lunes 10 de octubre de 2011

Capítulo 5-14 - "Juego de vidas".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: Presionada por Templemann, Almendra Caballero decide trabar una alianza con Aníbal Aquino, pero al entrevistarse con él, entra en sospechas de que podría estar frente a un impostor, el cual a su vez es secuestrado por Vania... Genaro por su parte es abordado por Edith, una mujer que se presenta como agente de las devi, y se compromete a espiar a Ludwica a cambio de información sobre el antiguo amor de éste. Y Ludwica misma descubre estar embarazada de Leoncio...

“Juego de vidas”

– ¡Un vaso de agua, por favor! ¡Tengan piedad, un vaso de agua por lo menos, por favor...! – trató de gritar el prisionero, pero su voz salía ronca, casi afónica, debido a haber pasado casi veinticuatro horas de debilidad y de gritos, sin comida ni bebida, amarrado con sucias cuerdas en una silla roída por el paso del tiempo, y con la cabeza cubierta con una capucha negra bajo la cual respiraba trabajosamente.

Fuera de la pequeña habitación en el galpón, el hombrón miró a la chica a su lado.

– Oiga, pero mírelo, por qué no le damoh un vasitoh de aguah que sea, pueh...

– Está bien, un vaso de agua. Pero nada de comida. Después se va a cagar en su asiento.

– ¡Pero y qué pah...! Lo dejamoh sueltecitoh y amarraoh 'e las manos, y en pelotah... ¡Santo remedio! Caga en un rincón...

– Quiero que ese maricón de mierda sufra – dijo la chica, con un destello de odio.

El hombre se quedó perplejo por un instante. Se dio la media vuelta para ir a buscar el vaso de agua, pero luego, a los pocos segundos, se detuvo, con una segunda y maligna inspiración en sus ojos.

– Señorita Vania...

– ¡Cómo sabes mi nombre! ¡Nunca te dije mi verdadero nombre!

– Yo me averiguo cosas, pueh... Yo soy muy bakán... ¿Sabe que estaba pensando...? Creo que cien mil por este secuestro es muy poco... O sea... Está bien que uno sea 'el pueblo y too y ande metíoh en sucuchos de mierda, pero uno igual le pone güendi a la cuhtión... Esto va pa' largo, ¿no? Digamos... Quinientos supongo que estarían bien...

Vania miró al hombrón con ira.

– Está bien – dijo, con una voz casi inaudible por la ira. – Quinientos mil para ti si sigues adelante con esto.

– Gracias – dijo el hombrón, y se dio la media vuelta para ir a buscar el vaso de agua.

Sonó un disparo, un solo y seco disparo. El hombrón cayó en el suelo, con los brazos abiertos, los ojos bien redondos, la boca con un hilillo de sangre.

– Chantajearme a mí, el maricón – dijo Vania con voz tranquila, y soltó una risilla siniestra, al tiempo que guardaba el arma.

El prisionero, al escuchar el disparo, se quedó callado de súbito. Sólo su respiración temblorosa se oía bajo la capucha. Por supuesto que ya no había peticiones, ni de un vaso de agua ni de ninguna otra cosa.

Vania empezó a deliberar consigo misma, hablando en voz alta pero queda, sobre si movería o no el cuerpo del matón todavía. Más tarde se quedaría rígido y sería más difícil enterrarlo. Por otra parte, cuando todo terminara, el galpón abandonado ardería en llamas y por lo tanto...

Su celular sonó.

– ¿Aló? ¡Mi amor! – dijo Vania, fingiendo su mejor voz de gatita enamorada. – Andrò presto a casa... Sì, molto presto. Addio, amore mio... Addio...

Eso lo decidía todo. No movería el cuerpo aún. No quería llegar manchada de sangre a la casa. Vania hizo un mohín de disgusto: quería divertirse con su prisionero, hacer sufrir y torturar a Aníbal Aquino. Ahora, su venganza tendría que esperar. Quizás fuera una buena idea ir a buscarle un vaso de agua al pobre desgraciado, para que tuviera algo de beber en la noche... O quizás mejor se apurara para que su marido no sospechara nada. Sí, la segunda opción era mejor. Ya humectaría de alguna manera al infeliz al día siguiente... Después de todo era Aníbal Aquino, antiguo agente de la ARCECh, hombre de resistencia física e incluso entrenado quizás para resistir la tortura... El resistiría una noche sin un vaso de agua...

