“Durmiendo con un extraño”
Arriba del bus, Ludwica sentía asco de su cuerpo. Trataba de controlarse, pero a ratos no podía evitar retorcerse. Había practicado el sexo casual alguna vez, pero siempre de manera consensual. Consensual a medias en una ocasión con mucho alcohol, pero nunca por la fuerza. Ahora era diferente. La criatura que había estado con ella, que la había penetrado y embarazado, no era Leoncio. Era una criatura fabricada por Orlac, seguramente para controlarla. ¿Qué o quién era Orlac? Edith había dicho que no lo sabía, pero bien podía estar mintiendo. En cualquier caso, Orlac no había trepidado en enviar a un violador para someterla. Al pensar en sí misma con su cuerpo hollado, y portando en su útero una presencia extraña, quizás maligna, no pudo evitar el llanto. A su lado había una señora de edad, que al verla, trató de confortarla, y le pasó algunos pañuelos desechables para que se enjugara las lágrimas y sonara. Pero nada de eso borraba el que Ludwica, cuando pensaba en su propio interior, en sus entrañas, su mente, se sintiera podrida, corroída, como si careciera de otra víscera que no fuera una enorme y extensa tumefacción negra devorándolo todo como un racimo de uvas enmohecidas.
El olor de Leoncio, pensó Ludwica. Edith había dicho algo sobre el olor de Leoncio...
Tocó la puerta. Patricia vaciló en abrir, pero Melinda se apresuró a hacerlo. Ludwica entró en la casa sin ver ni saludar a nadie, sólo llamando y gritando:
– ¡Goloso! ¡Minmei!
– ¡Ludwica! – gritó Patricia.
– ¡Pero qué te pasa! – preguntó Melinda, preocupada.
– ¡Ludwica, no puedes llegar y entrar así...! ¡¡¡LUDWICA!!! – remachó Patricia.
Salió Leoncio de su pieza.
– ¡Ludwica, pero...! ¡Qué te pasa...!
– ¡Quítate! – gritó Ludwica, empujándolo. Vio a Goloso dentro de la pieza de Melinda y entrando a saco, le dijo: – ¿Huele Leoncio distinto que antes? ¿Que... el Leoncio de antes...?
Leoncio miró a Ludwica con los ojos desorbitados, desde la puerta. Iba a hacer algo, pero Melinda lo atajó.
Goloso y Minmei se miraron, y ambos de cosuno miraron a Ludwica con ojos melancólicos. Luego miraron a Leoncio, vacilaron un instante, después de lo cual saltaron arriba de la cama. Era el código por el cual comunicaban una respuesta “SÍ” a cualquier cosa que les preguntaran.
– ¿Huele mejor?
Los dos gatos saltaron al velador, y luego a la cama. Otro sí.
Ludwica miró a Leoncio y le dijo:
– ¡Leoncio, quién eres!
– Ludwica... Lo acabas de decir. Soy Leoncio... el padre de tu hijo...
– Sí, el padre de mi hijo, eso eres... Pero QUIÉN eres. ¡Edith me lo dijo...!
El rostro de Leoncio cambió y se ensombreció.
– El Leoncio que conocí, el que estudió Derecho uno o dos años, sabía algo de leyes, y tú no sabes nada, ni por ser hijo de un abogado. El Leoncio que conocí tenía más carácter, y tú eres más blando...
– ¿No es así como querías que yo fuera...?
– ¡Ludwica, qué pasa...! – soltó Melinda, preocupada.
– ¡Pasa que... Orlac se metió en mi cabeza, de alguna manera! ¡Sustrajo recuerdos de mi pneuma, y clonó a Leoncio! En un espejo... ¡El espejo de Basanio Urmeneta! ¡Sí, eso es! ¡El espejo de Basanio Urmeneta estaba trizado! Y entonces... entonces... ¡Creó un clon de Leoncio, y lo implantó en un universo paralelo que es exactamente como yo hubiera querido! ¡Me quería sacar de la jugada! Pero le salió mal. Yo me empeciné en regresar. Y...
