“Ajuste de cuentas”
– Y qué vamos a hacer – dijo Genaro.
– Yo voy a desaparecer un tiempo más, hasta conseguir arreglar mi situación con el Ejército – dijo Ludwica. – Ustedes tienen que encargarse de todo esto. Yasna... ¡Yasna!
– ¿Ah, sí? Qué pasa...
– Yasna. Te tienes que hacer cargo del grupo.
– Y qué quieres que haga, Ludwica – dijo Yasna con amargura. – Mi máquina está destruida... yo mismo la destruí. No fue inteligente de mi parte, pero ya está hecho. Yo... Yo sólo me mando cagada tras cagada, qué quieres que...
– No digas eso, Yasna – pidió Genaro, y en la ternura del tono de voz por parte del hombre cincuentón, por una vez en la vida, estaba ausente su paternalismo característico.
– ¡Genaro, déjame en paz! – gritó Yasna, y parándose con violencia, intentó salir al exterior.
Ludwica la atajó con rudeza por el hombro. Yasna estuvo a punto de protestar, pero sintió como una barrera invisible le impedía a su mano extenderse hasta el pomo de la puerta de entrada al departamento. Eran los poderes telekinéticos de Ludwica operando otra vez. Yasna se sometió, de mala gana.
– Yasna, eres la única que tiene la preparación, y...
– ¿Y por qué no tu pololito, ah? – hinchó Yasna.
– ¡Porque Leoncio ha estado ausente de aquí dos años! ¡Tiene que ponerse al día, y...!
– ¿Y quién te hizo jefa a ti, ah...? – protestó Yasna.
– ¡Contrólate, por la mierda! – gritó Ludwica. – ¿Quién te crees que eres? ¿Una princesita Disney? ¡Esto es guerra, Yasna! ¿No querías conocer a tu mesías, no querías vivir aventura, no querías saber cómo eran las cosas en el siglo XXI? ¡Bueno, así son! ¡Trágicas! A cada paso que damos, está cada vez más claro que el destino del mundo está en nuestras manos. Si el sistema de control de Corona de Amenofis se va al diablo, todos vamos a ir detrás. Pero claro, a tí que te importa, tú puedes escapar al siglo XXIII... De hecho, hay un duplicado tuyo en el futuro, o debería haberlo, ¿no?
Yasna, furiosa, pero concediendo dentro de su ira que Ludwica tenía razón, se sentó.
– Sólo tenemos una alternativa – dijo Ludwica. – Tenemos que reclutar dentro del grupo a Magdalena Monteverde y Aníbal Aquino. Ellos son los dueños de Corona de Amenofis. Si lo que pasó fue que explotó una bomba atómica sobre Chile, de la que nos salvamos de milagro, y eso tiene que ver con Corona de Amenofis, entonces lo primero que harán será presionarlos para que vendan el condominio, y si eso pasa, tendremos que tratar con nuevos dueños que pueden ser mucho más complicados. Tenemos que evitar a toda costa que eso suceda.
– Don Aníbal se portó muy bien conmigo cuando le pedí ayuda para sacar a Genaro bajo fianza – dijo Melinda. – Creo que yo puedo tratar de hablar con él...
Ludwica la miró llena de ternura. Con apenas doce años, Melinda estaba actuando de manera responsable y proactiva. Miró a Yasna llena de reproche. Yasna entendió, y bajó la cabeza, humillada.
– ¿Alguien tiene alguna idea de cómo una bomba nuclear destinada a volarnos del mapa no nos hizo nada? – preguntó Ludwica, pero nadie pudo contestar. – Tengo el presentimiento de que el sistema de control de Corona de Amenofis tuvo algo que ver. Yasna, ¿puedes verificar eso?
– Puedo tratar de construir una máquina que pueda leer el pneuma – dijo Yasna. – Tengo el cristal en mis manos. Pero me tomaría tiempo, y sería una versión tosca del modelo en uso en el siglo XXIII...
– Genaro... – dijo Ludwica. – ¿Hay alguna manera de que puedas contactarte con tus antiguos compañeros sacerdotes para investigar qué está pasando en torno a Corona de Amenofis? Si hay alguien que tiene conexiones en Chile, es la Iglesia.
– Creo que podría – dijo Genaro. – Pero no te garantizo nada. La información que recopilan, eso suele ser secreto de confesión, y el secreto de confesión es... secreto.
