lunes 19 de septiembre de 2011

Capítulo 5-11 - "...cuando tú eres un extraño".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: Gracias a la intervención del sistema de control de Corona de Amenofis, la carga nuclear lanzada contra Viña del Mar no ocasiona daños mayores con su detonación. En paralelo, debido a la creciente desestabilización del mismo, una cantidad de personas incluyendo a Ludwica, a Leoncio y a Basanio Urmeneta, cruzan el umbral y aparecen en Corona de Amenofis...

“...cuando tú eres un extraño”

– People are strange... when you're a stranger... – canturreó Ludwica, después de reflexionar un rato, luego de haberse despertado sin que Leoncio estuviera en la cama. Cuando éste reapareció, ella le preguntó en dónde había estado. No quería ser ni parecer ansiosa, pero se traicionó en ambas cosas.

– En el baño... Fue largo – dijo Leoncio, con jovialidad.

– No necesito los detalles – dijo Ludwica, sonriendo, y luego se quedó mirándolo con seriedad.

– ¿Qué pasa, Ludwica?

– No sé, igual me da un poco de plancha... O sea, tus viejos fueron súper buena onda de que me quedara a dormir contigo, pero no sé... Ahora, bajar a desayunar... Yo soy una extraña para ellos, tú acabas de regresar, ellos te creían muerto, y...

– Todo va a estar bien – dijo Leoncio.

– ¡Pero qué se hizo el antiguo Leoncio! – dijo Ludwica, riéndose y tomándoselo a broma. – Eras tan serio, tan frío, tan distante, y ahora... No sé...

– ¿Te molesta? – preguntó Leoncio.

– No – dijo Ludwica. – Pero... Todo ha pasado demasiado rápido. Eso es todo. Tu hermana...

– Te preocupas mucho por mi hermana, Ludwica – dijo Leoncio, también en tono de broma.

– Bueno, Melinda se parece un poco a mí cuando yo tenía su edad. Claro, hace como una década atrás... Si algo me llega a pasar a mí, quizás Melinda pueda saber cómo... cómo solucionar todo este embrollo del sistema de control y todo eso.

– Te preocupas mucho por todo – dijo Leoncio. – Ven. Vístete y vamos a desayunar. Mi viejo se fue a trabajar, pero mi vieja está en la cocina. Ah, y... lo siento, pero Melinda se fue al cole ya.

– Ah – dijo Ludwica, algo decepcionada. – Bien. Vamos. Hay mucho por hacer.

– Sí... Salir, pasear, divertirnos... – dijo Leoncio.

– ¿Divertirnos?

– Divertirnos, sí, por qué no... Nos lo ganamos, ¿no? Además, es la primera vez que estamos juntos, me refiero a... ya sabes... juntos de verdad... Y paseando por Viña. ¿No deberíamos darnos un alto?

– Leoncio, el sistema de control se está desestabilizando, y no hay tiempo que perder. Habrá un día de vacaciones para todos los que estamos metidos en esto, pero voy a citar a todos los que estamos metidos en esto dentro de Corona de Amenofis para una reunión a la noche. Debemos decidir qué paso seguir a continuación... después de lo cual me iré.

– Te irás – dijo Leoncio, incrédulo.

– Más tarde o más temprano, el SERCOEX o el Ejército sabrán que estoy aquí, y vendrán a buscarme. Ese es otro asuntillo que tengo que resolver. Pero por el minuto tengo que esconderme en algún lugar que no sea contigo...

OxxxOxOOOxOxxxO

Gracias a algunas llamadas telefónicas cursadas a Magdalena Monteverde y Aníbal Aquino, éstos había autorizado a que los recién llegados ocuparan por mientras tanto el departamento 4 de Corona de Amenofis. Naturalmente que había un objetivo detrás de esto: ambos tenían interés en mantenerlos controlados para realizar análisis sobre ellos en el futuro cercano, aprovechando los laboratorios de la Universidad Neoclásica Joachim Winckelmann. Pero por el minuto, los recién llegados habían conseguido alojamiento sin tener que buscarlo, y eso ya era algo.

A la mañana siguiente, en la mesa del desayuno, Yasna y Genaro consumían el mismo en el silencio más absoluto. Hasta que Genaro se resolvió a romperlo.

– Yasna... ¿Y qué va a pasar con nosotros, al final?

– Creo que se acabó, Genaro – dijo Yasna. – Tú... tú eres el mesías, el fundador del Genarismo, el Cristo de los 2000 Años. Yo no soy más que una fiel, una seguidora... Además soy un fracaso. Me dejé manipular por Klunn, y...

