“Operación de rescate en el Pabellón del Sur”
Magdalena Monteverde no juzgó necesario enterar a Rubén de la llamada telefónica; ya bastante tenía el pobre hombre con haber sido liberado de su cautiverio. De manera que optó por llamar a Fiodor. Estaba enojada con él debido a la poca eficiencia mostrada en investigar el paradero de Rubén cuando éste había sido secuestrado, pero por otra parte, era el único al interior de Corona de Amenofis con quien se podía contar.
– Doña Magdalena, dígame – dijo Fiodor.
– Fiodor, hace unos minutos atrás me llamó el guardia de Corona de Amenofis. Dijo que una mujer desconocida le apuntó con un arma para entrar y le dijo algo sobre una máquina y un portal. Y que Yasna hizo entrar a la mujer. Quiero que vayas e investigues qué está pasando, y me informes tan rápido como puedas.
– Sí, señora – escupió Fiodor de manera casi militar. Luego colgó, y llamó a Aníbal Aquino.
– Dime – dijo éste.
Fiodor le informó brevemente de los sucesos. Aníbal Aquino le ordenó vigilar la situación, y espiar de paso al grupo para investigar cualquier nuevo desarrollo de los eventos.
De inmediato Fiodor cortó su teléfono celular, tomó su propia pistola, se la colocó bajo la chaqueta, y salió hacia el departamento de Yasna.
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En el departamento de Yasna, el grupo de Ludwica y Genaro estaba reunido. Sin Ludwica, lo que era la causa de la reunión, y con Genaro, lo que no era lo que Edith deseaba. El grupo entero miraba a Edith con desconfianza. Ella torció una de las comisuras de sus labios. Había sido ingenuo de su parte tratar de alertar a Ludwica, y que las cosas no se salieran de control. Recordó los tiempos antiguos. Quizás por eso, su vida había sido tan plomiza hasta el minuto. Las cosas tendían a resultarle bien cuando obraba con calma, con cautela, cuando dejaba todo transcurrir. Lo inteligente hubiera sido sacrificar a Ludwica.
Pero eso no era lo correcto. Hacer lo correcto, recordó, siempre tiene costos.
– Muy bien. Ahora dinos quién eres – dijo Melinda.
Edith miró con cariño a la chica. Era aún una preadolescente, pero tenía el porte y la capacidad para ser una futura líder.
En ese minuto tocaron la puerta. Yasna fue quien abrió.
– ¡Fiodor!
– Yasna... ¿Qué está pasando aquí? ¿Quién entró con una pistola a Corona de Amenofis?
– Eh... Nadie.
Fiodor se abrió la chaqueta, mostrando su propia arma.
– No me vengas con tonteras, Yasna.
– ¿Qué te pasa, Fiodor?
Basanio Urmeneta, como buen galán a la antigua, acudió a la puerta para defender a su amada. Al ver esto, Genaro sintió un nudo en la garganta, pero no trató de intervenir. Basanio Urmeneta inquirió con suavidad, pero firmeza, a Fiodor.
– Quiero a la mujer que tiene una pistola. Sea quien sea – dijo Fiodor, al ser interrogado así. Y como Basanio Urmeneta tratara de farfullar algo, Fiodor lo interrumpió, abriéndose la chaqueta por segunda vez para mostrar el arma: – Orden de Aníbal Aquino. No quieres que llame al guardia para que me apoye, ¿verdad?
Al escuchar esto, Melinda, que también estaba pendiente de la puerta, no perdió tiempo en tomar su teléfono celular, y llamar a Aníbal Aquino, con quien estaba encargada de entenderse (ignorando, por supuesto, que no había hablado con Aníbal Aquino sino con Rubén). Pero el celular no respondía, de manera que lo dejó.
– Déjenlo pasar – dijo finalmente Edith.
Al verlo pasar, Edith lo miró, y sonrió.
– Vaya, has crecido, Fiodor. Ya eres todo un hombre.
– ¿Nos conocemos...? – replicó Fiodor, descolocado por el piropo procedente de una mujer atractiva.
– Mi jefe es Orlac – dijo Edith. – El ha estado vigilando Corona de Amenofis desde hace mucho tiempo. Y quiere utilizar a Corona de Amenofis como su trampolín para invadir el mundo. Para eso ha movido varias piezas a su alrededor. Entre ellas, vigiló a las devi para que trajeran otro dispositivo APTED a Corona de Amenofis, para provocar un megaterremoto. Pero eso... eso conseguí impedirlo. La devi en cuestión... no les diré qué hice con ella. De verdad no quieren saberlo.
– ¿Y para qué quiere Orlac provocar un megaterremoto?