– Bien. Leoncio... ¿Crees que podrás acostumbrarte a viajar por los espejos?
– Creo que sí – dijo Leoncio. – Tengo que ensayar.
– Bien. Esa habilidad nos serviría. Klunn, Blenn, Ilinn, Goloso, Minmei... Ustedes van a ser los vigías de Corona de Amenofis. Cualquier cosa que ocurra, deben avisarle inmediatamente a Yasna. ¿De acuerdo?
Las tres cucarachas y los dos gatos se movieron frenéticamente en sus lugares, aparentemente asintiendo.
– Bien, cada uno tiene sus tareas – dijo Ludwica. – Ahora... me toca despedirme de ustedes. Por algunos días, a lo menos.
– ¿A dónde te irás? – preguntó Melinda, ansiosa.
– Es mejor que no les diga – dijo Ludwica. – Pero no será con mi familia, no los voy a exponer a ellos. No se preocupen, que estaré bien.
Un rato después, en una habitación del departamento, Ludwica y Leoncio se dieron un cálido beso frente al espejo. Después de lo cual, Ludwica se concentró en el mismo, se desmaterializó...
– ¡Ludwica! – saltó de improviso la persona que tenía frente suyo. – ¡Pero...! ¿Qué onda? ¿Mis viejos te dejaron entrar...?
– Lalo... Hola... No, yo... – dijo Ludwica, mirando a su alrededor y confirmando que era la casa de Lalo.
– ¡No me hueíh que te metiste a la casa...! Pero Ludwica, por la chucha...
– ¡Lalo, por favor, escúchame, Lalo...! Necesito tu ayuda. Es urgente. El Ejército de Chile me está persiguiendo. Así como llegué me puedo ir, sin pasar por las puertas, pero tengo que esconderme por la noche. ¿Puedes hacerlo sin que tus viejos se enteren? Y tengo hambre, si puedo pecharte un poco de comida... Un sandwich que sea... Lalo... ¿Te acuerdas de las cosas que escribíamos cuando teníamos a Soulware...? ¡Lalo, hueón...! ¡Todo es verdad! ¡¡¡TODO... ES... VERDAD!!!
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Habían dormido muy poco, debido a que se habían pasado la noche conversando y poniéndose al día. Al principio, Lalo había estado muy incrédulo sobre todo, aunque Ludwica omitió una enorme cantidad de detalles, tanto porque pensaba que Lalo no le iba a creer, como por la propia seguridad de su amigo: ésta era quizás una de esas situaciones en las cuales si lo sabes, tienes que morir. A lo menos para alguien: el SERCOEX, Templemann, las devi, el Gobierno de Estados Unidos...
En un minuto de la mañana, Lalo se había ido a dar una ducha, y Ludwica había quedado encerrada en su habitación, escondida dentro del closet por si la madre de su amigo entraba a la habitación. Tenía la confianza suficiente en Lalo para pensar que no la delataría, pero su madre... su madre era una cosa diferente.
Sin tener otra cosa que hacer por el minuto, Ludwica echó a andar la memoria. Había partido Soulware con Lalo, debido a su común interés en la música electrónica. El proyecto no había llegado más lejos que algunas tocatas, y un demo vergonzosamente mal grabado. Luego, Lalo se había venido a Viña del Mar a estudiar Ingeniería en Computación, mientras Ludwica cursaba Cuarto Medio. Al año siguiente, Ludwica había reaparecido, y juntándose ambos en la ciudad, habían retomado la actividad musical. En ese tiempo, Lalo había conseguido hacerse amigo de la gente de Imperial Sunlight Assembly, un dúo electrónico que había quedado partido por la mitad luego de que uno de los integrantes falleciera de una manera muy triste, atropellado en un carrete nocturno luego de haber tomado demasiado. Como solución provisional, Ludwica había entrado como tecladista en Imperial Sunlight Assembly. Pero luego había conocido a Leoncio, se había aclimatado en Corona de Amenofis... y el resto era historia. Y la música había PASADO a la historia.
Allí, dentro del closet, Ludwica sintió el enorme peso de los años. Tenía apenas veinte, pero sentía que hubieran pasado eras geológicas completas desde que era una joven rebelde entusiasmada con la música electrónica. Estar dentro del closet era casi como una vuelta al pasado, cuando no había emergido todavía todo su potencial. Ahora era una chica telekinética, capaz de desatar el caos y el infierno a su alrededor... quizás el siguiente paso en la evolución humana... Todo lo que de una manera u otra había tratado de integrar en Soulware. Y en menor medida, en Imperial Sunlight Assembly.