– ¡Yasna, somos seres humanos! ¡Personas! ¡Nada más! Y si la Gracia de Dios significa algo...

– ¡No significa NADA para mí! – estalló Yasna, y furiosa, se levantó de la mesa. Luego, cuando estaba por llegar a la puerta, gritó: – ¡Genaro, no lo soporto! ¡No soporto estar contigo porque eres...!

Luego cambió de idea, se acercó a la mesa, y le espetó a Genaro, tratando de moderar su tono de voz, pero en vano:

– Yo no sé qué odio más de ti, Genaro, si tu destino como fundador del Genarismo, que me deja afuera porque eres demasiado para mí, o si tus eternas quejas para asumir tu destino, que también me deja afuera porque eres un cobarde. ¡No tengo cómo ganar contigo, Genaro! ¡No tengo... cómo ganar!

Dicho lo cual, se dio la media vuelta de una vez, y salió del departamento dando un portazo. Por primera vez en mucho tiempo, Genaro sintió que las lágrimas acudían hasta sus ojos, y estaban por saltar.

Pasó un buen rato. Genaro se levantó de la mesa, lavó las tazas de manera concienzuda y metódica para hacer tiempo, y abrió las ventanas. Afuera de las mismas, ahí estaba Goloso, fiel como siempre.

– ¡Hola, Goloso! – dijo Genaro. – Pasa, pasa, gatito.

Goloso saltó, y entró al departamento. Genaro sintió una punzada de dolor al recordar los felices días en que vivía con su madre, en el mismo condominio Corona de Amenofis, y tenía su biblioteca de libros de teología con los cuales recrear a Goloso, que se echaba sobre sus pantalones y ronroneaba mientras le leía. ¡Qué días, aquéllos...!

– Pero... no tengo nada para leerte, Goloso. Si me esperas un rato... Iré a comprar el diario y vuelvo, ¿qué te parece...?

Un rato después, Genaro había salido al mundo exterior. Caminó algunas cuadras hasta un kiosko, compró un ejemplar de “El Día de Viña”, y comenzó a volver hacia su departamento.

En esto se encontraba, cuando una mano femenina se le posó en el hombro.

– ¿Genaro?

Este se dio vuelta. Frente suyo tenía a una chica joven, de ojos muy redondos y abiertos, facciones algo duras, pero con algo de amable tristeza en su expresión.

– ¿Sí, usted es...?

– Me llamo Edith – dijo la chica. – Genaro, es urgente que hablemos acerca de lo que está pasando en Corona de Amenofis.

– Yo no sé de qué está usted hablando – dijo Genaro, molesto, y tratando de hacerse el desentendido.

– Genaro, si todo sale mal, entonces será el fin del mundo no sólo para usted o para mí. También para Paula.

– No sé de quién me habla – dijo Genaro, molesto, sin estar seguro de si esa Paula a la que Edith se refería era...

– ¿Paula, la chica que lo rechazó, por lo que usted ingresó al Seminario y se hizo sacerdote...?

Genaro se detuvo de manera brusca. Iba a contestarle un par de cosas a Edith, pero los sentimientos de caridad cristiana que se supone todo sacerdote debe tener, fueron más fuertes aunque ya no era un prelado, y se quedó callado, mudo, impotente, incapaz de replicar la menor de las palabras.

– ¿Podemos ir a hablar a alguna parte, Genaro...? ¿Tranquilos, los dos...?

OxxxOxOOOxOxxxO

Poco antes, Yasna había sido abordada por Basanio Urmeneta, quien al verla salir, había ido corriendo hasta ella. El poeta había dormido en el departamento número 6, facilitado por Aníbal Aquino.

– Perdóneme, señorita... ¿cuál me dijo que era su gracia...?

– ¿Mi gracia...? Bueno, tengo muchas... – replicó Yasna, nerviosa.

– Su nombre – se explicó Basanio Urmeneta.

– ¡Ah! Eh... Yasna – dijo ella.

– Yasna, escúcheme... Si es que no fuera predicamento para usted... Verá... Según me ha dicho todo el mundo, esto es... Bueno, es el año 2011 y... Mire... Resulta que yo debería estar en 1952. No ahora. Y...

– Usted viajó en el tiempo – dijo Yasna, sonriendo con tristeza. – Sé lo que es eso...

– ¿Usted también viajó en el tiempo? – preguntó Basanio Urmeneta, sorprendido.

– Desde el futuro. Desde el año 2203.

– Está usted jugándome una broma – dijo Basanio Urmeneta, desconcertado.

