lunes 5 de septiembre de 2011

Capítulo 5-09 - "Ataque nuclear".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: Confabulado con Orlac, Klunn ha engañado a Yasna para hacerla creer que reconstruirá su máquina del tiempo. En realidad, la máquina debe fabricar un portal dimensional hacia el Pabellón del Sur, lugar desde el cual Orlac planea desatar una invasión contra la Tierra. Un equipo conformado por Genaro, Melinda, Blenn, Ilinn, Goloso y Minmei acuden a la Parroquia de Santa Reparata para detener la amenaza, pero en el intertanto, Klunn activa la máquina aunque no haya sido terminada. En Estados Unidos, el Gobierno determina que existe una amenaza a nivel planetario, y el Presidente de los Estados Unidos ordena un ataque nuclear contra Viña del Mar. En consecuencia, un misil nuclear despega para eliminar a la ciudad del mapa, y borrar así el portal...

“Ataque nuclear”

Un intenso dolor sacudió a Ludwica, en su reducto paralelo. Leoncio acudió a ella.

– ¡Ludwica, pero... qué te pasa...!

– ¡Sigue demoliendo la pared! ¡Sigue! ¡Debemos regresar a Viña! ¡Algo pasa allá!

– ¿Qué pasa? ¿Qué es?

– ¡No lo sé!

Leoncio hizo un considerable esfuerzo mental, y una especie de imagen se formó sobre el muro que separaba su pequeño universo del Pabellón del Norte.

– Leoncio... – dijo Ludwica, sintiendo que la respiración se le cortaba. – ¿Eso es un misil nuclear?

– Es un misil nuclear – dijo Leoncio, con voz muy queda. – Ya no vale la pena seguir trabajando. Viña está condenada.

– ¡Pero yo tengo poderes telekinéticos, Leoncio! ¡Yo puedo impedir que ese misil detone! ¡Llévame allá, ahora! ¡Por tu familia, por tu hermana, por tus gatos, por...!

– Ludwica, puedes empujar a una persona a través de una ventana o puedes crear escudos de fuerza, pero... ¿Un misil nuclear de varias toneladas? ¿Puedes desviarlo? ¿Y dónde lo vas a detonar...?

Y Ludwica sintió miedo. Leoncio tenía razón. ¿Y si su poder no era suficiente?

Leoncio se volvió hacia el muro, y siguió demoliéndolo. Y Ludwica se sintió asquerosa consigo misma al descubrir que, muy secretamente, en su interior, esperaba que Leoncio no alcanzara a lograrlo antes de que el misil detonara: su gente querida estaba allá e iba a morir, pero ella estaba a salvo, segura... Por primera vez en su vida, segura...

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Ignorantes de que en unos pocos minutos, todo el mundo a su alrededor se convertiría en una enorme bola de fuego nuclear, Yasna y Genaro se sentaron uno al lado del otro, en una banqueta de la Parroquia de Santa Reparata.

– Yasna... por qué. Teníamos una vida en Quito, teníamos... teníamos algo nuestro. Por qué...

– Porque no quería hacerte daño, Genaro.

– ¿Hacerme daño...? ¡Yasna, fingiste que te habían secuestrado! ¿Eso no me iba a causar daño...? ¡Podrías haberme dejado una carta o algo! ¡O mejor, podrías no haberte ido!

– ¡Bueno! ¡No lo pensé! ¿OK? – protestó Yasna. Y luego añadió en voz baja: – Pasó demasiado rápido. Lo siento.

Genaro apretó los labios. En los meses pasados, conviviendo con Yasna en Cuzco primero y en Quito después, se había sentido extrañamente rejuvenecido, con más energías de las que nunca había tenido en la vida. Algo raro para alguien que hacía rato había pasado el medio siglo de vida. Ahora, en medio de la Parroquia de Santa Reparata vacía y de noche, en la presencia del Dios Cristiano que habrá de venir a juzgar a los vivos y a los muertos en la hora postrera, se sentía hundido e insignificante. “Puisse Dieu ne jamais m'abandonner” [“Ojalá que Dios nunca me abandone”], murmuró para sus adentros; ésas habían sido las últimas palabras de Blaise Pascal, antes de fallecer con 39 años. Luego se sonrió doloridamente ante la ironía de estar citando para sí las palabras de un hereje jansenita.

– Yasna... ¿No te puedes olvidar de todo esto? ¿No puedes simplemente dejar las cosas en el pasado? Yo dejé a la Iglesia en el pasado. Sigo siendo un católico, pero...

– ¿De verdad dejaste de ser un sacerdote, Genaro...? – preguntó Yasna, y había amargura en su voz.