En definitiva, estaba viviendo el mundo que había construído en sus letras para Soulware. Pero ese mundo no le gustaba. Era un mundo grande, dantesco, que amenazaba a cada paso con destruirla...
Lalo entró de nuevo a la habitación. Se había llevado la ropa de recambio al baño, de manera que estaba vestido. Ludwica salió del closet, y fue como haber pasado por el umbral de una máquina del tiempo desde el pasado hasta el presente.
– Me voy, Lalo.
– Oye... Buena onda verte otra vez, Ludwica... Y saber que estás viva, después de lo de Pichileufú...
– Guiñaleufú – lo corrigió Ludwica.
– Guiñaleufú, eso – dijo Lalo. – Pero, ¿no te pueden ver cuando salgas?
– Mírame – sonrió Ludwica, desafiante.
Entonces Ludwica se paró frente al espejo, abrió los brazos no por verdadera necesidad sino por efecto dramático para impresionar a su amigo... y desapareció, desvaneciéndose en el aire.
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El almuerzo era particularmente gélido en la mansión Monteverde. La empleada se acercó, y preguntó:
– ¿Le traigo el segundo, don Aníbal?
– No tengo mucha hambre, no me lo traiga – dijo él, limpiándose la boca con una servilleta. – Café y sacarina, Adelita.
Al escuchar esto, Magdalena Monteverde echó un cubierto al plato con fastidio. Luego bajó la cabeza, apoyándola en la palma de la mano, cuyo codo respectivo a su vez se apoyaba en la mesa.
– Recibí una nueva oferta de Hispatrek – dijo Magdalena Monteverde, y había cansancio en su voz. – Diez millones de dólares por Corona de Amenofis. Debemos vender.
– Corona de Amenofis no se vende.
– ¡Mira, maldito! Corona de Amenofis estará a tu nombre, pero es MI fortuna, la fortuna de MI familia, la que está comprometida. ¿Todo el dinero que gastamos construyendo el puerto de Laguna Verde? ¡No lo podemos recuperar! ¡Nos quedamos acachados con esa inversión porque el maldito fragmento espacial ése, salió volando por el aire y ya no va a volver! Claro, podemos seguirlo usando como atraque para las naves que lleguen a Valparaíso, pero éstas no son tantas como las que llegan a San Antonio, además de que Laguna Verde no está protegido contra las marejadas como Valparaíso, porque el malecón no se ha construído, y con el dinero acabándose, no se va a construir tampoco. Son más de 750 millones de pesos por CADA DEPARTAMENTO de Corona de Amenofis, así es que... vendemos el condominio.
– Yo no voy a firmar – dijo él, con calma.
Magdalena Monteverde se paró violentamente en la mesa.
– ¡Desgraciado! – gritó ella. – ¿No querías vivir bien? ¿No querías darte la gran vida? ¡Quién eras tú antes de venir hasta mí! No eras nadie. Eras un bicho de mierda sacado de algún arrabal de mierda. ¡Estamos arruinados, así es que...!
– Si haces cualquier cosa, Magdalena, el arma con la que hiciste esos disparos va a aparecer, y entonces irás a la cárcel por intento de asesinato – dijo él con calma. – Dispararle a tu marido en la noche de bodas, ¿no te parece algo cruel?
Magdalena Monteverde se desquitó dando un manotazo que arrojó su plato al suelo.
– Ahí, en el suelo, hueón – dijo ella, bajando el volumen de voz, pero cargándolo de aún más acritud. – Ahí es donde vas a comer cuando estemos en la bancarrota. Así es que... anda ensayando, hueón. Pónete de rodillas, y cómete la comida.
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Guiada por un presentimiento, Yasna había emprendido el viaje hasta Cartagena. Una vez allí, se orientó hacia el Casa Museo Urmeneta. En realidad, Yasna nunca había estado ahí. Al descubrirla por primera vez, sintió un leve estremecimiento. La mansión daba lástima, cayéndose casi a pedazos. La reja tenía un firme candado.
– ¡Yasna! – dijo Basanio Urmeneta, desde el otro lado de la reja. – ¡Gracias al Parnaso! ¿Traes algo de comer, por...?
Por toda respuesta, Yasna le extendió a través de la reja dos panes rellenos de carne, los que Basanio Urmeneta devoró sin mayores ceremonias: habitualmente era un caballero, pero en ese minuto era un hombre con hambre.
– Yasna... ¡Han convertido mi casa en un museo! – dijo Basanio Urmeneta, con la angustia pintada en el rostro.
– Bueno, es un honor... No mucha gente en Chile tiene un museo. Artistas menos – dijo Yasna.
– ¡Pero es que... Yasna...! ¡Yo no estoy muerto! ¡Sácame de aquí, que esto es un ataúd!
– ¿No puedes saltar la reja o algún muro...?
– Creo que puedo, pero... ¿a dónde iría...?
– Te vuelves conmigo a Viña del Mar – dijo Yasna. Y ante la perspectiva, ella sonrió feliz.
Una hora después, ahora arriba del bus que los llevaba de regreso a Viña del Mar, Basanio Urmeneta seguía casi mudo. La impresión definitivamente había sido mucho para él.
– ¿Y por qué no volviste como llegaste hasta tu casa? – preguntó Yasna.
– Porque el espejo está roto. No es seguro usarlo. Ni siquiera es seguro pararse frente a él. Yasna... Te va a parecer raro lo que te diga... O a lo mejor no, a lo mejor ya lo saben en el siglo XXIII... Pero los espejos pueden servir para canalizar el pneuma. No todos los espejos sirven, pero algunos... como el que yo tengo... Muchas veces dijeron que mi poesía era futurista o algo así... Bueno, lo decían también de Marinetti. ¿Sabías que este espejo perteneció antes a Marinetti?
– No sé quién es Marinetti.
– Fue un poeta italiano de inicios del siglo XX. El dijo que un coche de carreras podía ser tan bello como la Victoria de Samotracia. ¿Sabes por qué lo dijo? ¿Sabes por qué él pudo ver esa belleza? Porque él, literalmente... VIO el futuro. En ese espejo. No sé de dónde viene, pero él LO VIO. Pero ahora el espejo está roto... Y es peligroso. Muy peligroso.
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El brigadier Ayala estaba sentado en su mesa de trabajo, sacando adelante papeleo, cuando de pronto Ludwica ingresó a su oficina como una tromba. Se oyeron voces militares afuera, que trataban de abrir la puerta, pero en vano. El brigadier trató de levantarse, mientras trataba de buscar con disimulo su pistola de servicio en el cajón. Pero no pudo abrir éste.
– Brigadier... me costó un mundo encontrarlo. Le pregunté a varias personas, saltando de espejo en espejo, con quién tenía que hablar para evitar que me siguieran persiguiendo. Me dijeron que usted era la persona. Soy Ludwica Loyola.
Al escuchar el nombre, el brigadier Ayala palideció.
– ¿Me vas a matar acaso, pendeja del carajo? ¿Ah? ¿Me vas a matar?
– No, brigadier. Le voy a proponer un trato. Usted me deja de perseguir, y yo me las arreglo para que no vuelva a pasar lo que pasó. Después de todo, usted no quiere que tiren otra bomba atómica sobre Chile, ¿no?
El brigadier Ayala ni siquiera intentó fingir que no sabía respecto de la detonación nuclear, a pesar de la campaña de desinformación allá afuera.
– Los poderes que tengo, me pueden servir para esto, brigadier. Así es que... Qué me dice. ¿Le parece bien una tregua...?
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En la lujosa mansión caribeña de Templemann, éste se había hecho tardar. Las tres personas convocadas allí se miraban con nerviosismo. Almendra Caballero no conocía a ninguna de ellas. La chica era evidentemente latina, aunque de ascendencia predominantemente blanca, mientras que el hombre era casi el póster de reclutamiento de lo que en Estados Unidos se conoce como WASP: blanco, anglosajón y protestante.
Finalmente salió Templemann, caminando de manera calmada. Pero no había afabilidad en su rostro.
– ¡Ross! – gritó Templemann, y luego, hablando en un inglés con una dicción que podría haber pasado por una versión colonial del idioma, añadió: – Trataron de arrojar una bomba nuclear sobre Viña del Mar. Por qué no me enteré.
– Yo... no sabía – dijo el WASP, pálido y tembloroso.
– ¿Y para qué mierda te tengo dentro del Gobierno de los Estados Unidos? ¿De qué me sirve un espía que no espía nada? ¿Tienes idea de lo que hubiera pasado si esa bomba llega a volar a Corona de Amenofis? ¡Me costó un huevo conseguir apoderarme del condominio y meter a Almendra Caballero ahí! ¡De haberlo sabido...!
– ¡Fue una decisión repentina! ¡No llegué a enterarme sino hasta...!
– ¡Idiota, tendrías que haberme dicho ANTES de que la bomba detonara! ¡Aunque fuera un minuto antes! ¡Siempre se puede hacer algo al respecto! ¡SIEMPRE! ¿Te das cuenta de que la clave para el desarrollo de nuestra organización es mantener bajo control a los sistemas de control que los misselianos dejaron repartidos por el mundo? ¡Ya perdimos de vista uno en Shanghai con esos malditos chinos, y tú...! Qué tienes que decir al respecto, Ross...
– Lo siento – dijo Ross, bajando la cabeza.
– Lo siento – repitió Templemann, con voz paródica, mientras su rostro se endurecía. Hizo una leve, casi imperceptible, señal con la cabeza, y dos grandes hombrones negros, probablemente haitianos, se acercaron por detrás de Ross, y agarrándolo, lo inmovilizaron, llevándolo casi en andas hasta la piscina.
Almendra Caballero miró de reojo a la chica, tratando de disimular su pavor, cuando en la piscina aparecieron algunos triángulos negros, debajo de los cuales había manchas alargadas y también negras. Uno de los hombrones sacó un cuchillo, y le hizo un tajo rápido y certero a Ross en la mejilla. Este gritó de una manera muy poco varonil, que hacía un marcado contraste con la masculinidad de su porte: hubiera sido para la risa, de no ser por lo siniestro de las circunstancias. Luego, los dos hombrones arrojaron a Ross dentro de la piscina.
El agua se volvió un enorme revoltijo de espumarajos. Los chillidos de Ross, más sus brazos tratando de salirse, lo inundaron todo. El rostro de Templemann era duro e impenetrable, observando con frialdad como aquellas manchas, que al salir brevemente a la superficie se revelaban como tiburones, iban dando cuenta certera e implacable de aquel alto funcionario del Gobierno de Estados Unidos. Luego de unos minutos, los gritos se habían aquietado, y las manchas que eran los tiburones eran casi invisibles debajo del agua roja.
– ¡Caballero! – gritó Templemann. Almendra Caballero tragó saliva. – Arrojaron la bomba nuclear porque detectaron actividad inusual en el sistema de control, y temieron una invasión extraterrestre. ¡Por qué no detuviste esa actividad en primer lugar!
Almendra Caballero tragó saliva.
– Templemann, yo...
En realidad había sopesado fríamente la situación durante todo el viaje hasta la isla caribeña de Templemann. Le parecía obvio lo que iba a suceder. Antes de trabajar para Templemann, Almendra Caballero había sido una agente misseliana entrenada, y no iba a dejarse matar de una manera tan cruel. De manera que optó por quitarse la vida.
De pronto, ella estaba casi encima de un afilado abrecartas que estaba a la mano. Le faltaron milímetros para enterrárselo, pero los dos hombrones se habían lanzado sobre ella y se lo habían impedido.
– ¡Templemann, por favor! – gritó Almendra Caballero, dejando de forcejear con sus captores. Aunque suplicando, había todavía dignidad en su voz. – Sé que te fallé. Si vas a ordenar que me maten, por lo menos deja que muera por mi propia mano. Antes que esto te he servido bien, y creo que me lo merezco.
– No voy a mandar a que te maten, Almendra – dijo Templemann, siempre diamantino. – Pero no porque no te lo merezcas por haberme fallado de una manera tan grave, sino porque tienes los contactos y conexiones dentro de Corona de Amenofis que a un nuevo agente le costaría un tiempo reconstruir. Por eso te voy a perdonar la vida. Pero... ¿ves a la chica a tu lado?
Almendra Caballero miró a la tercera chica. Por un instante la había olvidado.
– Ella se llama Lisa. Irá contigo a Chile. La introducirás en Corona de Amenofis y le enseñarás todo lo que sabes. Cuando termines, ella te reemplazará. Si te portas bien y no te mandas otra metida de pata, te transferiré hacia algún otro trabajo menos importante. En cambio, si a Lisa le pasa algo, o ella me reporta cualquier problema contigo... No vivirás lo suficiente como para que mis tiburones se indigesten devorándote. ¿ENTENDIDO...?
Próximo capítulo: “Vender Corona de Amenofis”.
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