– Nop... 2203 – dijo Yasna, divertida. – Vamos, sé lo que le pasa. Mira y contempla todo alrededor, y no entiende ni pito. Mire, cuando yo recién llegué aquí, hace un par de años ya, me pasó lo mismo que a usted. Aunque... quizás al revés. Para usted muchas cosas son magia porque son más avanzadas que en 1952, mientras que para mí... bueno... mucho de esto era primitivo, ¿sabe? Bueno, otras cosas no tanto... tuvimos un retroceso tecnológico de por medio, y... Pero... Yo iba a bajar al mall para hacer algunas compras. Después de todo, no tengo comida y... ¿No me acompaña al supermercado?

– ¡Ah, al supermercado! Le había entendido al mol o...

– Al mall, eso dije... – dijo Yasna, y luego entendió. – En 1952 no existían los mall, o por lo menos, no acá en Chile. OK. Los malls son como grandes galerías comerciales, y... Hay uno en Viña. Con salas de cine. Seis a un lado, ocho al otro.

– ¿Catorce... salas de cine...?

– Catorce salas de cine. Pero son más chiquitas que las de antes. Bueno... me mostraron fotos alguna vez...

Un rato después, un evidentemente compungido Basanio Urmeneta estaba sentado arriba de un autobús, descendiendo por la Subida Alessandri, con Yasna flanqueándole en el asiento que daba hacia el pasillo.

– Está todo tan cambiado... Estos automóviles...

– En su época habían tranvías. No existían estas cosas – dijo Yasna.

– Así es – dijo Basanio Urmeneta. – Aún no entiendo cómo llegué hasta acá.

– Ludwica debe saberlo. Ella siempre lo sabe todo. Mi amigui es muy inteligente, ¿sabe? – replicó Yasna, feliz.

Otro rato después, estaban ya en el mall. Basanio Urmeneta se sintió entre mareado y asqueado. Todo le parecía grosero, todo le parecía vulgar. Estaba atónito ante el corte de pelo de las mujeres, la mayoría con discretas melenas, en vez del peinado largo y recogido que se estilaba en 1952. Contemplar a uno o dos varones con el cráneo rapado casi al cero fue también una experiencia chocante. Pero lo que lo tenía más aturdido, era la cantidad de luces y ruidos a su alrededor.

– ¿Cómo lo hace la gente para no perder la cabeza en medio de este caos? – preguntó Basanio Urmeneta. – ¡Se necesitaría un nuevo Hércules para cortarle las cabezas a... esta... hidra! Un Hércules armado con fuego de puntiagudos anticuerpos...

– ¡Pero si es maravilloso! – dijo Yasna. – Yo estaba súper impresionada cuando llegué... Bueno, el futuro del que vengo es mucho más tranquilo, más señorial. Por otra parte, en el futuro hay restricciones. Se gastaron tantas materias primas entre los siglos XX y XXI, que en el XXIII todo es caro y difícil, y... Ya me entiende.

– Sí, entiendo. Ustedes en el futuro son glóbulos que se hacen llamar humanos, navegando océanos de subterfugios y engranajes de chorros cósmicos de...

– ¡Guau, Ludwica tenía razón! Es usted un poeta – dijo Yasna, admirada.

– ¡Por supuesto que lo soy...! ¿Lo duda usted, acaso? – saltó Basanio Urmeneta, sorprendido.

– Bueno, se ha ganado un premio. Yo haré las compras por usted. Y las pagaré.

– ¡Oh, no, señorita, no podría permitirlo...! – dijo Basanio Urmeneta por automatismo de caballero a la antigua usanza, antes de volver a la realidad y recordar que Yasna había tenido que pagarle el pasaje en la locomoción. Después de todo, había llegado recién anoche al año 2011, y por lo tanto, carecía por completo de dinero propio del siglo XXI. En la época en que Basanio Urmeneta había muerto, la unidad monetaria chilena era el peso, pero el antiguo peso, el que había sido suprimido por el escudo en 1960, para a su vez dar paso al nuevo peso en 1975...

– Mucho me temo, Yasna, que habré de contratarla como mi cicerone.

– ¿Como su qué? – preguntó Yasna, preguntándose fugazmente si le estaba pidiendo servicio como escort o algo así.

– Como cicerone... como... guía – se explicó Basanio Urmeneta.