– Ser sacerdote no es algo que se lleve con el alzacuellos – dijo Genaro con ofendida dignidad.

– Yo también tengo una misión. Un destino – dijo Yasna. – Y yo... Yo hice algo muy malo, Genaro. Yo traicioné a mi mesías. Traicioné mi fe, traicioné mi religión.

Genaro se sintió helado. Yasna había viajado hasta el siglo XXI en primer lugar para conocer a su mesías, a Genaro mismo, al hombre que en el siglo XXIII sería adorado como el creador del Genarismo, el Cristo de los 2000 Años.

– Debo regresar al siglo XXIII, y contar allá lo que descubrí acá. Si sólo me iba... ibas a querer retenerme aquí. Y no puedo.

– Sólo que Klunn te ha estado saboteando tu aparato, para que sea un portal dimensional, no una...

– Bueno... Podría funcionar como portal dimensional – dijo Yasna, de manera un tanto irreflexiva, antes de entender plenamente lo que Genaro quería decirle. – ¿Quieres decirme que... Klunn...?

– Klunn está trabajando para un sujeto llamado Orlac. No sé quién es, pero...

Yasna hubiera desechado tales especulaciones como estupides. ¡Ella había construido la máquina, de todas maneras! Pero era Genaro quien se lo decía. El Cristo de los 2000 Años, y más importante aún, el hombre al que había aprendido a amar. Yasna se miró por primera vez confusa desde que había abandonado a Genaro en Quito. Había pasado años tratando de que Genaro abrazara su destino, de que se transformara en el Cristo de los 2000 Años y en el fundador del Genarismo, y ahora... Ahora no sabía si tenía delante suyo al mesías encarnado, o a un hombre. Y si era un hombre, una persona de carne y hueso... ¿Era eso menos que ser el mesías, el Enviado de Dios, o era más, increíblemente mucho más? ¿Puede valer un mesías más por su intensa humanidad que por su propia divinidad? Si Dios necesita hablarnos a los hombres a través de otros hombres... ¿No es la humanidad un sello de la propia divinidad?

– ¡Don Genaro! – apareció Melinda. – ¡La puerta hacia el sótano no abre! Yasna, ¿la cerraste tú...?

– ¡La máquina! – saltó Yasna, helada ante la implicación de que la puerta estuviera trancada sin que ella lo hubiera hecho. – ¡Klunn, maldición! – Yasna, seguida de Genaro, corrió hacia la puerta, sólo para descubrirla trabada. – ¡Maldito Klunn, me dejó encerrada afuera! ¡Klunn, abre...! ¡Klunn!

Genaro y Yasna miraron al suelo. Goloso y Minmei estaban con expresión interrogante. Sobre el borde de la puerta, Blenn e Ilinn correteaban incansablemente.

De pronto, una descarga eléctrica saltó en un borde de la puerta, y una de las cucarachas saltó lejos. Salió un poco de humo de ella. Ninguno de quienes no eran cucarachas pudo determinar si era Blenn o Illinn. Pero era una de las trampas de Klunn, eso por descontado.

– ¡Blenn! – gritó Ilinn, corriendo hacia su compañero – ¡Blenn!

La cucaracha resultó más resistente de lo que parecía: aún humeaba, y presentaba intensas quemaduras, pero podía incorporarse.

– Ilinn, tienes que hacerlo tú. Ya no puedo seguir peleando.

– Pero... estás bien.

– Sí, pero los sensores biomagnéticos dentro de mi ya no responden. Se quemaron. Klunn está encerrado adentro, y nadie puede detener su máquina. En cualquier momento, el portal será lo suficientemente grande como para que comience la invasión, y entonces habremos perdido.

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Orlac miró en dirección hacia su matriz. Desde la misma, una serie de ramificaciones de pura energía emergían hasta una serie de controles que eran a su vez manejados a través de la manipulación del pneuma. Como una especie de siniestro organista del infierno, Orlac orquestaba todo ese concierto de caos y destrucción.

– El portal ya está listo. Comenzaremos la invasión – dijo, regocijándose al escucharse tales palabras triunfales.

Inmediatamente comenzó a abrir microportales entre la matriz y el gran salón pneumático antes del gran portal hacia Corona de Amenofis. Orlac sabía que con una pequeña fuerza de ataque no conseguiría nada golpeando en un solo punto, y que las fuerzas terrestres del Ejército de Chile, e incluso de Carabineros, lo superarían si es que sólo atacaba a Corona de Amenofis, de manera que había esperado a que su portal estuviera lo suficientemente abierto como para que su alcance abarcara todo Viña del Mar, Valparaíso y Quilpué. Enviando a sus soldados en batallones de veinte en veinte, a apoderarse de distintos puntos atacando por sorpresa, en cuestión de un par de horas tendría el control de toda el área. Aquello sería suficiente para construir defensas que le garantizaran un poderoso bastión, e impidieran cualquier contraataque.