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Una vez en la casa que arrendaban, Filippo recibió a Vania con un gran y cálido abrazo. Intercambiaron algunos besos, después de lo cual, antes de que él sospechara nada por algún olor corporal, ella se escurrió para darse una ducha rápida. A la salida, con la bata puesta, encontró a Filippo desnudo sobre la cama. Y delante de Filippo, siempre sobre la colcha, habían algunos folletos. Vania los miró con sorpresa.

– ¿Y esto? – preguntó Vania, extrañada.

– Siamo in Cile, giusto? Stiamo andando verso sud!

Vania se quedó mirando los folletos con estupor.

– Che cosa ci aspettiamo? Non conosco il vostro paese! – sonrió Filippo. – Vieni, vieni!

Vania se quedó helada en su sitio. ¡Vaya momento inoportuno que se le ocurría a su marido para ir a hacer turismo al sur! ¡Ahora que tenía a Aníbal Aquino secuestrado en un galpón y ABSOLUTAMENTE NADIE sabía dónde estaba él!

– Ma ... Che cosa c'è, Vania...?

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Almendra Caballero se la había pasado todo el día anterior arreglando la cita con el director de la Clínica Cachapoal, en Rancagua. Finalmente, en la mañana, había podido sentarse frente al mismo.

– Lo siento – dijo el director, con una sonrisa amable y algo condescendiente. – Lo que usted me pide, señora Caballero...

– Señorita.

– Señorita Caballero, perdón... Eso es imposible. Secreto profesional, ¿me entiende usted?

Almendra Caballero frunció levemente los labios, y asintió. Luego, sin moverse de su asiento, tomó su teléfono celular y empezó a llamar por el mismo.

– Señorita, mire... Tengo un montón de trabajo que hacer, y si usted tiene que hablar... – dijo el director, empezando a ponerse nervioso, y tratando de que Almendra Caballero saliera de su oficina.

– ¿Aló? Sí, señor Heredia. Lo paso de inmediato.

Almendra Caballero extendió el teléfono celular al director de la Clínica Cachapoal con un gesto casi robótico, terminando con el brazo completamente rígido y extendido. Este, sacado de sus esquemas corrientes, sólo atinó a tomarlo.

– Sí... Sí... Pero señor, lo que me pide es... Señor, eso es ilegal. No puedo exponerle las fichas de los pacientes a... Señor... Sí... Yo... Bueno... Si es tan importante...

Cuando la comunicación terminó, el director miró a Almendra Caballero con expresión de furia.

– No tenía idea de que usted tenía contactos en el Ministerio de Salud, señorita Caballero. Haré lo que usted me pide, pero le diré... No sé cómo arregló para echarse al señor Heredia en su bolsillo, pero usted y la gente como usted me dan asco. Esta es una clínica decente, y espero que nunca vuelva a aparecerse usted por aquí.

– Si trabaja usted bien, no lo necesitaré.

Un par de horas después, después de haber estudiado la ficha con detalle, hasta donde se lo permitían sus más bien escasos conocimientos médicos, Almendra Caballero se estaba entrevistando de nuevo con el director de la Clínica Cachapoal.

– Mire, no termino de entender esto. A Aníbal Aquino lo balearon por la espalda. Las heridas no parecen haber afectado a ningún órgano vital, pero hay abundante pérdida de sangre, por lo que puedo ver aquí... No puede haber salido tranquilamente por la puerta del hospital con un... cuadro de anemia aguda, ¿no? No al día siguiente por lo menos... Y tampoco lo transfirieron a otra clínica u hospital. Simplemente lo dieron de alta.

– Así es como aparece en la ficha – dijo el director de la clínica, muy desagradado. – Lea la ficha, pues.

– La estoy leyendo, y no la entiendo. ¿No pueden haber equivocado al paciente?

– Tendríamos que hacer una investigación interna. Pero eso ocurrió hace demasiado tiempo, varios meses, y...

– ¿No tienen cámaras de vigilancia? ¿Algún registro que muestre a los pacientes entrando y saliendo...?

– ¿Qué se cree que esto, un laboratorio policial? Tenemos cámaras de seguridad, por supuesto, pero no guardamos las grabaciones de tantos meses atrás. Si en la ficha dice que Aníbal Aquino fue dado de alta, entonces fue dado de alta.

– ¡Tan rápido!

– ¡A lo mejor San Expedito tuvo algo que ver con esto! – gritó el director de la clínica, exasperado.