– Ah... Sí, claro – dijo Yasna, pero para su sorpresa, no se sintió aliviada. Y descubrió que, muy dentro suyo, hubiera preferido que la hubiera solicitado como escort. No es que se hubiera enamorado de Basanio Urmeneta a primera vista o algo así, pero... le era atractivo. O simpático. Como un hombre salido desde las sombras de otros tiempos, Basanio Urmeneta era un caballero de modales elegantes y refinados, y Yasna nunca creyó encontrarse con alguien así...

OxxxOxOOOxOxxxO

En un restaurante del centro de Viña, Edith y Genaro conversaban.

– ¿Puedo ahora saber cómo es que usted... sabe tanto de mí? – preguntó Genaro, luego de un par de cucharadas desganadas.

– El servicio de archivos de las devi.

Genaro había escuchado alguna vez a Ludwica hablar sobre las devi. Eran chicas que de alguna manera se relacionaban con el pneuma, de alguna manera eran inmortales, de alguna manera sólo tenían hijas mujeres... En realidad nunca había prestado demasiada atención al tema. Por él, ojalá toda la pesadilla terminara con un click de dedos, olvidada para siempre.

– ¿Es usted una devi?

– No – dijo Edith. – Las devi que han llegado a Corona de Amenofis, les han pasado cosas malas. Amara... murió por amor. Literalmente. En cuanto a Irina, recibió un escopetazo en la Masacre de Guiñaleufú. Las devi sospechan que de alguna manera, alguien averigua que las devi son eso, devi, y las persiguen y matan acá. Me enviaron para adivinar quién o qué. Y por si la huella pneumática es lo que permite detectar a una devi, bueno... Contrataron una chica que no fuera una devi sino una humana. A mí.

– Una chica de acción – dijo Genaro.

– Podría decirse que sí – sonrió Edith, echándose hacia atrás y esbozando una media sonrisa salvaje, la que corrigió rápido.

– Y qué tengo que ver yo en todo esto.

– Yo no quiero aparecerme por Corona de Amenofis. Yo permaneceré en las sombras. Pero necesito a alguien que espíe por mí. A cambio... A cambio puedo asegurarme de que no le pase nada a Paula.

– ¿Sabes dónde está? – preguntó Genaro, con tantas ansias, que descubrió por primera vez cuán poco la había olvidado, a pesar de que habían pasado casi cuarenta años de haberla pretendido.

– Sí, si sé... – dijo Edith. – Y... Está viuda, Genaro. ¿No te interesa eso?

– ¿Está en Chile?

– Sí, está en Chile – dijo Edith. – Está en el sur. En qué parte... Para decirte eso, necesito que me traigas información.

– ¿Qué información?

– Quién está orquestando la resistencia desde Corona de Amenofis. Este es un gran juego internacional, y ustedes están tratando de meter virutas en los engranajes. Las devi no están felices con eso. Genaro, puedo sacarte de esto y reunirte con Paula si es que conseguimos que las devi tomen el control absoluto de Corona de Amenofis, ¿entiendes...?

– ¿Y cómo sé que dices la verdad...?

Por toda respuesta, Esta sacó algunas fotografías. Era una mujer mayor, ya entrando en la tercera edad, pero aún tenía una chispa juvenil en su expresión. Y esos ojos... Genaro no tuvo dudas. ERA Paula.

– Está bien – dijo Genaro, con cierta reluctancia. – Lo haré.

Internamente, Genaro no sentía que estuviera traicionando a sus amigos. Quizás los estuviera poniendo a salvo. Porque en definitiva, Edith tenía razón: Ludwica y su banda estaban metidos en un juego demasiado grande y poderoso, y era de pura suerte que alguno de esos grandes poderes del mundo no los hubiera acabado. A lo mejor, de esta manera conseguía que Ludwica parara con sus estupideces, dejara de jugar a la superheroína, y se dedicara a estudiar, sacar una carrera, casarse, formar familia, y en definitiva en ser una mujer útil para la sociedad...

OxxxOxOOOxOxxxO

Durante la tarde, hubo reunión familiar en el departamento de Leoncio. Ludwica trató de irse, alegando que eso era cosa de familia, pero Leoncio insistió en que se quedara. Su argumento fue definitivo: Ludwica había estado desaparecida durante meses, y debía huir de la persecusión del Ejército de Chile de todas maneras, así es que... ¿por qué no esperarse un par de horitas? Además, era la polola de Leoncio en definitiva. Y así es como Leoncio quería presentarla. Ludwica se sintió interiormente conmovida.

– Y bueno, Leoncio – dijo Adalberto, tratando de disimular su satisfacción mediante una máscara fría e impersonal, que le funcionaba sólo a medias. – ¿Qué fue lo que pasó? O sea, dónde estuviste en estos dos años, cómo fue que fingiste tu muerte... No sé, qué ocurrió.