Repentinamente, en la Plaza Victoria de Valparaíso, un batallón de veinte soldados aparecieron y desataron el caos con armas de destrucción masiva. Una enorme cantidad de ciudadanos cayeron víctimas de rayos de alguna clase desconocida. Un furgón blindado de Carabineros, al darse cuenta de la situación, intentó oponer resistencia disparando derechamente sus armas de fuego, pero en contestación, una descarga de energía recargó el vehículo de calor hasta el punto de fundir sus llantas de goma primero y la mitad inferior de su carrocería después sobre el pavimento. Otro soldado enemigo cogió un arma que disparaba alguna clase de rayo panorámico, y lo proyectó encima de los carabineros, los cuales al ser alcanzados fueron carbonizados sin mayor ceremonia. Otros dos invasores, por su parte, dispararon un pulso pneumático en contra de los árboles de la Plaza Victoria, los cuales de inmediato parecieron cobrar vida y dieron cuenta de todos los paseantes que trataban de esconderse en sus inmediaciones, levantándolos con sus ramas y descuartizándolos sin mayor trámite. En pocos minutos, los soldados habían conseguido el control completo de la situación.
Escenas similares se repitieron en la Plaza de Quilpué, en la Plaza Parroquia de Viña del Mar, en los árboles cercanos al Muelle Vergara, en la playa Las Torpederas, etcétera. En los puntos en que se habían hecho fuertes y habían cerros cercanos, las tropas invasoras empezaron a migrar con rumbo a los cerros para construirse posiciones de asalto desde las cuales resistir exitosamente cualquier contraataque.

De pronto, Orlac vio un dato que se le había pasado de manera casi imperceptible.

– ¡Eso es...!

Soltó un grueso juramento. ¡Todo lo que había planificado con tanto cuidado, estaba por irse al demonio! ¡Alguien había arrojado un misil nuclear sobre Viña del Mar! Por toda respuesta, pálido e impotente, Orlac se echó hacia atrás. No tenía tiempo ni siquiera para traer sus tropas de regreso con éxito. Decidió que se quedaran en el otro lado, y empezó a sellar el portal para que los efectos de la explosión nuclear no pasaran el mismo y destruyeran su preciosa matriz.

– Humanos hijos de perra – gruñó Orlac, sintiendo que las lágrimas de rabia querían arrancársele de los ojos, y luego repitió, haciendo lo imposible por mantenerse controlado: – ¡Humanos hijos de perra!

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Dentro del sótano de Santa Reparata, el Klunn del siglo XXI y el Klunn del futuro se espiaban y recelaban mutuamente. El Klunn del siglo XXI vigilaba por un lado la máquina, para que siguiera activa y el portal se mantuviera abierto, y por el otro lado, para que el otro Klunn, salido de quién sabe donde, no alcanzara la puerta y la abriera para que ingresaran Genaro y los suyos. Y todo eso, tratando a su vez de no exponerse a un tiro de su enemigo.

Pero el Klunn del futuro sólo estaba preocupado de la máquina. No entraba en sus cálculos hacer entrar a Genaro y los suyos. Su objetivo, después de todo, era apoderarse de la información que portaba Klunn consigo: los planos para construir un prototipo primitivo de vaporizador, y toda la información contenida en el blog “Luz de Sotis”, que debía llegar imperiosamente al futuro para que éste se construyera de acuerdo a la visión de Indira. Extraerle esa información al Klunn del siglo XXI parecía casi un imposible: debía reducirlo sin asesinarlo, y después tratar de infiltrarse en su sistema y adivinar las claves, basándose únicamente en que el Klunn del siglo XXI era una versión de la que él mismo, en cierto sentido, era una reencarnación futura.

El Klunn del siglo XXI se movió con desconfianza alrededor de la habitación. Había dejado algunas trampas sembradas por si acaso, pero se resistía a usarlas, salvo como última posibilidad. Después de todo, no sabía quién era el otro recién llegado. ¿Era un clon suyo? ¿Era un doble del futuro...?

– ¡No creo que hayas elegido este momento por casualidad para aparecerte! – soltó el Klunn del siglo XXI, utilizando un muy improvisado sintetizador de infrasonidos para comunicarse.

– ¡Ríndete, Klunn! Tu plan saldrá mal. ¿Crees que lo que sea que hayas conjurado para que venga hasta acá, te hará ganar? ¿O siquiera te nombrará como su Quisling?