– ¿En dónde puedo encontrar a este...? ¿Doctor Altman...? ¿El que firmó el documento para darlo de alta?

– Esa es información confidencial, y...

– Y Heredia me va a proporcionar esa misma información. A través de usted. Así es que no me haga perder el tiempo.

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Ya había anochecido cuando Almendra Caballero había llegado a la residencia del doctor Altman. El hombre era alto, macizo sin ser gordo, facciones algo blandas e hinchadas, pero amables, y de pelo ya cano. Después de un poco de conversación incidental, el doctor Altman había optado por hacer pasar a Almendra Caballero a su pequeña oficina, y había cerrado la puerta, tratando de mantener la imagen ante su esposa de que todo estaba bien.

– ¿Sabe una cosa, señorita Caballero? Todo esto me hace sentir aliviado – dijo el doctor Altman, y se frotó la boca y la nariz con un solo gesto de la palma de su mano, al tiempo que apoyaba el codo del brazo respectivo en el escritorio. – He vivido con esto desde que ocurrió, y... Más tarde o más temprano se iba a descubrir, ¿no?

– Doctor Altman... Mire, yo no soy la policía – dijo Almendra Caballero, tratando de utilizar todo su tacto diplomático. – La verdad es que este asunto es... Mire... Digamos que si usted no dice nada, entonces yo tampoco. ¿Me entiende...?

El doctor Altman asintió con un gesto nervioso, que contradecía sus intentos anteriores por mostrar calma.

– Mire, señorita Caballero – dijo el hombre, y al hacerlo, pareció volcar toda su alma en una confesión anhelada hacía largo tiempo atrás. – Cuando ocurrió todo, había un joven muy preocupado. Pensé que era el hijo del señor Aquino, pero... Bueno, no lo era. El joven quería saber si don Aníbal se iba a salvar o no. El... secuestró a mi familia, ¿sabe? Se había puesto de acuerdo con alguien, y... ellos me obligaron. Tuve que encubrir la muerte de Aníbal Aquino. Y después... Por favor, disculpe, me es difícil hablar de esto... – se interrumpió para pasarse un pañuelo por la frente.

Almendra Caballero se quedó pensativa un rato. Luego, guiada por una intuición repentina, abrió su netbook, lo encendió, y una vez activo, buscó una fotografía en su interior, preguntando al mismo tiempo si ése era el joven o no.

– Sí, ese mismo – dijo el doctor Altman.

Almendra Caballero miró nuevamente la fotografía en su netbook, y empezó a entender. La fotografía de Fiodor.

– ¿Y qué pasó con Aníbal Aquino?

El doctor Altman puso las manos en ojiva, y su pulso temblaba visiblemente, de manera muy poco habitual para un médico. De pronto se interrumpió, abrió un cajón de su gabinete, sacó un frasco, lo abrió, y engulló una pastilla de su interior. Luego, miró a Almendra Caballero como si estuviera ahí por primera vez.

– Discúlpeme... A mi edad, la presión... El corazón...

– No se preocupe. Con esto, creo que lo dejaré en paz. ¿Qué pasó con Aníbal Aquino?

– Bueno, está vivo... No sé de qué manera, pero ha salido en las noticias...

– Es un impostor – dijo Almendra Caballero, con tanta frialdad y aplomo como fueran necesarios para asustar al hombre. Y funcionó. El doctor Altman terminó de desestabilizarse, y aún temblando visiblemente, dijo con voz trémula:

– Está muerto. El verdadero Aníbal Aquino está muerto. ¿Se lo... va a decir a alguien...?

Almendra Caballero sintió que el mundo entero se le venía encima. Su gran oportunidad, perdida. Aníbal Aquino muerto.

El hombre con el que había tenido sexo en trío incluyendo a Vania, muerto.

– ¿Ah...? Eh... No... No se lo diré a nadie – dijo Almendra Caballero. – No se preocupe, ya sé todo lo que tenía que saber.

Mientras tanto, afuera de la casa del doctor Altman, desde un vehículo, un hombre hablaba por teléfono celular.

– No, señorita Lisa. Almendra Caballero aún no sale desde el interior de la casa...

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Durante la tarde siguiente, con un ramo de rosas, Fiodor acudió a la institución siquiátrica. Al verlo ingresar, la enfermera le mostró su mejor sonrisa: simpatizaba con el chico que apenas estaba en la mayoría de edad, que venía a visitar a su madre.