– No lo sé – dijo Leoncio, evadiendo la cuestión. – Perdí la memoria. Me dijeron que me encontraron baleado en la Parroquia de Santa Reparata o algo... Supongo que, como fue el mismo día de la invasión extraterrestre... Quizás en la morgue confundieron los reportes o los cuerpos, qué sé yo...

– Sí – dijo Adalberto, algo incrédulo, pero incapaz de dar una mejor explicación. – Eso debe haber sido.

– ¡Pero no volviste en dos años! – protestó Patricia.

– Recuperé la memoria hace poco. Fue... bueno... apareció Ludwica en las noticias, por no sé qué cosa. Y entonces recordé.

– Estabas pololeando y no nos habías dicho nada, pillín – sonrió Adalberto, con afabilidad que con su falta de tacto emocional, resultó algo pesada.

– En realidad fue algo corto. Antes de que pasara lo del tiroteo – dijo Ludwica. – Me extrañó que Leoncio se acordara, pero... Bueno, seguro que me quiere mucho, ¿no?

Por toda respuesta, Leoncio abrazó a Ludwica con ternura.

Ludwica no dejó de mirar a Adalberto y Patricia. Los padres de Leoncio parecían desconectados. Ni siquiera podía determinar si Adalberto estaba orgulloso de que hubiera regresado su hijo, o algo fastidiado. Después de todo, su hijo había sido un fracaso que había estudiado dos carreras y no había terminado ninguna. Patricia, por su parte, sólo hablaba de lo mucho que había extrañado a Leoncio, de lo mal que estaba sin él... pero no le hacía a su hijo preguntas de ningún tipo. De pronto, Ludwica sintió el dolor de saber que en realidad ninguno de los dos padres de Leoncio estaban preocupados realmente por él: se trataba sólo de lo felices que estaban ELLOS de tener a Leoncio de vuelta, no de que Leoncio estuviera verdaderamente vivo. Tanto más hubiera sido montar una escultura en homenaje a Leoncio en el centro de Corona de Amenofis, para que todos vieran el dolor de sus padres, y éstos se hubieran sentido satisfechos. Sólo Melinda, la hermana de Leoncio, parecía satisfecha por el regreso de éste.

– Leoncio, ¿vamos a la reunión? – preguntó Ludwica.

– ¿Reunión? – preguntó Adalberto.

– Unos amigos – dijo Leoncio. – Quedé de encontrarme con unos amigos. Con Claudio, ¿te acuerdas de él?

– Sí, sí... – dijo Adalberto. – Pero, Leoncio... ¡Descansa, hombre! Has tenido un largo viaje, has estado lejos, sin tu familia... Descansa y mañana...

– Mañana – dijo Leoncio, con suavidad pero firmeza. – Mañana voy a descansar. Por ahora...

OxxxOxOOOxOxxxO

En el departamento 4 de Corona de Amenofis, la banda se había reunido otra vez. Había caído la noche, y por lo tanto, transcurrido cerca de 24 horas desde la batalla que había desembocado en una explosión nuclear. Como invitado de honor, estaba ahora Basanio Urmeneta, presentado por primera vez al grupo.

– Bien – dijo Ludwica, oficiando como maestra de ceremonias. – Como todos sabemos, el sistema de control de Corona de Amenofis está cada vez más descontrolado. Pensábamos que sólo era posible viajar a través de los espejos, como lo hacía el Alquimista Loco, pero ahora...

– ¿Viajar a través de los espejos? – preguntó Basanio Urmeneta, como presa de una súbita iluminación. – ¡Por supuesto, eso es! ¡Cuando yo estaba en mi lecho de muerte, estaba mirando mi espejo en Cartagena! ¡Y entonces desemboqué acá!

Y actuando por impulso, antes de que nadie pudiera detenerle, Basanio Urmeneta se precipitó hacia la palmera en el centro de Corona de Amenofis, corriendo mientras Ludwica y Yasna le gritaban que se detuviera:

– ¡Ya sé cómo volver a 1952! – gritó Basanio Urmeneta. – ¡Ya sé cómo volver a 1952...!

Y una vez frente a la pequeña palmera, Basanio Urmeneta literalmente se desvaneció en el aire.

Próximo capítulo: “Ajuste de cuentas”.

EN MEMORIA DEL MAESTRO BASÁEZ (1975-2001), A DIEZ AÑOS DE SU FALLECIMIENTO.

0 comentarios: