“Vender Corona de Amenofis”
– Resulta que ahora no tenemos nada entre las manos – dijo Anastasio Montes. – Tener a Ludwica perseguida estaba perfecto para quebrarla y entrar a saco en Corona de Amenofis... ¡Y a tí, milico estúpido, se te ocurre hacer un trato...!
– ¡Soy un brigadier del Ejército de Chile! – vociferó el Brigadier Ayala. – ¡Usted no me va a trapear así, politicastro!
– Por supuesto, por supuesto – dijo Anastasio Montes, sonriendo con ferocidad, acostumbrado como político a guardarse los sentimientos y disfrutar las venganzas personales con posterioridad. – Eugenio, dime que el SERCOEX tiene algo...
– Nada – dijo Eugenio. – No tenemos pretexto legal para intervenir en Corona de Amenofis. Aunque confirmáramos la actividad pneumática, en lo que tardaremos todavía un poco más, sólo podemos mantenernos monitoreando. Si hay actividad anómala con extraterrestres misselianos o lo que sea... y no hay compromiso de vidas humanas... sólo podemos mandar a nuestros inspectores a imponerles una multa.
– Y el SERCOEX es el sucesor de la ARCECh – soltó Anastasio Montes, desesperanzado, recordando los días felices en que los agentes de la ARCECh hacían operaciones ilegales y mataban con impunidad, todo ello financiado por partidas reservadas del presupuesto del Gobierno de Chile. Maldita Presidenta Bachelet, haber alegado por los derechos humanos... ¡Los misselianos ni siquiera son seres humanos, ni siquiera tienen 46 cromosomas en cada célula como un ser humano!
– Pero díganme una cosa... – preguntó el brigadier Ayala. – Si Corona de Amenofis es tan importante, ¿por qué no lo han expropiado todavía? No me van a decir que no tienen una ley, en Chile los señores políticos tienen leyes para todo.
– Porque el dueño legal de Corona de Amenofis es Aníbal Aquino, un antiguo agente traidor de la ARCECh que se alió con una misseliana llamada Almendra Caballero – dijo Anastasio Montes. – Esa señora tiene toneladas de videos con gente importante que fueron clientes de una agencia de prostitución llamada Chilean Sexy Dreams. Tiene empresarios, jueces, senadores en el bolsillo. Todo financiado por esos malditos misselianos. Si alguien toca a Corona de Amenofis...
– Pero hay algo que podemos hacer – dijo Eugenio. – En esos videos hay gente poderosa. Muy poderosa. Gente que si llega a pasarles algo, podrían vengarse...
– ¿Qué propones? – dijo Anastasio Montes.
– Supongamos que algunos de esos videos salieran a la luz de una manera o de otra – dijo Eugenio. – Y aprovechamos de deshacernos de algunos que nos estorban, de paso. No tienen por qué salir todos, sólo algunos. El resto de los que pasaron por Chilean Sexy Dreams podrían considerar que es buena idea deshacerse de Aníbal Aquino y Almendra Caballero, antes de que les toque salir a ellos... ¿No puede el Ejército preparar una operación de inteligencia al respecto?
– No oficialmente – dijo el brigadier Ayala.
– Pero si sucediera de todas maneras... sería algo muy malo, ¿verdad? – preguntó Eugenio.
– Sería algo muy malo – confirmó el brigadier Ayala.
– Una vez fuera del camino esos dos, quedaría Magdalena Monteverde. La que debe estar en la bancarrota porque me pregunto cómo va a amortizar la inversión de Laguna Verde, ahora que el fragmento de plataforma espacial salió volando.
Anastasio Montes miró al brigadier Ayala.
– No comprometeremos al Ejército en esto – dijo el político finalmente. – Podríamos espantar a Ludwica, y nos conviene tenerla tranquila. Conozco a la gente idónea para el trabajo. Hace treinta años atrás eran felices apaleando marxistas-leninistas, y ahora están metidos a narcos para subsistir. Esa no es vida para un patriota que le ha dado tanto a la Patria.
– Bien – dijo Eugenio. – Apenas me avisen de que está todo despejado, nos iremos por el 58 y...
– ¿El 58? – preguntó el brigadier Ayala.