– Doña Anaís ha estado igual, Fiodor... Don Fiodor – se corrigió. – ¡Pase, pase a verla!

Fiodor ingresó a la habitación. Anaís estaba sentada, inmóvil, con la mirada perdida en la ventana. Su rostro no tenía ninguna expresión: la mujer estaba absorta en alguna dimensión de la existencia muy lejos de la cordura.

– ¿Cómo estás hoy día, mamá...? – preguntó Fiodor, y sin esperar respuesta, aunque con lentitud, tomó el florero y dejó las rosas allí, sin la precaución de llenarlo con agua primero. Entretanto, Anaís dio vuelta la cabeza con exasperante lentitud.

– ¿Fiodor? – preguntó, con la boca muy rígida, modulando apenas. – ¿Fiodor...?

– Soy yo, mamá. Fiodor – dijo el chico, con mucha calma. Desde la Masacre de Guiñaleufú, en donde Anaís había recibido un balazo en el vientre y además un golpe en la cabeza, que la mujer apenas podía reaccionar. Aunque apenas rondaba la cuarentena, su mirada casi por completo extraviada, su rostro casi sin expresiones salvo por un rictus de leve amargura, y su presentación personal con apenas un cepillado de pelo y un lápiz labial suave, la hacían parecer mucho más avejentada.

– ¿Heriberto? – preguntó Anaís, con suma dificultad para modular las sílabas.

– En casa, mamá. Está esperando a que te den de alta – dijo Fiodor. A pesar de los meses transcurridos, aún se le hacía un nudo en la garganta cuando decía esa mentira. En realidad, en el intertanto, el padre de Fiodor se había ido a vivir con su nueva pareja, y jamás en todos esos meses había ido a visitar a Anaís, o siquiera preguntado por ella.

– ¿Claudine? – preguntó Anaís. – ¿Don...? ¿Dón... de...?

– Porque tenía una audición hoy día. Es un trabajo importante, muy importante – dijo Fiodor. Otra mentira. Claudine seguía en Santiago. Pero Anaís nunca recordaba estas conversaciones: Fiodor podía decirle todas las visitas que Claudine estaba en una audición, y su madre jamás se preguntaría por qué todas esas audiciones coincidían con las visitas.

– ¿Fo... tos? – preguntó Anaís.

– Destruidas. Ya no... tenemos que preocuparnos por eso – respondió Fiodor. Anaís siempre preguntaba por las fotos que Ramiro Delponte había poseído en su poder. Las fotos con desnudos de ella que, una vez liberadas en Internet, habían llevado a Heriberto a abandonar a Anaís y rehacer su vida en otra parte. Pero Anaís en su insania parecía atascada en ese período, y en cada visita siempre preguntaba como si siguiera viviendo en 2008 o 2009.

Anaís se volvió hacia la ventana. Eso marcaba por lo general el minuto en que la visita se terminaba. Fiodor podía quedarse más rato, pero su madre no le haría caso. En las primeras visitas, se había quedado. En las más recientes, ya no perdía el tiempo con eso. Pero al menos su madre estaba bien. La clínica siquiátrica era cara, pero Fiodor podía pagarla. A través de Magdalena Monteverde. Si ella se negaba, Fiodor revelaría que Aníbal Aquino era un impostor, y haría surgir el arma con la cual ella había tirado a matar contra su marido en la noche de bodas: eso sería la cárcel para Magdalena Monteverde.

El celular de Fiodor vibró. Este, despreocupado de su madre porque ella ya no le haría caso, lo revisó ahí mismo. Era un mensaje de Magdalena Monteverde, justamente: “ANÍBAL DESAPARECIÓ”...

Fiodor tembló. Si algo sucedía con el impostor, el dinero para la clínica de su madre se acabaría. Incluso el mismo Fiodor podría ir a dar a la cárcel, por asociación criminal con el suplantador de Aníbal Aquino...

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Ya de noche, después de darse algunos besos, Leoncio retrocedió un poco, separándose del abrazo de Ludwica.

– ¿Qué pasa, Ludwica...? ¿Estás bien...?

– Yo... Sí – dijo Ludwica.

En realidad, ella no encontraba cómo decirle acerca de su embarazo. Y después vendría el infierno de decirle a su propia familia, y a la de Leoncio... ¿No sería mejor arreglárselas de alguna manera para hospitalizarse y hacer desaparecer el problema? Una simple intervención, y el embarazo se acababa. El dinero no era un problema: ella tenía poderes telekinéticos, seguro que podría hacer algo con eso...

