lunes 24 de octubre de 2011

Capítulo 5-15 - "Escaque 65".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: Un médico le revela a Almendra Caballero que Aníbal Aquino en realidad está muerto, y deducen que la persona presentada como tal, en realidad es un impostor. Sin saber esto, Vania ha secuestrado al mismo, creyendo estar vengándose de Aníbal Aquino. En paralelo, han comenzado varias maniobras financieras para apoderarse de Corona de Amenofis. Y Ludwica, embarazada de Leoncio, no sabe cómo decirle la verdad, y al mismo tiempo, ignora que Leoncio está aliada con Edith, una asesina profesional que va tras las devi...

“Escaque 65”

Vania se acercó al hombre amarrado en la silla. Aunque le había dado de comer y de beber, estaba claramente debilitado. Eso era intencional: sería más fácil amarrarle o desamarrarle, y en definitiva mantenerle controlado.

– Por favor, yo no sé qué te hice, pero por favor, suéltame...

– ¿Qué me hiciste, Aníbal? – soltó Vania, y a continuación, hizo chirriar el aire con una risilla maligna. – Nada, qué me vas a hacer. Muy buena la broma de meterme de vuelta en ese manicomio de Suiza, hijo de perra.

– ¡Allí es donde deberías estar! – gritó el hombre, sacando valor de la desesperación. – ¡Estás loca! ¡Loca!

– Siempre me dicen lo mismo – dijo Vania, y su rostro se tornó sombrío. – La gente que me insulta así, no lo pasa bien.

– Espera, por favor, perdona, yo... Yo... Por favor, si tienes algo contra Aníbal Aquino... Vania... Yo...

El pobre hombre tragó aire, pero finalmente llegó a la conclusión de que no tenía mayor caso seguir ocultándolo. Había sido un sueño dorado para él. Estaba lleno de deudas, estaba su ex esposa que lo odiaba y sus tres hijos que lo despreciaban, ya no quería hacer un día más de clases de lenguaje ante alumnos de liceo que no les interesaba nada, y entonces apareció Fiodor con su propuesta: suplantar a otro hombre. ¿Había sido irresponsable? Sí, pero era toda una nueva vida. Había ganado una esposa bastante atractiva, aunque ella lo odiaba por el chantaje de Fiodor para que ella aceptara la impostura. Había pasado a vivir en una casa que valía una fortuna. Y lo único que tenía que hacer, era permanecer desaparecido de todo el mundo, salvo algunas contadas ocasiones para que no se olvidaran de Aníbal Aquino, y nada más. ¡De haber sabido que Aníbal Aquino tenía enemigos tan peligrosos, jamás habría aceptado suplantarlo! Apenas confesara, todo regresaría a la normalidad. Quizás iría a la cárcel. Pero al menos seguiría vivo. Además, siempre podría tratar de reconciliarse con su antigua familia, con el argumento de que lo había hecho por ellos, por tener el dinero que como profesor de lenguaje jamás llegaría a ganar en toda su vida...

– Vania, yo no soy Aníbal Aquino.

Ella lo miró con expresión interrogante. Parecía divertida, como niña pequeña frente a un nuevo juego.

– Me llamo Rubén. Ese es mi nombre. Mi verdadero nombre – añadió él, y al escucharse a sí mismo, se sintió ridículo.

Vania se echó hacia atrás, y lo miró con una expresión que Rubén no supo descifrar. Luego, ella esbozó una sonrisa amplia, y sus ojos se pusieron tristes. Y luego, soltó una carcajada tan bestial, que se dobló en dos sobre su vientre, de la risa.

– ¡Aníbal, caray! Oye, mira... sé que eres una persona entretenida, y yo misma, bueno... la pasé bien contigo, por qué no. Pero esto... ¿De verdad crees que me voy a tragar esto?

– ¡Es en serio! Una de las cosas que me dijeron, es que nunca pusiera mis huellas digitales en ninguna parte. Vamos. Mira. Haz la prueba. Desátame, tómame las huellas digitales. Vamos, compruébalo. No coinciden. ¡Hazlo!

Vania movió negativamente la cabeza.

– Pensé que iba a ser más entretenido jugar contigo. Está bien, Aníbal, haremos algo entretenido. ¿Recuerdas que te gustaba jugar con nudos y cuerdas? Bueno, aprendí un poco. Por ejemplo...

Vania tomó un pedazo de soga algo húmeda y sucia, y jugó lascivamente con ella entre las manos mientras se acercaba a Rubén. Se colocó detrás de él, y pasó la soga suavemente por su cuello. Luego le susurró a su oído el resto de la frase:

– ...aprendí el truco ése de apretar el cuello de una persona sin ahorcarla.