– Orlac investigó el destino final del planeta Missel. Las comunicaciones con Missel se cortaron porque Missel, en efecto, fue destruido por la Progenie de Imagocoyotl. Bueno, eso pasó hace miles de años, pero el puente a través del cual viajábamos entre Missel y la Tierra había quedado interrumpido después de la explosión nuclear que barrió Misseldavia. De manera que Orlac ahora quiere destruir la superficie terrestre, rasgarla para que emerja la lava, y convertir a todo el planeta en un nuevo Missel, en donde los misselianos podamos vivir de nuevo. Con nuestros cuerpos originales.
– Eres una misseliana – dijo Melinda.
– Orlac ha tenido muchos nombres – dijo Edith, ignorando el comentario de Melinda. – En Missel era Séller, pero acá en la Tierra, el Dominio le puso Isócrates. Los más viejos acá en Corona de Amenofis lo recuerdan, seguro. Tú, Genaro, creo.
– ¿Isócrates? – saltó Genaro. – ¡Claro que lo recuerdo! ¡Trató de hacerme creer que yo era el Cristo de los 2000 Años!
Los ojos de Yasna se nublaron. Esa mentira era la base de la religión del Genarismo, que era la profesada por el imperio de Andinia en el futuro desde el cual Yasna procedía.
– Pero Isócrates murió durante la invasión de la Progenie de Imagocoyotl – dijo Genaro. – ¡Cómo...!
– Isócrates era uno de los más destacados investigadores respecto del pneuma. Descubrió la manera de preservar el pneuma, y de alguna manera, no entiendo bien cómo, consiguió salvarse a sí mismo creando un duplicado en un universo paralelo al nuestro que se llama el Pabellón del Sur. Es allá donde tiene prisionera a Ludwica, según pienso.
– ¿Y para qué quiere a Ludwica?
– Porque los poderes de las personas con genes salvajes, como Ludwica por ejemplo, se basan en la manipulación del pneuma. Y Ludwica se ha vuelto demasiado poderosa, y capaz de bloquear sus planes.
– No te creo – dijo Fiodor. – Supuesto de que todo eso fuera verdad... ¿Para qué traicionaste a tu jefe, para ayudarnos? Si eres una misseliana, entonces te convendría que Orlac o Isócrates o como se llame, se saliera con la suya, ¿no?
Edith miró significativamente a Genaro. Luego miró al grupo entero y respondió:
– La Tierra es muy distinta a Missel. Algunos misselianos consiguieron adaptarse, otros no. A mí me gusta la vida en la Tierra. Hay cosas que existen acá y que no existen en Missel. Ahora, todo eso está en peligro por la desestabilización de los sistemas de control instalados por los misselianos a través de la Tierra. Debemos impedirlo. Debemos impedir que Orlac se salga con la suya. Y debemos rescatar a Ludwica porque la necesitamos y porque... es nuestra amiga, ¿no?
– Si tú dices que es tu amiga... – dijo Melinda, y su voz no estaba exenta de algo de celos.
– Pero cómo la vamos a rescatar – dijo Genaro.
– Yasna... ¿tienes todavía el aparato que te pidió construir Klunn?
– No. Lo destruí.
– ¿Qué tan rápido lo puedes reconstruir?
– Meses.
– ¿No existe otra manera de viajar hasta el Pabellón del Sur? Recuerdo que una vez estuve allí, con Ludwica. Cuando caímos inconscientes por alguna razón – dijo Genaro.
– Cuando explotó el dispositivo APTED – dijo Edith. Y luego, su rostro se iluminó. – Genaro, tú viajaste al Pabellón del Sur con la mente, o con el pneuma. Yasna, tú has viajado desde el futuro. Basanio, usted ha viajado desde el pasado. Los cuatro hemos hecho viajes de manera pneumática. Eso nos otorga algo que Orlac llama la “caparazón pneumática”. No sé cómo funciona, pero dice que es como una vaina que podría hacernos viajar entre dimensiones. Y yo tengo escondido el dispositivo APTED que la devi estaba trayendo a Chile. Podemos ir a rescatarlo, y si... Yasna... ¿podrías ajustarlo?
– Podría hacerlo, pero si el Pabellón del Sur es un universo paralelo, entonces... Podríamos ir a parar al azar hasta... Espera... Tengo un lector de pneuma casi completo. Podría utilizarlo si tuviera alguna manera de rastrear el pneuma de Orlac, o de Leoncio, o de Ludwica. Si tuviera de alguna manera la impresión pneumática de alguno de ellos...
– El dispositivo APTED funciona captando pneuma alrededor, para después manipularlo. Si pudieras separar las lecturas pneumáticas propias de Leoncio... su propia caparazón pneumática.
– ¿Y por qué ibas a tener las lecturas pneumáticas de Leoncio el dispositivo APTED...?