Leoncio, desconcertado, miró hacia un lado. Todos se quedaron perplejos de la actitud de él, hasta que de pronto entendieron que estaba mirando a un espejo.
– ¡Pero qué...! – dijo Ludwica.
Fue cosa de un instante, apenas un impulso sin meditarlo. Ludwica llegó y saltó a través del espejo.
Una bruma verde familiar la envolvió. Ya no estaba en la Tierra, ni siquiera estaba en el Pabellón del Norte. Ahora estaba de regreso en el Pabellón del Sur, en donde alguna vez había estado con Genaro. Sólo que a su alrededor había un conjunto de fantásticas formas construyéndose y deconstruyéndose a velocidad lenta pero constante, cuerpos de geometrías fantásticas que serían inconcebibles en la topología terrestre.
Leoncio apareció detrás suyo.
– Vámonos, Ludwica – dijo Leoncio, con calma. – No podremos salir de aquí.
– ¿En dónde estamos? ¿Te estabas comunicando con alguien a través del espejo? – preguntó Ludwica.
– Se estaba comunicando conmigo. En una frecuencia distinta a la que utilizan ustedes los humanos. Ludwica, yo soy Orlac. Y te plantearé una cuestión muy simple. Unete a mí. He reunido una enorme cantidad de poder, y cuando regrese a Corona de Amenofis, conquistaré el mundo con él. Rasgaré la superficie terrestre hasta convertir tu planeta en un nuevo Missel. Si te unes a mí, reservaré un lugar para que estés con Leoncio.
– ¡Este no es Leoncio! ¡Es apenas un clon! ¡Pero no es el Leoncio de verdad!
– ¡No seas tonta, niña! ¡Este Leoncio es MEJOR que el Leoncio real! ¡Es un Leoncio fabricado a partir de tus recuerdos y deseos! ¡Es Leoncio TAL Y COMO SIEMPRE QUISISTE QUE FUERA! La mayor parte de las personas se pasan la vida entera buscando a su alma gemela. Yo pude FABRICAR un alma gemela para tí. Es posible incluso fabricar un universo entero para ti, tal y como el universo en donde viviste.
– ¿Y qué pasará con la gente a mi alrededor? ¿Con Melinda, con Goloso, con Minmei, con...!
– Yo no soy una persona cruel, pero ellos me estorban. Te prometo que será rápido y con el menor dolor posible.
– ¡Leoncio! – dijo Ludwica, volviéndose hacia éste. – ¡Está amenazando con matar a tu hermana Melinda! ¡Tu hermana!
Leoncio miró a Ludwica con ojos tristes. Su voz sonó opaca, apagada, casi moribunda.
– Pero, Ludwica... Melinda NO ES mi hermana. Yo no soy Leoncio, ¿recuerdas...? Y si dejo de obedecer a Orlac... El me va a destruir. Quizás yo sea un clon, quizás yo no sea el original... pero quiero seguir viviendo. No tengo más remedio que obedecer a Orlac. Ludwica... por favor... ¡Ríndete! ¡Ríndete, permanezcamos juntos, seamos una familia tú y yo...!
– Yo amé, y parece que todavía amo... A Leoncio. Y tú lo dijiste. Tú no eres Leoncio. Yo estuve durmiendo todo este tiempo con un extraño que... me manoseó. Pero ya no más. No, Leoncio, no me voy a rendir.
– Te va a matar, Ludwica.
– No lo hará. Tengo al bebé. Mi bebé es demasiado valioso para Orlac. Sólo que tendrá que pensar en la manera de extraérmelo, ¿no? No me puedes matar en una buena cantidad de meses.
Orlac sonrió significativamente.
– Sólo el tiempo que me tome preparar un pabellón quirúrgico. O lo que es su equivalente aquí en el Pabellón del Sur... Leoncio... deténla. Voy a preparar un cuerpo humano en blanco. Extraeré todo el pneuma de tu embrión, Ludwica, y lo inocularé en el cuerpo en blanco. Terminarás cargando un embrión muerto, pudriéndose en tu interior, Ludwica... después de lo cual me implorarás que te mate, una muerte más rápida que podrirse carcomida por tu propio feto muerto. Y lo haré, Ludwica, no te preocupes. Como te dije, no soy una persona cruel.
Ludwica trató de moverse, pero sintió que no podía. Leoncio la estaba mirando. Y entendió. La telekinesis de Leoncio era mucho más fuerte que la de Ludwica. Había caído en la guarida del enemigo, y ahora ya no tenía medios de escape. Perdería su bebé, y luego perdería la vida. Y todo eso, sabiendo que sus amigos en Corona de Amenofis serían los siguientes.
OxxxOxOOOxOxxxO
Rubén, amarrado y medio desfalleciente, sintió que los pasos se acercaban con más fuerza que de costumbre. ¿Acaso vendrían a rescatarle?
Su esperanza se desvaneció cuando la puerta se abrió, y descubrió a Vania, hecha una furia. Ella se instaló con las dos manos apoyadas en la silla, con la cara mirando de manera directa al hombre, cuyo hedor era pestilente por los días sin baño, y por haberse orinado más de alguna vez en sus propios calzoncillos.
– De manera que eres un impostor, ¿verdad? – preguntó Vania.
– Te lo dije... – soltó Rubén, muy débil. – ¡Por favor, suéltame, deja que me vaya!
Vania sacó de su bolso un timbre, y entintó el dedo pulgar de Rubén. Luego, imprimió la huella en un papel, mientras decía:
– Me costó un dolor de cocos conseguirme un documento de Aníbal Aquino para comprobar. Ahora veré que seas... Veamos... ¡Maricón de mierda, tus huellas ni siquiera se parecen a las de Aníbal!
Estaba tan frustrada, que le descargó una fiera bofetada a Rubén, que seguía amarrado.
– Mira, hueón, debería matarte aquí mismo para que no vayas afuera con el cuento de lo que pasó aquí – dijo Vania. – Pero, ¿sabes? Voy a hacer una cosa mejor. Tengo algunos problemas de dinero, ¿ves? Y tú no puedes ir y hablar allá afuera, porque o si no, te mando a la cárcel como suplantador. Así es que, vas a salir caminando, y me vas a pagar una generosa suma por mi silencio, para que no le diga al mundo que Aníbal Aquino es un impostor. ¿Entendido...?
Rubén asintió, asustado.
– Lo que tú quieras. Sí, te pagaré. Lo que quieras.
– Y recuerda que tengo una pistola en mi bolso, así es que si te pasas de listo, te pego un tiro. ¿Estamos...?
– Estamos – dijo Rubén.
Vania desamarró a Rubén. Este apenas pudo pararse, por el hambre, y por los días de estarse inmóvil.
– Empieza a caminar – dijo Vania, al verlo un poco más firme sobre sus piernas.
Pero antes de que Rubén pudiera obedecer, se sintieron carreras apresuradas en el corredor. Vania sacó la pistola, lista para disparar, pero dos hombres de terno se colocaron en el umbral, cubriéndose con el mismo, y apuntaron gritándole:
– ¡Policía de Investigaciones! ¡Señorita, suelte esa arma! ¡Está bajo arresto por...!
– Dios, qué es ese olor... Huele como a cagadas de una semana – soltó el otro policía, claramente más joven y novato.
– ¡Oh, Dios! – dijo Vania, con gestos exhuberantes, y tirando el arma al suelo. – ¡Gracias al Cielo que llegaron...! Este pobre hombre estuvo secuestrado no sé cuántos días... Me enteré hace poco de lo que le habían hecho, y...
– Y... usted, qué es de él...
– ¿Yo? – preguntó Vania, con su expresión más inocente, y luego se le acercó con ternura infantil a tomarle el brazo. – No quería que se supiera, imagínese el escándalo... Yo soy su amante...
Rubén se quedó atónito, pero recordó que si los detectives investigaban demasiado, todo se vendría abajo. De manera que contestó rápido, tratando en vano de no sonar estúpido:
– Sí, ella es mi... amante. Por favor... no le digan a mi esposa. Ella... podría preocuparse...
OxxxOxOOOxOxxxO
En su celda, Vania se echó a un lado. Habían algunas pandilleras, que apenas la miraron, se le acercaron.
– Casha esta hueona... Mira... Toa pinturita la coma're...
– Oye hueona... ¿qué te gusta...? ¿Platano-tortilla...?
– No la hueíh... Se casha que's señorita... Aunque puta, a esta hueona igual me la chupo entera...
– Puta que soy maraca, hueona, ¿ah? – se rio otra pandillera...
Vania se echó hacia atrás, inconscientemente. Le gustaba la acción con hombres, y también la acción con mujeres, pero su preferencia iba hacia los seres humanos bien aseados. Las chicas parecían no haberse duchado quizás en una semana.
– Oye, hueona, déjala en paz – dijo otra más atrás, una chica que quizás fuera cuarentona, prematuramente envejecida, y con el pelo teñido de rubio intenso con raíces profundamente negras.
– ¡Quitipáh, hueona...! Con nosotros no te metíh, ¿ah?
– Puta, hueona, déjala, ¿cashái? Yo la conozco. Era cliente.
– ¿La hueona era cliente tuya...?
Vania miró con más atención a la mujer. Sí le era cara conocida, después de todo...
– Mira, hueona, si la dejái en paz... Le doy media hora a cada una. Sin cobrar. O una hora de a tres. ¿Tai bien...?
Las pandilleras se miraron entre sí.
– Ya, hueona... Igual salvái to'avía. Pero...
Se volvieron hacia Vania.
– Por esta hueona te salvái, ¿ah? Haz que le valga la pena, maraca.
La mujer se acercó a Vania.
– Puta que son hinchacocos estas maracas... Oye... Voh soi Vania, ¿no?
– ¿Nos conocemos?
– Voi estái más crecía, pero no te acordái de mí. Yo trabajé para Chilean Sexy Dreams, como por los noventa por ahí... ¿No te acordái que yo le gustaba a tu viejo? A Federico Mestrovic...
Vania la miró, y de pronto recordó.
– ¿Charló...? ¡Puta, hueona, qué te pasó...!
– Me ha ido mal, hueona... O sea, ya no estoy una loli, y en esta pega la edad te pesa... Oye... ¿Voh qué estái haciendo acá?
– Me están acusando de secuestro y asesinato – dijo Vania.
– Puta qué mala cue'a. Pero igual, hueona... ustedes tienen plata, ustedes siempre se zafan... Es a uno que... Salvo que me ayudís un poquito, hueona... Yo te ayudo, tú me ayudái, ¿cashái...? Y a todo esto, ¿Por qué no hacís tu llamada, hueona?
– Mi llamada – dijo Vania. – ¡Mi llamada, mierda, no la he hecho!
Ahora sí que estaba hasta el cuello, de manera que la única llamada posible era hacia la antigua dueña de Chilean Sexy Dreams, hacia Almendra Caballero... Y quién sabe, tener al lado a la Charló hasta la ayudara y todo...
OxxxOxOOOxOxxxO
Almendra Caballero estaba saliendo desde la oficina de Ibis Blanco en el Edificio Acrópolis, cuando de pronto se le arrojaron a la carrera unos hombrones. Antes de poder hacer nada, uno de ellos se abrió la chaqueta y le mostró un arma.
– Qué quieren...
– El bolso – dijo uno de ellos, y lo tiró a la fuerza.
Después de lo cual, salieron corriendo.
Almendra Caballero se quedó quieta en su sitio, en shock. Su netbook iba adentro. Con mucha información de importancia. Mucha de ella con respaldo, pero otra...
Una cuadra más allá, arriba de un vehículo, los dos hombrones abrieron la bolsa. Un celular estaba sonando en su interior.
– Una tal Vania...
– Déjalo, hueón. Que no se enteren todavía.
Algo más allá, uno de los hombrones sacó el teléfono celular.
– El paquete va en camino.
Y colgó.
El vehículo era amplio y macizo, estaba pintado de color negro, y tenía los vidrios polarizados.
En Santiago, en una oficina del SERCOEX, Anastasio Montes informaba a Eugenio de la nueva.
– Cuando tengamos el paquete – comentó Anastasio Montes, – vamos a tener a esa maraca cogida de las pelotas.
OxxxOxOOOxOxxxO
Los tres hombres de terno apenas alcanzaron a mirar a un costado, cuando de pronto fueron chocados de frente por otro vehículo igualmente masivo, que los hizo volcar. Trataron de salirse y sacar sus armas, pero los otros ya iban a por ellos, y no les dieron tiempo a nada: dispararon varios tiros, y dispararon a matar.
Luego de dejar los tres cadáveres tirados, los atacantes sacaron el bolso y se lo llevaron a su propio vehículo. Uno de los matones hizo su propia llamada.
– Lo tenemos – dijo.
– Muy bien – contestó Lisa, al otro lado de la línea telefónica. Contratando matones para seguir a Almendra Caballero, había descubierto que ella era seguida a su vez por otros. Esperar a que ellos actuaran, había sido la mejor decisión.
Ahora, Almendra Caballero creería que los primeros asaltantes eran los responsables. Nadie apuntaría hacia Lisa. Ella sabía que Almendra Caballero le ocultaba cosas, y cuando llegara al fondo de éstas, nada ni nadie impediría que Templemann la ajusticiara. Y Lisa heredaría rápido su posición.
OxxxOxOOOxOxxxO
Genaro llamó al celular de Edith, y le había gritado:
– ¡Qué fue lo que le dijiste a Ludwica! ¡Dicen que ella llegó muy alterada a Corona de Amenofis, y que después desapareció!
– Está bien, Genaro – dijo Edith. – Te daré toda la información sobre Paula. Quiero...
– ¡No quiero saber nada de Paula! ¡Quiero saber si Ludwica está en peligro!
Edith frunció el labio. Sólo le quedaba confiar en los amigos de Ludwica. Quizás ellos pudieran ayudarla.
– Dile a los amigos de Ludwica que tengan cuidado con Leoncio. Que Leoncio no se acerque a Ludwica.
– ¡Pero si Ludwica desapareció en la casa de Leoncio!
– ¿Qué? Genaro... Háceme un favor. Sal de Corona de Amenofis. Ahora. Voy para allá.
– ¡Pero tú...!
– ¡Hazlo!
– No. Quiero saber qué es lo que pasa, Edith.
– Parte de mi trabajo es cuidarte, Genaro. Y no quiero que te pase nada. Por favor... Haz lo que te pido. Supongo que esto era inevitable, y que tendré que ir a hacerme cargo. Genaro... No quiero que estés en la línea de fuego.
– ¡Edith, qué vas a hacer...! ¡Edith...! ¡Edith...!
Pero ella había colgado.
Cerca de media hora después, Edith apareció en Corona de Amenofis.
– Por favor – le dijo al guardia de seguridad. – Quiero hablar con Yasna.
– ¿De parte de quién...?
– De Edith... Eh... No importa. Dígale que es sobre la máquina que construyó el portal para que Orlac cruzara a través de Corona de Amenofis.
– ¿Sobre qué?
– ¡Dígaselo!
– Señorita yo no... – dijo el guardia, pero se detuvo en seco cuando Edith sacó una pistola y le apuntó a la cabeza.
Nervioso, el guardia llamó. Edith repitió las palabras “portal para que Orlac cruzara a través de Corona de Amenofis”. Luego, al recibir respuesta afirmativa por parte de Yasna, la hizo pasar.
Yasna y Basanio Urmeneta salieron a recibir a Edith.
– ¿Quién es usted...?
– Me llamo Edith. Yasna, dónde está Ludwica.
– Ella... desapareció.
– ¿De su propio cuarto?
– ¿Cómo lo sabe...?
– Yasna... Si eso sucedió, entonces Ludwica está en el Pabellón del Sur. Y si no conseguimos rescatarla... Orlac la matará.
Próximo capítulo: “Operación de rescate en el Pabellón del Sur”.
0 comentarios:
Publicar un comentario