– Está previsto – dijo el Klunn del siglo XXI. – ¿Te envió Blenn?

– Blenn. Lo recuerdo – dijo el Klunn del futuro, significativamente.

El Klunn del siglo XXI sólo quedó más confundido.

– ¡Quién eres tú y qué quieres! – gritó finalmente.

– Información – dijo el otro Klunn.

– ¡Qué información!

– Información que tú tienes, por supuesto. Y que necesito.

El Klunn del siglo XXI sonrió. El otro Klunn había tratado de ser críptico, probablemente tratando de tantearlo para ver si soltaba alguna cosa que lo hiciera cojear, pero en balde. Había una sola cosa que el otro podía querer: o los planos del vaporizador, o “Luz de Sotis”. O ambos. Pensó a velocidad frenética. La única razón por la que pudiera querer cualquiera de ambos, es que el otro Klunn fuera un duplicado del futuro que hubiera sido enviado como viajero del tiempo desde un futuro ignoto, que ya no era el futuro desde el cual el mismo Klunn del siglo XXI había partido en primer lugar. Luego, siguió reflexionando, estaban los planos del vaporizador. Sabía que los humanos habían desaparecido por haber construido un vaporizador que se había salido de control, y eso significaba que para construir el vaporizador, el otro Klunn necesitaba los planos. A su vez, para asociar todos los eventos definitorios del futuro a Corona de Amenofis en el siglo XXI, necesitaba por fuerza la información del blog “Luz de Sotis”, que Leoncio había escrito entre 2007 y 2009, y que Klunn había conservado después de echar abajo la fuente original utilizando la contraseña de Leoncio para dejar el blog como borrador. Y todo lo anterior quería decir que el otro Klunn necesitaba al Klunn del siglo XXI... vivo.

Decidió hacer una prueba. Salió al descubierto. Si el otro Klunn lo atacaba de alguna manera...

El otro Klunn no atacó. El Klunn del siglo XXI sonrió con fiereza.

– Tengo todas las cartas en la manga – dijo el Klunn del siglo XXI. – No puedes ganar.

El otro Klunn también salió desde las sombras.

– No tenemos por qué ser enemigos, Klunn. Dame lo que necesito, y todo irá mejor para ambos.

– ¡Para ambos...! ¡Klunn que no eres el VERDADERO KLUNN, cuando acabe con todo esto, no quedará Humanidad posible! ¿También eres ingenuo para querer salvar a la Humanidad, como yo mismo lo era al comienzo de mi carrera?

– ¡La información que tienes, puede ayudarnos a construir un futuro mejor! ¡Para todos, para hombres y cucarachas! Desde el futuro en que vengo, hemos conseguido construir una sociedad común para ambos. Las cucarachas inteligentes nacieron como obra final de la Humanidad agonizante... pero no tiene por qué ser así. Los conocimientos que tienes, y los que yo tengo, unidos, pueden hacer construir un nuevo mundo, un Nuevo Orden Mundial, de inmediato. ¡Aquí! ¡Ahora!

– ¿Un Nuevo Orden Mundial lleno de humanos corruptos y viles? ¡No!

– También las cucarachas pueden ser corruptas y viles, Klunn. Tú lo eres, creyéndote juez de toda la Humanidad.

– Las cucarachas podemos ser corruptas y viles, sí – dijo el Klunn del siglo XXI. – Pero es NUESTRA corrupción y vileza. Nosotros PODEMOS hacerlo mejor. Los humanos no.
El Klunn del futuro decidió que no era posible razonar con el Klunn del siglo XXI, y lanzó un pulso biomagnético en contra de su oponente. Este deflectó su propio escudo y absorbió el pulso, y envió uno de vuelta; el Klunn del futuro hizo lo propio. Todo esto, en cuestión de un par de segundos. Quedaron mirándose mutuamente con fiereza, a sabiendas de que cada uno era demasiado valioso como fuente de información para el otro, y no se iban a matar mutuamente, pero sí iban a hacer lo imposible por capturarse con vida.

De pronto, echando un vistazo a sus propios sensores internos, una versión cibernética del “mirar de reojo” de los humanos, el Klunn del futuro echó un vistazo a la pantalla.

– Se acabó, Klunn. Tenemos un misil nuclear encima nuestro. Detonará en menos de dos minutos.

El Klunn del siglo XXI miró a su enemigo.

– Sobreviviremos. Somos cucarachas. La radiación no es nada para nosotros.

