“Un frente unido”
Fiodor contestó el celular sin mirar de quién se trataba. Cuando escuchó la voz al otro lado llamando su nombre, se quedó congelado.
– Don Aníbal – murmuró apenas.
– Sí, Fiodor. Te apuraste un poco en darme por muerto, y poner a un suplantador en mi lugar, ¿no?
– Don Aníbal, yo... No sabía... Yo pensé, el doctor me dijo...
– ¿Quieres estar en la buena conmigo y que te perdone tu pequeña traición, o quieres que me deshaga de tí como la cucaracha miserable que eres?
– ¡Que me perdone! – dijo Fiodor, con toda su valentía bruscamente en los suelos.
– Póneme al día. Qué pasa con Corona de Amenofis.
– La situación económica está mala, dice doña Magdalena que quizás haya que sacarlo a remate...
Aníbal Aquino reflexionó por un instante.
– Mira, Fiodor, ahora vas a ser mi matón de nuevo. ¿Entendido?
– ¡Sí, señor! – dijo Fiodor, feliz porque Aníbal Aquino había dicho “MI matón”.
– No te pongas tan feliz todavía, mira que no te he perdonado tu estupidez. Mira, quizás en un tiempo más me vaya de Corona de Amenofis, porque tengo otras cosas que hacer o de qué preocuparme. Pero por el minuto, Corona de Amenofis debe seguir siendo mío. Quiero que hagas cualquier cosa por impedir el remate. Lo que sea. Aunque eso signifique clavarle una bala en el cráneo a alguien. ¿Entendido?
– ¿Incluso a doña Magdalena, don Aníbal?
– No – dijo Aníbal Aquino, quedamente. – La perra me disparó por la espalda en nuestra noche de bodas, pero aún así... No, eso podría traer más complicaciones. Limítate a impedir el remate.
Aníbal Aquino colgó, y se quedó pensativo. Su mente comenzó a divagar, a ir hacia el pasado, hacia dos décadas atrás en que él mismo tenía la edad de Fiodor. En esos años, Aníbal Aquino había sido apadrinado por Bernardo Benítez, así como él había apadrinado a Fiodor. Pero cuando la ambición de Aníbal Aquino lo habían llevado a buscarse su propio rumbo, todo había culminado en Bernardo Benítez tratando de masacrarlo en su propia boda, y en Aníbal Aquino metiéndole una bala en el cerebro. Aníbal Aquino podía reconocer en Fiodor la misma clase de persona que era él mismo a su edad. Sentía cariño y simpatía por el chico, pero mantenía la cabeza con la frialdad suficiente como para entender que no podía repetir los mismos errores de su propio mentor. No, Fiodor no lo pillaría con la guardia baja como Bernardo Benítez. Aníbal Aquino empezaba a mirar a Fiodor como un hijo, pero si tenía que matarlo para salir adelante, no se haría problemas por eso. Sería sólo otra muerte más en la lista.
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A la mañana siguiente, Leoncio congregó a Patricia, Adalberto y Melinda alrededor de la mesa de desayuno. Por lo general, el desayuno era el momento en que Patricia servía a los otros dos, luego de lo cual Adalberto partía por su lado usualmente a los tribunales, y Patricia llevaba a Melinda al colegio. De ahí la impaciencia de los dos adultos con Leoncio.
– Y bien – dijo Adalberto. – Qué es lo que sucede.
– Papá... Mamá... – dijo Leoncio, y luego añadió con cariño: – Hermanita pequeña... Anoche Ludwica me dio una noticia. Ella... está embarazada.
Adalberto se echó violentamente para atrás en su silla, golpeando la mesa con las palmas de las manos, mientras que Patricia se llevó la mano a la cabeza. Sólo el rostro de Melinda resplandeció.
– Estamos esperando un hijo – dijo Leoncio, y luego añadió en tono más bajo: – Su nieto...
– ¡Voy a ser tía! – dijo Melinda, jubilosa.
– ¡Cállate, Melinda! – gritó Patricia, fuera de sus cabales. – ¿Te das cuenta de lo que esto significa, Leoncio? ¡Tú no tienes estudios, no tienes un trabajo...! ¡Y vas a ser papá!
