grande. El se echó hacia atrás en su asiento, con la angustia pintada en el rostro, mientras ella se cubría la boca con las manos, con los ojos clavados de espanto. Efectivamente, todas las huellas pneumáticas revelaban que había actividad alienígena en Viña del Mar.

– Debemos lanzar, señor Presidente. Borrar el sistema de control de Corona de Amenofis del mapa – dijo el General Pershing. El Presidente vaciló por un instante, pero luego, descubriéndose al final de un callejón sin salida, asintió.

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Desde hacía más de un año atrás, en secreto para el resto del mundo, Estados Unidos mantenía permanentemente al menos un submarino nuclear clase Ohio en aguas internacionales, a la mínima distancia posible de la bahía de Valparaíso, vigilando los restos de la fortaleza espacial de Megatitlán hundidos en su bahía. Sonó el zafarrancho de combate, y estalló el caos organizado a bordo. Los códigos de activación nuclear llegaron a la nave.

– Secuencia confirmada, capitán. Listos para lanzar – dijo su primer oficial, tratando de sonar tan marcial como debe sonar un soldado, a pesar de que su ahogo revelaba claramente su tensión interna a cumplir con tan repugnante deber.

El capitán del clase Ohio dio vuelta la llave, levantó la caja que protegía el botón, y lo apretó.

Una de las compuertas superiores del submarino se abrió. Lentamente, uno de los misiles Trident II empezó a propulsarse, y salió del agua, portando una cabeza nuclear de 100 megatones para ser detonada en Viña del Mar, en cuestión de minutos.

Próximo capítulo: “Ataque nuclear”.

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