– Porque Leoncio y yo trabajábamos juntos para Orlac. El doble de Leoncio, por lo menos. Y fue él quien me ayudó a asesinar a la devi, y esconder el dispositivo APTED.
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Una hora después, el grupo conformado por Edith, Genaro, Yasna y Basanio Urmeneta había viajado hasta el escondite elegido para el dispositivo APTED, en el camino entre Viña del Mar y Santiago; una vez en el lugar, Yasna había trabajado un montón en tratar de hacerlo funcionar. En teoría se podía... con la cantidad de recursos y tiempos adecuados. Pero trabajando bajo presión, con aparatos tan toscos y primitivos, la labor era apenas precaria. Basanio Urmeneta colaboraba con Yasna, muy interesado en el trabajo, aunque su efectividad era mínima porque apenas entendía de mecánica automotriz del siglo XX, y menos estaba familiarizado con los principios relativos a la pneumática, en los que por otra parte Yasna tampoco era una experta al nivel de quienes habrán desarrollado tales técnicas en Andinia, en el siglo XXII.
Genaro, por mientras tanto, se acercó a Edith.
– Edith... Bueno... A veces he sido un poco pesado con Ludwica, y como me hago viejo, también soy un poco más cascarrabias... Pero la aprecio a pesar de todo. No sé, si ella se convirtiera, quizás fuera una buena cristiana. Es una chica de buena voluntad, en todo caso. Pero... a lo que quería llegar... Edith, puede que no volvamos de ésta, así es que... lo diré. También voy porque quiero ayudarte. Porque creo que podría haber algo entre nosotros, si nos das el espacio a tí y a mí.
– Genaro... – dijo Edith, y había tristeza en su mirada. – Apenas nos hemos visto unas pocas veces, apenas hemos conversado... ni siquiera me conoces. No deberías enamorarte así de rápido.
– Edith... Por favor, no me digas que no... Al menos dime que, si volvemos vivos de ésta, me... darás una cita...
– No, Genaro, no lo haré – dijo Edith con firmeza.
Genaro, por toda respuesta, hizo algo que había estado meditando bastante rato. Una mirada de soslayo hacia Yasna, quien en ese instante le sonreía a Basanio Urmeneta, lo decidió. Por una vez en la vida, sería un hombre y tomaría a una mujer.
De manera que agarró a Edith con fuerza por los brazos, y la aproximó de un tirón.
Y la besó.
O la besó hasta donde alcanzó. Porque la bofetada de respuesta fue directa, rápida y automática.
Genaro se quedó herido y desconcertado. Y quieto.
Edith tembló.
– Disculpa, Genaro. No debí hacer eso – dijo Edith, e hizo un gesto nervioso tratando en vano de disimular su nerviosismo.
En ese minuto, se acercó Basanio Urmeneta. Con la indecisión de quien no quiere incomodar, pero con el arrojo de quien es un caballero a la antigua que hace lo correcto, dijo:
– Yasna me dice que hay un problema. Puede hacerlo funcionar si tuviera la potencia suficiente, pero... no la tiene.
– ¿Electricidad? – preguntó Genaro.
– Pneuma – dijo Edith. – Necesitamos sacar pneuma de algún lado.
– La única fuente de pneuma que conozco es que agarremos el dispositivo APTED, lo llevemos a Corona de Amenofis... e inventemos una manera para enchufarlo a la palmera ésa, al sistema de control – dijo Yasna.
– Suena un disparate – dijo Basanio Urmeneta.
– No lo es. De hecho, se puede – dijo Edith, y luego se volvió hacia Genaro. – Tus poderes de sanación, Genaro. Esos que te niegas a usar. Ahora tienes que usarlos, tienes que poner toda tu voluntad en hacerlo.
– ¿Y a qué voy a sanar? – preguntó Genaro.
– A la palmera que es el sistema de control. Vas a manipular el pneuma a su alrededor, vas a usar al pneuma alrededor de APTED como dispositivo amplificador... y vas a fabricar el portal en el mismísimo Corona de Amenofis.
– ¡Pero mi poder...!
– ¡Genaro, he estado en el otro lado, he visto las investigaciones de Orlac, y te digo que tú puedes! Tú mismo te has cohibido, te has asustado, y por eso tu poder no se manifiesta. Pero debes hacerlo. O de lo contrario, Ludwica se va a quedar atrapada para siempre en el otro lado.
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Otra hora después, el grupo había regresado de vuelta hasta Corona de Amenofis, y había instalado el dispositivo APTED en mitad del patio. Era de un tamaño regular, pero había funcionado. Fiodor había inquirido acerca de todo, y el grupo le había comentado sumariamente la situación. Al escuchar todo, Fiodor se quedó asombrado. Por supuesto que Fiodor ya estaba en Corona de Amenofis cuando los poderes curativos de Genaro se habían manifestado, pero en ese tiempo Fiodor era un adolescente que no tenía otras preocupaciones sino las consolas, el chat y su polola Misa, viva por ese entonces.