Y apretó. Apretó. Apretó muy firme. Rubén no pudo gritar. Sus brazos se crisparon, tratando de impedirlo por reflejo y chocando contra las amarras. La cuerda apretó aún más. Luego aflojó, Rubén pudo apenas respirar... Vania apretó otra vez...

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En la oficina de Almendra Caballero en Ibis Blanco, Lisa apareció de pronto como una tromba, arrasando con la secretaria a su paso, cuando ésta trató de anunciarla primero.

– ¿Por qué no me contestas el celular? ¿Ah?

– Porque lo tengo apagado... – dijo Almendra Caballero, con displiscencia. – ¿Qué quieres, Lisa?

– Aún no me has presentado a la gente de Corona de Amenofis. ¿Cómo se supone que haga mi trabajo si no me los presentas?

– El grueso de tu trabajo está relacionado con los laboratorios de la Joachim Winckelmann, y ya fuimos a la Universidad, a enseñártelos. La gente de Corona de Amenofis no es tan importante, créeme.

– No te creo – dijo Lisa. – ¿Quieres que llame a Templemann?

– Adelante, hazlo... – dijo Almendra Caballero, con tranquilidad.

Lisa cogió su teléfono y empezó a marcar. Almendra Caballero, a sabiendas de que ya no podía jugar la carta de Aníbal Aquino si éste se encontraba muerto, se paró de manera brusca.

– Está bien, te presentaré a la gente de Corona de Amenofis. Sólo... dame tiempo. Un par de días o algo así. Necesito un pretexto para aparecerme por allá. Después de todo, ya no voy a cobrar el arriendo directamente, ellos lo depositan en cuentas bancarias, y así... Bueno...

Lisa colgó.

– No se te olvide que sólo sigues aquí porque tienes que enseñarme tu trabajo – dijo Lisa. – Y si sigues poniéndome obstáculos, terminarás como Ross en la piscina de los tiburones. Eso te lo prometo.

– Lo recuerdo perfectamente – dijo Almendra Caballero, y ahora había hostilidad en su tono de voz. Pero en su fuero interno, ya estaba meditando la manera en que iba a combatir a Lisa. No tenía un plan armado, pero una posibilidad...

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– ¡Y qué quieres que haga! – gritó Fiodor. – El hueón no aparece por ninguna parte. Nadie lo ha visto, nadie sabe nada... Le he preguntado a medio Valparaíso y Viña, ya a estas alturas todo el mundo debe saber que algo raro pasa con don Aníbal.
Magdalena Monteverde se pasó las manos por la cara, para relajar la musculatura, mientras miraba las paredes de la Mansión Monteverde. ¿Acaso Rubén se había desaparecido con Corona de Amenofis, pura y simplemente? ¿Se había escondido y estaba negociando por su cuenta? Como no podían ir a una notaría a hacer una compraventa sin que le tomaran las huellas digitales, o sacarle un mandato por escritura pública por idéntica razón, le habían instruido para que cuidara Corona de Amenofis como algo propio, como su seguro de vida en caso de que cualquier cosa saliera mal. Pero él bien podía tratar de hacer alguna estafa chapucera vendiéndolo, quedar al descubierto...

En ese minuto, la asesora del hogar entró y anunció una visita. Magdalena Monteverde ordenó que entrara, y quedó sorprendida. Almendra Caballero en persona. ¿Qué podía querer ella ahora, en estas circunstancias?

– ¡Magdalena, Fiodor! Qué bien, ambos aquí. Necesito conversar de negocios con ustedes.

– Bueno... dinos, Almendra – dijo Magdalena Monteverde.

– Si no quieren ir a la cárcel por conspiración y suplantación de identidad... Quiero que Aníbal Aquino me devuelva Corona de Amenofis. O al menos, que lo haga el impostor – soltó Almendra Caballero, con calma, pero a bocajarro.

Al escuchar la palabra “impostor” en boca de Almendra Caballero, Magdalena Monteverde y Fiodor se quedaron congelados. La primera miró al segundo: quizás alguien allá afuera, por las preguntas, había abierto la boca, y...

– Almendra, me temo que tenemos un problema. Aníbal Aquino desapareció – dijo Magdalena Monteverde, y después sacó en voz alta una cuenta sumaria de cuántos días habían pasado desde entonces.

Ahora le tocó a Almendra Caballero quedarse de una pieza. Mentalmente hizo su propio calendario. Aníbal Aquino había desaparecido exactamente el mismo día en que se había entrevistado con ella. Trató de disimular su zozobra: si el impostor en verdad había desaparecido, entonces Almendra Caballero era la última persona que lo había visto con vida...

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En Corona de Amenofis, Basanio Urmeneta y Yasna salieron del patio común hacia la calle, riéndose. Yasna había estado trabajando intensamente en una especie de detector de pneuma, pero no le era fácil avanzar con los recursos artesanales de los que disponía. Además, se tomaba bastante tiempo libre con Basanio Urmeneta, cuya relación parecía ir prosperando. Para Yasna, las locas ensoñaciones poéticas de Basanio Urmeneta, una mezcla de retrofuturismo, Cyberpunk por otro nombre, y poesía creacionista, eran puro alimento para su eterna residencia mental en las nubes. Para Basanio Urmeneta, por su parte, la compañía de Yasna era un cable a tierra. Además, admiraba el talento de Yasna para concretar en números y circuitos los sueños que Basanio Urmeneta sólo podía concebir en forma de verso.

Ludwica los vio salir, y se sintió mortalmente deprimida. ¿Por qué no podía hablar con Leoncio y contarle de su embarazo? ¿Qué andaba mal con él? ¿O con ella...? Leoncio era una especie de sueño dorado, y su relación era siempre lo que había querido... sólo que ahora no era capaz de abrazar sus más caros y anhelados sueños.

Se miró al espejo. Quizás era el embarazo, o quizás era sólo sugestión mental, pero se veía más gorda. Nunca había sido una modelo, pero ahora engordaría, terminaría de perder por completo las formas... ¿Seguiría Leoncio con ella cuando fuera gorda, fea y vieja? Ludwica suspiró.

Siempre quedaba la otra alternativa. Que el bebé no llegara a nacer...

Tiempo después de haber hecho la enorme cantidad de saltos entre espejo y espejo, necesarios para encontrar que la persona con la que debía hablar era el brigadier Ayala, y hablar con él en definitiva, había pensado en el enorme riesgo de hacerlo embarazada. ¿Y si sólo ella podía saltar, y su embrión se quedaba atrás? En ese caso, saltar a través del espejo hubiera sido literalmente practicarse un aborto. Pero no había sucedido así. En realidad, tampoco pasaba con la ropa que llevaba, que se iba con ella de salto en salto, incluyendo el contenido de sus bolsillos, pero el embrión era... no era algo inanimado, sino un ser vivo, y quizás los seres vivos... ¿Y si acaso el embrión había saltado con ella por inercia, y si ella QUERÍA de verdad dejarlo atrás, entonces eso ocurriría? Se imaginó al embrión como una masa viscosa y sanguinolenta en el suelo, y sintió asco de sí misma por haber pensado en una atrocidad semejante, en un pensamiento colindante con la automutilación.

Se echó en el suelo, casi a punto de llorar. Pero de alguna manera milagrosa, pudo contenerse.

Era hora de hablar con otra persona. Alguien que tuviera experiencia en estas cuestiones, y supiera guardar un secreto. Suspiró. Sabía que Genaro no tenía buena opinión de ella. Pero había sido un sacerdote católico, y era un hombre decente. A lo mejor, él podría darle un buen consejo.

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Genaro le ofreció una taza de té a Ludwica, pero ella lo rechazó, sin saber bien si el estimulante le caería bien al embrión o no. A cada paso, se convencía más de que debía tenerlo, darlo a luz, sin que importara lo que sucediera.

– Y... bueno, Ludwica, dime, en qué te puedo ayudar – dijo Genaro, con amabilidad.

– Primero, quiero disculparme, yo... Yo sé que a veces puedo ser pesada y porfiada, y... Quizás he sido muy dura con usted, tratando de empujarlo a que haga cosas, y...

– Bueno, dejemos eso de lado, un sace... – dijo Genaro, antes de interrumpirse. Aún se veía a sí mismo como un sacerdote católico, sin importar cuánto tiempo había pasado desde que había rendido los votos. Una punzada de dolor invadió al hombre cuando recordó a Yasna, por quién había dejado el celibato, y a quién había perdido después. – Un hombre de Dios, como decía, sea sacerdote o laico, debe estar siempre dispuesto para sus semejantes. Yo... Yo trato, Ludwica, no soy perfecto... Pero cuando se trata de ayudar a mis semejantes, siempre espero que Dios me guíe y me ilumine.

– Gracias, padre... Don Genaro, quiero decir.

– Pero dime, Ludwica, qué te sucede.

– Padre... Estoy embarazada.

Genaro se quedó perplejo.

– ¡Ludwica!