– Si sobrevivimos a la explosión nuclear, Klunn, ya no te necesito con vida. El pulso electromagnético subsiguiente borrará tu información interna, y sin tu información, no eres más que otra cucaracha terrorista más. Pase lo que pase, Klunn, tu destino está sellado, y es inevitable que termines por convertirte EN MÍ.

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El sistema de control de Corona de Amenofis había contemplado toda la situación con enorme pasividad. En realidad, de manera inadvertida, la máquina de Yasna y Klunn le había estado haciendo el juego. ¿Hacer acopio de grandes cantidades de pneuma para invertirlos en el mismísimo sistema de control y usarlo como portal dimensional, y hacerlo más poderoso de paso, ignorando por completo que el sistema de control de Corona de Amenofis hacía rato que había cobrado conciencia propia? Aquello era un enorme y valiosísimo regalo, y el sistema de control no había tenido que hacer NADA para ello.

Sólo estaba el tema del misil nuclear volando por el aire. Malditos humanos. El sistema de control evaluó su juego con frialdad. Si el misil estallaba, era el adios: eso acarrearía enormes tragedias a la Humanidad, pero eso no le importaba porque estaría muerto para ese entonces. Y no había manera alguna de que sus poderes para manipular el pneuma pudieran influir en la trayectoria del misil, en el armado de la carga nuclear, o de crear alguna especie de escudo que lo defendiera.

Pero existía una última carta a jugarse. El sistema de control de Corona de Amenofis, gracias a la máquina de Yasna, ahora tenía el poder suficiente para manipular a la más grande cosechadora de pneuma sobre la superficie de la Tierra: el fragmento de Megatitlán. Aparentemente, éste se manejaba a través de nanotecnología, y esas nanomáquinas sí podían ser manejadas a través de flujos pneumáticos. El único problema es que no disponía de tiempo suficiente para obligar un cambio de trayectoria en el misil y hacerlo estallar lejos de sí mismo, pero aún así, era lo único que le quedaba por intentar...

Haciendo acopio de toda su fuerza pneumática, el sistema de control se concentró en manejar a los nanorrobots dentro del fragmento de Megatitlán. Inmediatamente, éstos se movieron como un hormiguero enloquecido dentro del fragmento, y empezaron a gestionar la maquinaria interna para despertarla por primera vez desde su hundimiento dos años atrás. Uno a uno, los sistemas fueron despertando, las máquinas fueron activándose...

De pronto, gracias a los sensores de Megatitlán, el sistema de control descubrió que el submarino nuclear clase Ohio había lanzado varios torpedos contra el fragmento. El sistema de control, desesperado porque el tiempo se le agotaba, desvió su atención hacia los torpedos. Activó unos sistemas de defensa secundarios que encontró en Megatitlán, y a la vez disparó.

El rayo de luz subsiguiente cruzó el agua, reventó los torpedos en ruta, y alcanzó de lleno el costado del submarino nuclear, creando una violenta explosión que encendió el oxígeno dentro del mismo y engendró una bola de fuego que carbonizó casi instantáneamente a más de la mitad de la tripulación. Con un enorme y ominoso crujido, el acero del submarino se rajó en dos, y ambos pedazos empezaron a caer inertes sobre el fondo marino, mientras el agua penetraba a raudales y ahogaba a todos los tripulantes que no hubieran alcanzado a ponerse a salvo detrás de alguna esclusa.

La batalla había durado segundos, pero habían sido los segundos decisivos: el misil nuclear había cruzado la línea de seguridad. Megatitlán despegaba y emergía pesadamente de la superficie marina, pero aún así no podía detonar el misil, sin que la bola de fuego o la radiación quemaran a todas las criaturas vivientes del Gran Valparaíso, incluyendo al sistema de control mismo. Y no quedaban más que segundos para la detonación, por lo que tampoco se podía desviar...

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A través de las cámaras de vigilancia de varios satélites espías, la información llegó a la Oficina Oval. En la zona central de Chile, una bola de fuego se encendió y se apagó. Era apenas una lucecita desde el espacio, pero los presentes en el búnker sabían de qué se trataba. Entre cuatro y seis millones de vidas se habían perdido, y un país entero había sido golpeado. Viña del Mar, Valparaíso, Santiago... Arrasados en un solo gran infierno nuclear. Todas las personas en el búnker guardaron silencio. Finalmente, conmovido, tembloroso, tratando de dominarse, el Presidente de los Estados Unidos dijo:

– Acabamos de cobrarnos millones de vidas inocentes para salvar al planeta. No debe volver a repetirse jamás. A partir de ahora, gracias a Corona de Amenofis... el futuro dirá que un Nuevo Orden Mundial ha comenzado.

Próximo capítulo: “Nuevo Orden Mundial”.

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