– El artículo 58 de la Ley Orgánica del Servicio de Control de Extraterrestres – explicó Anastasio Montes. – Autoriza a expropiar bienes raíces o muebles en caso de que tengan vinculación con actividad extraterrestre. Apenas Almendra Caballero y Aníbal Aquino estén destruidos, expropiaremos Corona de Amenofis.
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Almendra Caballero desempacó con desgana en su departamento. Se sentía mortalmente cansada. Estaba en un juego que no tenía cómo ganar. Debía entrenar a Lisa como su reemplazo, y después hacerse a un lado por órdenes de Templemann. La tentación de tenderle una trampa a Lisa era grande, pero no podía hacerlo porque Templemann la haría responsable a ella. Y estaba absolutamente segura de que Lisa terminaría por quitarle la alfombra bajo los pies. Además, Almendra Caballero no podría negarle acceso a ninguna información relacionada con Corona de Amenofis y el sistema de control. Más tarde o más temprano, Lisa descubriría sus experimentos con el oorvano y con la sangre de Olegario Ferrer, y entonces la carta que se reservaba bajo la manga se le acabaría. Hacia donde mirara, estaba liquidada.
Almendra Caballero se quedó pensativa un instante, mirando dentro de su closet un viejo camisón de seda para dormir. Por alguna razón nunca lo había botado o regalado, pero tampoco nunca lo utilizaba. Nunca desde que se había roto el triángulo entre Vania, Aníbal Aquino y ella. Por primera vez entendió por qué odiaba ese camisón, pero tampoco podía deshacerse de él: lo había utilizado en alguna ocasión especial en que habían hecho un trío en el departamento de Aníbal Aquino. Habían pasado tres años desde aquéllo, y todavía le escocía aquéllo. ¡Cuán perfecta había sido esa trampa que le habían tendido...!
Almendra Caballero descubrió la ironía en todo aquello. Había pedido a Olegario Ferrer que librara a Vania del manicomio en Suiza en donde la había encerrado Aníbal Aquino, con la esperanza de que Vania se vengara de él. Pero ahora...
...ahora resultaba que Aníbal Aquino era la única carta que tenía para librarse de Lisa. Aníbal Aquino era un maestro de la manipulación y un maniático del control. No le gustaría tener que lidiar con Lisa porque no la conocía. Una alianza con él era su única salvación.
Por suerte, Vania aún no se había movido...
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En el estacionamiento subterráneo del supermercado, el pobre hombre miró las ruedas de su automóvil. Reventadas, rasgadas con un cuchillo. ¿Cómo era eso posible...? ¿Quién podría haberlo hecho...? En su corazón sintió miedo.
A lo lejos, escondida entre unos automóviles, acariciando con lascivia el filo de su cuchillo, Vania sonrió. No tendría gracia matar a Aníbal Aquino y pasar a otra cosa. No. Primero lo haría sufrir por todo lo que le había hecho, por haberla manipulado, por haberla enviado a ese maldito manicomio en Suiza... Sí. Vania lo haría pagar de una manera u otra. Rasgar las ruedas del automóvil de Aníbal Aquino era sólo el comienzo...
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En Corona de Amenofis, el grupo se reunió nuevamente en el departamento 4.
– Les tengo malas noticias – dijo Melinda. – Hablé con don Aníbal y doña Magda. Y... No están de acuerdo.
– ¿Cómo? – preguntó Ludwica.
– Don Aníbal dice que no quiere vender Corona de Amenofis, pero doña Magda dice que están quebrados, y que necesitan sacar dinero de cualquier parte – explicó Melinda. – No se ponen de acuerdo.
– En ese caso podemos perder Corona de Amenofis para siempre – dijo Basanio Urmeneta. – Si no quieren vender... Pueden embargar el condominio y sacarlo a remate.
– ¿Pueden hacer eso? – preguntó Ludwica, no habiendo examinado la posibilidad, y mirando a Leoncio. – ¿Leoncio?
– ¿Qué...?
– ¿Pueden...?
– No... lo sé – dijo Leoncio.
– Pero tú estudiaste Derecho, ¿no? – preguntó Ludwica. – Algunos años al menos... Además tu viejo es abogado... ¡Incluso tu viejo trabaja en el consultorio jurídico de la Joachim Winckelmann! Algo puede que sepa...