– ¡Por favor, no me mire como si fuera... no sé... una cualquiera! Yo... Yo... Fue por amor, don Genaro.

– El padre es Leoncio, ¿verdad?

– Sí – dijo Genaro.

– ¿Y él qué piensa?

– Ese es el problema, don Genaro. No sé cómo decírselo. Yo... No sé, él... El es... El es especial. Por un lado. Pero por el otro... Está cambiado. Antes era más directo, más decidido, y... Parece tonto, pero eso me gustaba de él... pero tampoco quería que fuera así. Quería que se detuviera, que caminara un poco más a mi paso, no que me empujara, y... Ahora que él es así, es tierno, cariñoso, considerado... No sé... Es como si no fuera él...

– Y el niño lo vas a tener, supongo, ¿verdad?

Ludwica vaciló un instante. Hasta el minuto había coqueteado con ambas ideas, pero siempre para sí. Ahora, una vez que lo dijera, de alguna manera, ya no habría vuelta atrás. Pero vaciló antes de contestar finalmente:

– Sí. Lo voy a tener.

– Bien – dijo Genaro. – Esa pobre criatura no tiene por qué pagar por los crímenes de sus padres. Y todos, hasta el más pequeño e indefenso de nosotros, somos criaturas de Dios.

A Ludwica, el tono religioso de la conversación la dejó fría, pero prefirió soportarlo. Se lo merecía. Por tener sexo a tontas y a locas, por no detenerse a pensar, por no esperar un método anticonceptivo.

Aunque es difícil encontrar un método anticonceptivo cuando se está en un universo paralelo a la Tierra, como esa especie de Viña del Mar celestial que había compartido con Leoncio.

– Vas a tener que decirle a Leoncio. Ustedes son una pareja, y deben afrontar esto juntos. Si él te quiere, él va a ser tu apoyo y fortaleza. Y tú también debes fortalecerlo a él. Y ya sé que ustedes dos no son muy creyentes, pero si les queda espacio... aprovechen esta oportunidad para reconectarse con Dios. Porque El no los ha olvidado, y si se vuelven a El, entonces El les proporcionará la fuerza necesaria para salir adelante.

Ludwica se sintió estúpida. ¿Para esas conclusiones tan banales era que necesitaba la ayuda de don Genaro? Se detestó a sí misma por un instante. Pero luego borró esos pensamientos: ahora tenía que vivir no sólo por ella, sino por la criatura que cargaba dentro de su vientre.

– Gracias, Genaro. Se lo diré.

Y mientras Ludwica se paraba y se despedía, Genaro comenzaba a rumiar otra clase de pensamientos. Había hecho un pacto con Edith. El informaría todo sobre Ludwica a Edith, y ella a su vez le proporcionaría la información sobre Paula, su antiguo amor perdido casi cuarenta años atrás. Pero Genaro, al trazar el pacto, no había esperado nunca que Ludwica fuera a confesarse directamente con él. Aunque no era un sacerdote, y en sentido estricto no estaba amarrado al secreto de confesión porque no estaba confesando en primer lugar, traicionaría la confianza de Ludwica. ¿Qué podía hacer, entonces? ¿Se lo diría a Edith o no? Resolvió finalmente que cuando fuera del dominio público, entonces ya no estaría traicionando ningún secreto. Esperaría a que Ludwica se lo dijera a Leoncio y a su familia. Entonces, le diría a Edith.

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Vania llegó al departamento, cansada y feliz. Se había divertido maravillosamente torturando a su víctima en el galpón abandonado, vengándose a gusto por la humillación sufrida en sus manos... ¡Un impostor! Al recordarlo, no podía evitar reirse. Aníbal Aquino solía ser retorcido, y no podía creer que hubiera salido con algo tan burdo.

A menos que fuera verdad, claro... No, no podía ser. Sería demasiado increíble.
En eso, se encontró con las maletas listas. Filippo estaba sacándolas.

– ¿Y estas maletas?

– De qué se ríe, mi pequeña – dijo Filippo, hablando lento y cantadito porque su castellano todavía no era demasiado bueno. – ¿De alguna maldad de chica traviesa?

– Sí, sí, alguna maldad de chica traviesa – replicó Vania, rápida y seca. – ¿Para dónde salen estas maletas?

– Al sur... Para allá vamos, ¿no te acuerdas? Vamos, anda y haz la tuya. ¿No me dijiste que íbamos a ir?