– Nos van a demandar por alimentos, en nuestra calidad de abuelos – dijo Adalberto de manera mecánica, como si estuviera recitando ante un cliente, y luego suspiró, compungido: – Dios mío bendito.
– Don Adalberto, tío, mire... – dijo Ludwica. – Yo...
– ¿Te cuidaste por lo menos, antes de embarazarte de mi Leoncio? – soltó Patricia.
– ¿Qué? – replicó Ludwica, con honda expresión de desagrado.
– ¡Mamá, fue algo que pasó! – gritó Leoncio. – Yo...
– Voy atrasado, tengo una audiencia en familia, justamente – dijo Adalberto. – ¡Mala la hora que elegiste para decirnos, Leoncio! Patricia... quedas a cargo de esto.
– ¿Yo? ¡Claro, tú te escapas a los tribunales, y...!
Adalberto salió dando un portazo. Patricia se sentó, apoyando los codos sobre la mesa, y escondiendo el rostro en las palmas de las manos.
– No me digas ahora Leoncio, que ella se va a venir a vivir aquí...
– No tiene a donde ir.
– ¡Tiene su casa con su familia! – gritó Patricia.
– ¡Su familia no es de aquí! ¡No hubiera arrendado un departamento en Corona de Amenofis cuando llegó, si no!
– ¡Tampoco nosotros somos su familia! – chilló Patricia, y se paró, comenzando a retirar la mesa de manera frenética. Cuando le quitó la taza de leche a Melinda, a medio consumir, le soltó: – Estás atrasada, no alcanzas a terminártelo. Arrégate y apúrate.
– ¡Ya-oh! – protestó Melinda, parándose. Ya de pie, la chica miró a Leoncio y Ludwica. – Pucha, si fuera por mi, te vendrías acá... Eres mi amiga y me caís bien, Ludwica...
Ludwica no pudo contenerse, y le dio un enorme abrazo a Melinda. Las lágrimas saltaron de sus ojos.
– Gracias, Melinda. Gracias por no dejarme sola.
– Yo tampoco te voy a dejar sola – dijo Leoncio. Pero Ludwica sintió en su voz algo indefinible, demasiado indefinible, algo que no la dejó en paz...
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A la hora de almuerzo, Genaro entró al restaurante en que Edith lo había citado. Al descubrirla sentada en una mesa, su corazón palpitó, como no lo hacía desde que había estado junto a Yasna. Pero eso era algo del pasado: Yasna se veía muy feliz con Basanio Urmeneta, y él no tenía nada que hacer en medio.
– Bien, Genaro, dime qué pasa – dijo Edith.
Genaro vaciló un instante. En la mañana, Patricia había acudido a él, y le había dicho del embarazo de Ludwica. A pesar de que Genaro ya no era un sacerdote, Patricia seguía buscándolo como guía y apoyo espiritual, por alguna razón. Genaro se había prometido no decirle nada a Edith por el minuto, a pesar del pacto entre los dos, sino hasta que Ludwica se lo dijera a la familia de Leoncio, y por lo tanto, dejara de ser algo parecido a un secreto de confesión.
– Es Ludwica. Ella... Está embarazada – dijo Genaro. Y luego, vacilante, añadió: – Como nuestro trato era que yo te dijera cosas de ella, y usted...
– Sí, recuerdo el trato – dijo Edith, algo molesta, mientras reflexionaba.
– ¿Qué tan importante es eso? – preguntó Genaro.
– Mucho. Demasiado – dijo Edith.
– ¿Qué está pasando, Edith? ¿Es grave? Si Ludwica...
– Ludwica va a estar bien, Genaro, no te preocupes – dijo Edith, con una sonrisa tan tranquilizadora, que Genaro se calmó de inmediato, a pesar de que, mirado con un poco de racionalidad, no sabía nada sobre Edith como persona. Edith añadió: – Pero necesito hablar con ella. Hay cosas que tengo que contarle a ella, y sólo a ella. ¿Entiendes? Dale mi número de celular, y dime que me contacte. Y que es urgente.
– Sí – dijo Genaro.
Edith se paró de la mesa, y Genaro, siguiendo un impulso muy poco frecuente en él, la atajó por la mano.
– Edith... ¿Y si... nos vemos... de otra manera? O sea, como una cita...
– Lo siento, Genaro, eso no se puede – dijo Edith, y soltó la mano con brusquedad.
Genaro se quedó en su asiento, rechazado, hundido, desolado. Ni siquiera notó cuando Edith abandonó el restaurante.
Afuera, Edith reflexionó. ¿Por qué Leoncio no le había dicho nada sobre el embarazo? ¿Acaso Leoncio tenía su propia agenda? Se supone que trabajaban unidos. Contra la voluntad de Edith, pero unidos. En cualquier caso... Edith simpatizaba con Ludwica. Entendía lo que era ser madre, y no quería que a la chica le pasara una desgracia.
Aunque eso significara dar un salto en el vacío, y traicionar a su jefe.
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En la tarde, cumpliendo su promesa, Almendra Caballero apareció en Corona de Amenofis, junto con Lisa. Fue recibida por Basanio Urmeneta y por Yasna en el patio.
– Doña Almendra – dijo Yasna. – No esperaba verla por aquí... Quiero decir, como usted ya casi no viene por Corona de Amenofis, entonces...
– Los negocios me tienen ocupada – dijo Almendra Caballero. – A propósito, ella es Lisa. A partir de ahora se va a hacer cargo de la parte inmobiliaria, incluyendo Corona de Amenofis. Yo... dentro de poco tiempo voy a partir hacia otro lado.
– Una dama tan bella no debería irse así – dijo Basanio Urmeneta, con galantería que molestó a Yasna.
– ¿Y él es...? – preguntó Almendra Caballero, sonriendo de manera muy inusual en ella.
– Basanio Urmeneta – dijo Yasna. – Basanio, ella es Almendra Caballero. Nuestra casera. O algo así.
– ¿Basanio Urmeneta? Mucho gusto, y... Me suena su nombre... ¿Nos conocemos de alguna parte?
– Lo dudo – dijo Yasna. – El... bueno, digamos que viajó desde muy lejos.
– ¿Están don Adalberto o doña Patricia...?
– Sí, si están – dijo Yasna. – Aunque no están muy bien, porque... bueno... Melinda nos contó que Ludwica está embarazada. De Leoncio.
– ¡Leoncio está de vuelta en Corona de Amenofis! – soltó Almendra Caballero, sorprendida. Recordaba vagamente que el chico había sido baleado en la época en que la Progenie de Imagocoyotl había atacado la Tierra. – Vaya...
Lisa, mientras tanto, tomaba nota mental de todo. Algún día, cuando reemplazara a Almendra Caballero, tendría que ser capaz de manipular a esa gente. Templemann contaba con ello, por supuesto.
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En la mansión Monteverde, la asesora del hogar llamó a Magdalena Monteverde, quien contestó el teléfono. Habló brevemente con su abogado, y después de hacerlo, colgó sintiendo que los músculos de la mandíbula, el cuello, los omóplatos y la parte superior de la espalda estaban rígidos como las vigas de una casa. Pidió un paracetamol.
– ¿Se encuentra bien, señora?
– Sí, Adela, no te preocupes. Sólo tráeme el paracetamol.
– Sí, señora.
En realidad no se encontraba nada de bien. Su abogado le había reportado que Hispatrek había pedido la declaración de quiebra. En pocos días habría una audiencia ante el juez para determinar si se declaraba o no. Iba a ser una formalidad: la declaración iba a venir de todas maneras. Una vez declarada, nombrarían a un síndico que se llevaría Inversiones Monteverde y la despedazaría entre los acreedores. Si no conseguía un convenio, sería el final.
Y Aníbal Aquino, que podía vender Corona de Amenofis a Hispatrek por la suma desmedida que ellos ofrecían, no aparecía por ninguna parte. O el impostor Rubén, mejor dicho.
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A la mañana siguiente, en la oficina de Almendra Caballero, mientras Lisa se encontraba en otra parte, Vania apareció como un huracán. La secretaria, afligida, entró a la oficina para disculparse, pero Almendra Caballero, sorprendida, la despidió con algunas palabras tranquilizadoras, y luego le ofreció asiento a Vania.
– No esperaba que nos viéramos, Vania – dijo Almendra Caballero. – Has sido bastante ingrata, después de que envié a Olegario Ferrer a sacarte de ese manicomio en Suiza...
– No creo que lo hayas hecho por mí – dijo Vania. – Tú siempre haces las cosas pensando en algo más.
– Entonces qué te hace pensar que voy a hacer algo por tí... Porque si viniste para acá, es porque algo quieres, ¿no?
Ella bajó la cabeza.
– Lárgalo, Vania. De qué se trata.
– ¡Tengo a la policía encima, y mis abogados me dicen que está difícil! Yo... yo... yo soy viuda, Almendra.
– ¡Viuda! ¡Tan pronto se te murió el marido...! – dijo Almendra Caballero, y luego se rio. – Vania, la gente a tu alrededor tiende a morirse de maneras un tanto raras, ¿no? ¿De qué se murió tu madre? Intoxicada con maní, en circunstancias de que ella era alérgica al maní, y después de ir a una gelatería contigo, ¿no? Pobre doña Noelia...
– Es serio, Almendra. Fue un accidente, él y yo... bueno... estábamos jugando... Bueno, ya sabes qué juegos...
– Sé los juegos que te gustan – dijo Almendra Caballero. – Los practicábamos con Aníbal Aquino, según recuerdo.
– Estábamos jugando, y uno de esos juegos salió muy mal. Y... se murió. ¡Incluso íbamos a ir a conocer el sur, y...!
– Se murió así, nada más – dijo Almendra Caballero, con ironía. – Y quieres que utilice mi red de contactos para que te libre de la cárcel, porque seguro que la policía no te cree, ¿verdad?
– Lo haría por mí misma, Almendra, pero... no puedo – dijo Vania.
– ¿Y por qué no? Tu marido era millonario, y... supongo que ahora tienes una fortuna, ¿no? ¿Qué te cuesta vender uno o dos palacios en Europa para pagarle a tus abogados?
– ¡Aún no he recibido ni un peso! O euro, de Apontonia... ¡Y no lo voy a recibir en no sé cuánto tiempo! Almendra, los parientes de Filippo en Apontonia, apenas se enteraron, pidieron una investigación criminal allá, mandaron una petición o encargo, lo que sea... Almendra, según la ley de Apontonia, si hay sospechas de que él falleció asesinado, no me pueden dar ni un solo centavo hasta que la investigación esté terminada. ¡Almendra, pueden pasar meses antes de que termine, y entretanto, estoy pobre como una rata!
– ¡Trabaja entonces! Eso es algo que, creo, no has hecho nunca en tu vida. ¿No, Vania?
– ¡Almendra, por favor, te lo pido...! Mira... Voy a estar en deuda contigo. Sabes que soy traviesa y, bueno... a veces hago cosas no muy inteligentes. Pero también sé ser agradecida, a veces te debo algo, y si te puedo devolver el favor, entonces...
– Sí – dijo Almendra Caballero, significativamente. – Creo que tengo una idea de cómo harás eso.
– ¿Qué quieres que haga? Almendra, lo que quieras que haga, lo haré. Lo que sea. Incluso, bueno... si quieres experimentar alguna otra cosa... Te puedo enseñar algunos trucos, ¿sabes?
– Acuérdate que aprendí todo lo que necesito cuando estaba a cargo de Chilean Sexy Dreams. No, es otra cosa la que necesito de ti. Te lo diré después. Hablaré con mi abogado primero para que redacte un documento que necesito, y luego... veré qué puedo hacer para sacarte de esa horrible situación. Es hora de que formemos un frente unido las dos.
– ¿No me vas a dejar en la estacada?
– Por el tipo de documento que vas a firmar, no puedo. Ya te lo diré con más detalles.
Vania asintió.
– Confío en ti, Almendra.
Almendra Caballero, por su parte, reparó en el detalle que había dicho Vania. Se iba a ir al sur con Filippo, y él muere en circunstancias extrañas. Mientras el impostor de Aníbal Aquino está desaparecido. Y Vania tenía motivos para odiar a Aníbal Aquino: de hecho, por eso Almendra Caballero la había dejado suelta. Lástima que ahora las cosas fueran distintas, y fuera mejor tener al impostor otra vez en su lugar. Por lo tanto, valía la pena ver si pillaba a Vania por sorpresa...
– ¿Sabías, Vania, que Aníbal Aquino fue secuestrado? Pobre idiota el que lo hizo, no sabe que se llevó a un impostor...
– ¿Qué cosa? – respondió Vania, con la boca abierta por la sorpresa mayúscula. ¿Era posible que la persona a la que tenía secuestrada, hubiera dicho la verdad...?
– Aún así, ya sabes... Si alguien lo tuviera secuestrado... Haría bien en liberarlo. Tener agarrado a un impostor de Aníbal Aquino por las bolas podría ser muy útil para chantajearlo después...
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Edith tomaba una taza de café, cuando vio entrar a Ludwica. Apenas la reconoció, le hizo señas para que entrara. Ella se fue a sentar con la persona que la había citado, a quien no conocía en persona.
Apareció un mozo. Ludwica pidió un vaso de jugo.
– Prefiero no tomar té ni café, es que yo... bueno...
– Estás embarazada, lo sé – dijo Edith.
Ludwica se sintió muy inconfortable. ¿Quién era esta Edith que parecía saber tanto sobre ella? ¿Qué relación tenía ella con Genaro? ¿Y por qué le había pedido que fuera sin Leoncio...?
– Ludwica, iré directo al grano. Sería bueno que no tuvieras a ese bebé.
– ¿Pero es que estás loca? ¡Qué te has creído para...!
– ¿Sabes quien es su padre, Ludwica...?
– ¡Por supuesto que...!
– Su padre no es Leoncio – dijo Edith. – Ludwica... Leoncio está muerto.
Ludwica se quedó boquiabierta, y Edith aprovechó la situación para remachar.
– La persona que dice que es Leoncio... no es Leoncio. Es un impostor.
– Tú estás loca. No sé quién eres, pero estás loca – dijo Ludwica, haciendo ademán de pararse. Edith la atajó por el brazo, pero Ludwica tiró con fuerza. Por desgracia, el movimiento pasó por delante del mozo, y botó el vaso de jugo que venía.
– ¡Apuesto a que él huele mejor que antes! – dijo Edith.
– ¿Qué? – preguntó Ludwica.
– Leoncio debe oler MEJOR que antes porque él se supone que debe agradarte, ¿me entiendes? Además, apuesto a que su carácter está distinto, más... más como siempre soñaste que él fuera. Mira... Hace un tiempo atrás, tú te paraste frente a un espejo. No sé en cuál, pero alguno. Mi jefe, la persona para la que trabajo... Ella aprovechó de tomar parte de tu esencia, de tu pneuma. Tomó todo lo que se refiere a Leoncio, y consiguió fabricar un duplicado, inyectar su pneuma dentro de una especie de cuerpo humano en blanco. Eso era procedimiento estándar para los misselianos, ésa era la manera en que los misselianos adoptaban cuerpos humanos a pesar de tener una forma alienígena en el planeta Missel. Sólo que no puede fabricar a un Leoncio de verdad porque no lo tiene a la mano. Sólo tiene tus recuerdos. Por lo tanto, Leoncio se acopla perfectamente a la mezcla de recuerdos que tienes sobre él, y de deseos que tienes sobre él. El fue fabricado así. Si te embarazaste de él, entonces... la criatura que nazca... no sé qué va a ser, Ludwica. Por eso, es mejor que no nazca.
Los recuerdos de Ludwica se atropellaron. ¿Dónde había encontrado a Leoncio? En un universo paralelo que era Viña del Mar como ella siempre había querido que fuera la ciudad. Leoncio parecía saber mucho mejor ahora lo que Ludwica quería. Su carácter era más blando y cariñoso. Y al regresar a Chile, Leoncio había dicho que si se iban, ya no regresarían... ¡No podían hacerlo si todo era parte de la imaginación de Ludwica! Todo calzaba, pero... ¡era imposible!
– ¡Y entonces, Edith! ¡Dime! ¡Quién es tu jefe! ¡Quién orquestó todo esto!
– Orlac. El misseliano que trató de invadir Viña del Mar hace un tiempo atrás.
Próximo capítulo: “Durmiendo con un extraño”.
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