– Yo... no sé – dijo Leoncio, confundido.
Al escuchar esto, Goloso y Minmei se miraron mutuamente. Hacía rato que sospechaban que algo andaba mal con Leoncio, pero por otra parte, había estado desaparecido y amnésico dos años. Pero tanta confusión en Leoncio... Los dos gatos empezaron a recelar.
– De todas maneras – dijo Genaro de manera doctoral, – deberías preguntarle a tu padre, Leoncio. A nosotros no nos van a desalojar de Corona de Amenofis porque somos arrendatarios con opción de compra, pero de todas maneras deberíamos saber, para ver con quién tratamos. Después de todo, a quién le vamos a pagar el arriendo...
– Sí... le preguntaré – dijo Leoncio en voz baja y quizás demasiado amoscado. Ahora fue Ludwica quien lo miró, extrañada. ¿Qué ocurría con Leoncio? A ratos parecía seguro y confiado en sí mismo, y a ratos era tan solo una sombra de lo que había sido... El Leoncio antiguo hubiera sido proactivo: si no hubiera sabido algo de las leyes, le hubiera preguntado a su padre o le hubiera sacado un código de la biblioteca para consultarlo...
– Pero bueno, qué vamos a hacer – dijo Yasna. – ¿Vamos a dejar que rematen Corona de Amenofis...?
– Si lo hicieran... ¿tenemos dinero para pagar las deudas de los Monteverde? – preguntó Basanio Urmeneta, quien aparentemente sabía un buen poco de la materia.
– ¿Cómo? – preguntó Yasna, ahora francamente arrobada con Basanio Urmeneta.
– Si las leyes no han cambiado desde 1952... Podría ser que alguien comprara parte de las deudas y renegociara el resto. Quién sabe, incluso podríamos comprar Corona de Amenofis... Pero no tenemos el dinero para eso, ¿verdad...?
– De todas maneras, allá afuera no mucha gente sabe que Corona de Amenofis mantiene un sistema de control, y lo que eso vale en términos de dinero... – dijo Ludwica. – Eso va a facilitar las cosas.
Por supuesto, Ludwica no sabía nada acerca de Hispatrek...
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En la mansión Monteverde, Magdalena Monteverde se acercó al hombre tendido en el sofá, quien estaba notoriamente deprimido y echado en su sillón forrado en cuero, sin querer moverse, con una compresa en la cabeza. Estaba así desde el incidente del neumático rasgado en el subterráneo, sobre el cual Carabineros de Chile nada había podido decirle.
– Aníbal Aquino – dijo Magdalena Monteverde, diciendo el nombre de la manera burlesca en que se había acostumbrado a hacerlo en el último tiempo. – Tenemos que vender sí o sí. De lo contrario será peor.
– No voy a vender – dijo él.
– Mira – dijo Magdalena Monteverde. – Algunos amigos de mi padre que descanse en la santa gloria, me dijeron que hay gente comprando las deudas de Inversiones Monteverde. ¿Sabes quiénes...? Adivina.
– ¿Hispatrek? – preguntó Aníbal Aquino, apenas en un murmullo, esforzándose por mirar a Magdalena Monteverde.
– Hispatrek. ¿Sabes qué va a pasar? Cuando tengan un buen puñado de deudas, pueden ejecutarnos por ellas.
– Inversiones Monteverde están separadas de Segunda Raíz – dijo Aníbal Aquino. – No pueden tocarme.
– Mis abogados me dicen que cuando vayan a por Inversiones Monteverde, pueden también cobrar todo lo que le deban. Si lo hacen, TAMBIÉN van a demandar y embargar y rematar a Segunda Raíz – dijo Magdalena Monteverde.
El hombre en el sofá levantó la cabeza haciendo un enorme esfuerzo con el cuello, mientras con una mano se sostenía la compresa fría en la cabeza para que no resbalara.
– Magdalena... Esto es... ¿Por qué no vendes? Vende todo lo que tenga Inversiones Monteverde y...
– Mis abogados me dijeron que si hago eso, acabaré en la cárcel por quiebra fraudulenta – dijo ella. – Hispatrek nos ofrece más de 750 millones de pesos por cada departamento. Ninguno de ellos vale más de 100 millones, y si sale a remate, el precio inicial va a ser el avalúo fiscal, que es una mierda. Después de la puja se lo van a llevar por... ¿cuánto? ¿70, 80, cada uno...? Podemos ganar más de 700 millones de pesos por cada departamento. Puede solucionar todos nuestros problemas económicos. Por una vez, haz algo inteligente en la vida y vende.
– ¿Y con qué me quedo yo?
– Tú te metiste en este juego en primer lugar, ¿no? – restelló Magdalena Monteverde con ira contenida. – Así es como se juega el juego aquí.
– Te mandaré a la cárcel, Magdalena. Me quedaré con tu dinero.
– No quedará nada de dinero después de que Hispatrek compre las suficientes deudas nuestras para embargarnos y sacarnos a remate – dijo Magdalena Monteverde. – Además, tú no sabes manejar el dinero. Mándame a la cárcel, y regresarás al agujero desde el cual te sacaron.
En ese minuto, apareció Adela.
– Teléfono, señor...
– Gracias, Adela – dijo él, levantándose de su asiento.
Magdalena Monteverde se quedó en el living, suspirando, mientras el hombre se marchaba en otra dirección. ¿En qué minuto se había ido todo al demonio?
“Déjame enseñarle yo”, sintió una voz en su interior. “Déjame que yo le de una lección”...
– Ahora no, María Ignacia – dijo Magdalena Monteverde.
“Hay que hacer lo que hay que hacer”, dijo esa voz que era María Ignacia Monteverde. “Ese hombre nos estorba. Vamos, hagámoslo desaparecer... Déjame a mí en control...”.
– ¡No! – gritó Magdalena Monteverde.
En ese minuto miró hacia adelante.
– ¿Aníbal? – preguntó Magdalena Monteverde, con la angustia pintada en su rostro. El hombre estaba listo para salir, con la chaqueta en la mano.
– Me voy. Tengo un compromiso que atender.
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En el restaurante, Almendra Caballero vio llegar a la persona con la que se había citado. Al verlo caminar notó algo raro: los pasos no eran seguros ni aplomados, sino apurados, tímidos, escurridizos. Era algo que había notado antes, pero siempre de manera subliminal, dentro de algún otro contexto. Ahora lo podía observar y tomar nota con más calma.
– Vaya – dijo Almendra Caballero para sí. – De verdad que los disparos no lo dejaron nada bien.
Y una punzada de angustia la invadió, porque si Aníbal Aquino era su última esperanza...
El recién llegado miró en todas direcciones, hasta dar con Almendra Caballero. Ella lo llamó a la mesa respectiva, y él se acercó rápidamente.
– Ha pasado el tiempo, ¿no? – preguntó Almendra Caballero, con cierta melancolía. Por alguna razón, a pesar de que ella y Aníbal Aquino habían sido amantes y enemigos, no podía dejar de pensar en aquello como una especie de gran juego. ¿Tanto la había cambiado convivir con los seres humanos? Cuando era una misseliana, todo era trabajo, responsabilidad, apego a las normas...
La Rebelión... El Dominio... Nombres idos hacía tanto tiempo atrás...
– Espero que sea algo bueno, Almendra. Tengo muchos problemas.
– Estás casi en la bancarrota.
– ¿Cómo lo sabes?
– Es el comentario del día en los pasillos de la Joachim Winckelmann. Ahora que el fragmento de Megatitlán salió del océano y desapareció, en los laboratorios hay bastante menos actividad...
El hombre hizo un gesto de fastidio.
– No te preocupes, Aníbal, te puedo sacar de tu predicamento a cambio de un favor.
– ¿A cambio de un favor? ¿Y de qué hablas con...?
– Mi organización está interesada en comprar. Cualquier precio que te ofrezcan, lo pagamos y con un extra del cincuenta por ciento.
– ¿Qué...?
– Sabemos que Hispatrek anda tras Corona de Amenofis, y que Hispatrek es una tapadera para el Gobierno de los Estados Unidos. Por supuesto que mi gente no quiere tener a los yankis en Corona de Amenofis, así es que...
La mirada de Aníbal Aquino se perdió por un instante, de una manera incluso soñadora. Almendra Caballero lo escrutó con detalle. El Aníbal Aquino antiguo habría reaccionado de otro modo, fijando su mirada, analizando a toda velocidad...
– Disculpe, ¿les traigo la carta? – preguntó el mozo.
– Eh... Sí, tráigala – dijo el hombre. – Y... Y... Traiga un 120 por favor.
Almendra Caballero se quedó dudosa. ¿Desde cuánto Aníbal Aquino tomaba 120 de Santa Rita como vino...? A ella no le desagradaba ese vino, pero él prefería otras marcas, usualmente más caras. Además, no solía pedir el vino antes que el resto del menú, porque opinaba que era invitar a la borrachera, y... En fin.
– ¿Vamos a brindar por los viejos tiempos? – preguntó Almendra Caballero, y luego, inquieta por si Vania hubiera iniciado su venganza, decidió soltar un cabo por si acaso, con cierta coquetería: – ¿Por cuando estábamos juntos con Vania...?
– ¿Con Vania...? – preguntó él, interrogante.
La expresión de desconcierto del hombre fue tan profunda, que Almendra Caballero, al mirarlo a los ojos, consideró desconcertada una nueva posibilidad. Aquel hombre pequeño, siempre asombrado, que caminaba de manera tímida e insegura, con costumbres cambiadas, recluso, que no parecía estar maquinando nada... No es que hubiera quedado traumatizado después de que su esposa le hubiera disparado por la espalda en la noche de bodas. No. Había una explicación más sencilla, tan obvia, tan redonda... Ella no pudo evitar echarse hacia atrás, apoyando con fuerza las manos en la mesa.
– ¡Caray, tú...! ¡Tú no eres Aníbal Aquino! – soltó, y jadeó ante la revelación. – ¡Eso era, eso era todo!
– ¿Qué? – estalló el hombre, y de manera completamente impulsiva, se levantó de la mesa. – ¡Estás loca! ¡Pensé que tenías una solución para mis problemas, pero esto...! ¡Es indignante! – gritó.
Y mientras el hombre salía del restaurante arrollando a su paso al mozo que venía con la bandeja y arrojando así la botella de 120 al suelo, Almendra Caballero trató de serenarse. ¡De manera que...! Claro que él no lo había confirmado, pero el instinto le decía que no tuviera ninguna duda al respecto.
Y entonces vino la siguiente pregunta. Si ese hombre no era Aníbal Aquino, entonces... ¿dónde estaba el verdadero Aníbal Aquino...? ¿Vivo en alguna parte...? ¿O enterrado en alguna parte...?
Mientras tanto, afuera, el hombre que quizás fuera o quizás no fuera Aníbal Aquino, intentó subirse arriba de su vehículo. Pero un gigantesco hombrón lo agarró por las solapas, le soltó un recio puñetazo en la mandíbula, y lo noqueó. Luego de lo cual, lo tomó como si fuera una pluma, y se lo llevó a la cajuela de otro automóvil distinto. En un tercer automóvil, con lentes oscuros para disimular su identidad, Vania sonreía siniestramente...
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Mientras los rayos del sol matinal se filtraban por el vidrio empañado del baño, Ludwica levantó la cabeza de la taza del baño. Mirando el vómito en el fondo, tiró de la cadena. Después de semejantes convulsiones, había decidido no postergar más la prueba, de manera que levantó la caja del test de embarazo, y la abrió.
Después de la prueba, y mientras esperaba los resultados, pensó en Leoncio. ¿Qué rayos pasaba con él? Había cambiado, estaba mucho más cálido, más amable... pero también más aletargado, más indeciso, más temeroso... Era el hombre al que siempre había querido amar... Pero al mismo tiempo era tan frágil que amarlo se le hacía cuesta arriba.
Unos minutos después, un enorme signo de suma había aparecido en la pequeña ventana del adminículo.
Ludwica, aún medio atontada por las náuseas, se llevó la cabeza a las manos. Era oficial. Iría a un ginecólogo para confirmar la nueva, pero sería un trámite de rutina. Ya no le cabía ninguna duda de que estaba embarazada de Leoncio.
Próximo capítulo: “Juego de vidas”.
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