– ¡Te dije que lo iba a pensar, Filippo! Y... Aún no lo he pensado – dijo, con un mohín de niña pequeña. La verdad es que Filippo empezaba a molestarla. Como buen millonario podrido en dólares, se había criado mandando a todo el mundo a discreción. Y con Vania, tenía la fea tendencia de llegar y hacer las cosas sin preguntar primero. Filippo era muy buen compañero en la cama, tanto en solitario los dos como con alguna chica o con algún chico en tríos e incluso en cuarteto en alguna ocasión, pero no era suficiente como para quitarle a Vania la sensación de su flamante marido era un fastidio.

– Vania... Quiero conocer el sur – dijo Filippo, y su voz sonaba autoritaria ahora. – Anda y haz tu maleta.

Y como Vania intentara hacer un gesto e ir a encerrarse al dormitorio, Filippo la atajo y, sin vacilar, le descargó un buen puñetazo en el vientre, que la dobló en dos.

– Y ni siquiera te golpeé como corresponde – dijo Filippo. – Ahora, sé una buena esposa y anda a hacer tu maleta.

Vania se rio, mientras trataba de respirar, y se incorporó. Ahora estaba convertida en una señorita obediente y mimosa.

– ¿De verdad te quieres ir sin jugar un último juego...?

Filippo arqueó una ceja, sonriendo con interés, complacido ante la actitud sumisa de su esposa.

Cerca de una hora después, Filippo estaba amarrado en una silla, con la boca tapada por cinta de embalaje gris, y completamente desnudo. Sobre la mesa había una botella de ron vacía, junto a una botella de Coca Cola también vacía. Ambos estaban bastante bebidos. Vania se había puesto un camisón rosado transparente, el más inocente que tenía en su repertorio, aunque traslucía sus pezones, al tiempo que se había pintado los labios de color rojo intenso, y puesto colorete en las mejillas para fingir vulgaridad.

– Vamos a jugar a un jueguito, ¿qué te parece? – preguntó Vania, y antes de que Filippo pudiera siquiera gemir debajo de su mordaza, Vania fue a la cocina.

Filippo empezó a preguntarse qué se tramaba Vania. La oía poner y sacar cosas, como si estuviera ordenando todo. Algo en la cocina empezaba a despedir un olor espantoso. Inquieto, trató de desatarse, pero no pudo.

Finalmente, Vania apareció con la misma lencería, pero con una mascarilla médica. En sus manos portaba un cuenco con una substancia café, grumosa, y sobretodo de un hedor terrible. Sin mayor ceremonia, se la puso delante a Filippo.

Mientras las arcadas de Filippo iban subiendo de nivel, Vania soltó una risilla, la que sonó ahogada detrás de la mascarilla.

– ¿Verdad que soy inteligente? Mira, mientras más huelas esta cosa, más ganas te van a dar de vomitar. Y como no vas a poder abrir la boca, el vómito va a buscar su propio camino, vías respiratorias abajo. Cuando la policía investigue, no van a encontrar esta cosa. En la autopsia tuya saldrá que estabas borracho, y yo también, y pensarán que devolviste por eso. Todo quedará como un jueguito sadomasoquista que se salió de control, en que acabaste ahogado con tu propio vómito...

Ahora, Filippo trataba de zafarse por todos los medios, con los ojos inyectados en sangre, no sólo porque ahora descubría la verdad sobre Vania, sino también por la horrible situación en que él, acostumbrado a hacer siempre lo que quería con los demás a punta de golpes de chequera, estaba completamente impotente.

– La mejor parte es que como soy tu esposa, según las leyes de Apontonia, que a tu abogado se le salió explicarme después de haberlo relajado bien con una buena mamada... como soy tu esposa, decía, yo me quedo a lo menos con la mitad de tu herencia, aunque haya testamento. Sigue siendo una enorme fortuna para mí, ¿no te parece?

Y Vania remató con una risilla siniestra, la que subió algo de volumen cuando Filippo, con toda su furia e impotencia, tuvo una arcada definitiva, y su sistema digestivo reaccionó tal y como Vania quería...

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Después de un rato con un libro de la defensa Caro-Kann, Aníbal Aquino decidió que era suficiente de gimnasia mental. Lo que le había permitido sobrevivir a una serie de avatares y emboscadas de enemigos del más diverso tipo, no era ser un buen ajedrecista, porque el buen ajedrecista siempre está supeditado a sus teorías y a sus 64 casilleros. Todos pensaban que Aníbal Aquino estaba muerto. Era hora de saltar a la casilla 65 y patear el tablero. Era hora de mostrar que estaba vivo. De manera que, resuelto, cogió su teléfono celular y se dispuso a hacer la llamada que lo traería de regreso a la vida...

Próximo capítulo: “Un frente unido”.

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