– ¿Ludwica...? ¿Estás ahí todavía? – preguntó Leoncio, sonriendo, y en ese minuto sonó su propio celular. Este, aún sonriendo, lo revisó, pero al ver quién era, cambió la cara.

– ¿Pasa algo, Leoncio...? – preguntó Ludwica.

– Espera. ¿Sí? Aló... Está bien, voy para allá.

– ¿Quién era?

– Claudio – dijo Leoncio. – Tiene un problema más o menos serio, y...

– ¡Vamos! – dijo Ludwica.

– Tengo que ir yo. Ya sabes como es Claudio, y... No, no sabes, no nos hemos visto mucho. Tengo que ir, Ludwica.

Pero quien había llamado a Leoncio no era Claudio. Era Edith.

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La mujer seguía secándose el pelo mientras contemplaba distraídamente los edificios de la Avenida Libertad en el exterior. En ese minuto, tocaron la puerta. Dejando el secador de lado, acudió a abrir, ajustándose un poco la bata de baño de color blanco. Era la mucama, con un carrito y una bandeja.

– ¿Doña Lerato? Le traigo la cena que usted pidió.

– Sí, soy Lerato, pero... yo no encargué ninguna...

La mucama sacó una pistola con silenciador, y en un movimiento rápido que revelaba amplia experticia como tiradora, le descargó a Lerato tres o cuatro balas al cuerpo sin vacilar. Lerato cayó al suelo, mientras el género tipo toalla de que estaba hecha la bata de baño, empezaba a empaparse de rojo.

La mucama le hizo rápidamente un gesto a su acompañante, que esperaba escondido en la puerta siguiente, para que ingresara. Este se apresuró, mientras la mucama hacía lo propio, incluyendo el carrito.

– ¡Rápido, Leoncio, antes de que desp...!

Lerato extendió un brazo y agarró el pie de la mucama, tirando con fuerza suficiente como para hacerla trastabillar. La mucama cayó de bruces contra el borde de la cama, e intentó patear de vuelta.

– ¡Edith! – gritó Leoncio, y su vista saltó rápido desde la aludida hasta Lerato. Inmediatamente, el cuerpo de Lerato comenzó a levitar en el aire, mediante telekinesis. Edith consiguió zafarse, y retrocedió un poco.

– ¡Mátala! – soltó Edith, tratando de no gritar para no llamar la atención, pero a sabiendas de que Lerato era una devi, y podría regenerar sus heridas. En cuanto a la devi, trató de patalear en el aire, pero no pudo. Su cuerpo se alzó cada vez más en el aire, desafiando la gravedad. Una mirada de terror se apoderó de Lerato.

La cabeza de la devi comenzó a girar con lentitud, de manera cada vez más inhumana. En un minuto, las vertebras del cuello crujieron y su ligazón se rompió. El cuerpo, siempre levitando, quedó colgando como un guiñapo.

– Incluso ESO lo pueden regenerar – dijo Edith. – Tenemos que sacar y quemar el cuerpo.

En ese minuto, el celular de Lerato sonó. Leoncio y Edith se miraron, rogando porque la persona que estaba llamando, no fuera alguien que fuera a sospechar de la desaparición de inmediato. Necesitaban a lo menos un par de horas para deshacerse del cuerpo. Y a la brevedad, antes de que resucitara. De manera que Leoncio aplicó sus poderes telekinéticos para mover los brazos y piernas de Lerato, contorsionándolos hasta lo inverosímil y haciendo chasquear las articulaciones, a fin de que pudiera caber debajo del mantel del carrito, y retirarlo escondido de esta manera.

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Cerró su celular, temiendo lo peor. ¡Por qué Lerato había sido tan estúpida como para drogarlo y viajar a Viña del Mar sola! Dejó el celular a un lado y se llevó la mano a su cabeza, presa de una horrible jaqueca. En realidad no le simpatizaba Lerato. Pero ella era la agente que las devi habían enviado para hacerse cargo de Corona de Amenofis, y eso le obligaba a una alianza incómoda. Si algo le había pasado a Lerato, tenía la difícil decisión de encontrar a alguien más que sirviera como su mano maestra alrededor de Corona de Amenofis... o bien revelar que él, Aníbal Aquino, aún seguía vivo, y que el hombre que actualmente utilizaba ese nombre era en realidad un impostor...

Próximo capítulo: “Escaque 65”.

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