– Genaro... ¿de verdad eres capaz de sanar gente? – preguntó.
Genaro asintió, resignado a lo inevitable.
– Genaro... Don Genaro... – dijo Fiodor, con respeto, casi implorando. – Ya sabe usted que mi madre está... bueno, está enferma... Cuando vuelva... por favor... se lo pido... Sánela, por favor... Por favor...
Genaro miró a Fiodor con honda compasión. Ese chico pálido y hundido en su rogatoria no era el arrogante matón de hace un par de horas antes. Una punzada de dolor le invadió: Genaro recordó a doña Eduvigis, su propia madre muerta en la Masacre de Guiñaleufú. Podía entender el sentimiento de Fiodor: todo por su madre. Cualquier cosa. Lo que fuera. Casi ni pensó su respuesta, cuando se encontró asintiendo. Y se sintió satisfecho consigo mismo. Quizás su largo periplo espiritual estaba a punto de llegar a término.
– ¿Listo, don Genaro? – preguntó Yasna.
Genaro asintió.
Fiodor esperaba rayos, tormentas y truenos, y mucho ruido, como los efectos especiales de una película de Hollywood. En vez de eso, los cuatro seleccionados para hacer el viaje cayeron desmayados en el suelo del patio de Corona de Amenofis. Y eso fue todo. El guardia estuvo a punto de llamar a una ambulancia, pero Melinda le detuvo. El guardia, interrogante, miró a Fiodor, quien confirmó asintiendo con la cabeza. Ahora, sólo debían esperar.
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Una niebla verde que para Genaro era familiar, invadió todo alrededor del cuarteto. Pero ahora había algo diferente. Ahora parecía que el espacio, la habitación, el universo entero, estuviera construyéndose y deconstruyéndose a partir de la niebla, sin prisas, como debió haber sido el punto de vista divino en la época de los primeros versículos del Génesis.
– Por allá – dijo Edith, con mano experta.
El grupo se movió un poco. Para sorpresa de Basanio Urmeneta, que no estaba habituado a estas cosas, no debieron viajar mucho, cuando de pronto una estructura que bien podía ser un edificio enraizado en la tierra, o un polígono flotando suspendido en el firmamento, que se edificaba y derruía a sí mismo a partir de la niebla verde, los recibió.
Apareció Leoncio.
– Venimos a por Ludwica – dijo Edith con firmeza. – Leoncio, déjanos pasar.
Leoncio miró con furia a Edith.
– ¿No te das cuenta de que quiero vivir? – bramó. – ¡Eres una ingrata, Edith! ¡Traicionar a Orlac así! ¡Y todo para qué! ¡Para proteger a este sacerdote que ni siquiera es capaz de vivir como un hombre!
Edith miró a Genaro con angustia. Este a su vez miró a la mujer, desconcertado.
– ¿Quién eres, Edith? – preguntó Yasna.
Edith, por toda respuesta, abrió las manos y disparó algo que podía ser alguna clase de rayo verde en contra de Leoncio. Pero el rayo se deshilachó y deshizo antes de que alcanzara a tocar siquiera el pecho de Leoncio.
– ¿Tienes superpoderes? ¿Por qué no nos dijiste? – preguntó Yasna.
– Sólo aquí en el Pabellón del Sur – dijo Edith. – No en la Tierra.
Leoncio miró fijamente a Edith. Instantáneamente, ella salió volando, proyectada a una buena distancia hacia atrás.
Detrás emergieron Orlac y Ludwica. Ella se veía pálida, casi cadavérica, sin habla. Su mirada sólo cambió cuando miró a Leoncio, y ya no había amor ni preocupación, sólo el resentimiento más grande que podía existir en la vida.
– ¿Estás bien, Ludwica? – preguntó Genaro.
– No – dijo Ludwica, y a pesar de su debilidad, el rencor la hizo sacar su voz más amenazante todavía. – Genaro, sacaron el pneuma de mi bebé, lo depositaron en un cuerpo en blanco, y ahora tengo un feto cadáver dentro de mi. Me estoy pudriendo por adentro, y ya no hay nada que hacer por mi. Así es que... por favor... Maten a estos desgraciados. Mátenlos, acábenlos, dénme ese último gusto antes de que me muera. Por favor...
Yasna intentó acercarse a Ludwica, pero Basanio Urmeneta la detuvo: Leoncio parecía dispuesto a ir contra ella si hacía tal cosa. Genaro, por su parte, se acercó a Edith.
– ¿Estás bien, Edith? – preguntó Genaro.
Orlac frunció el ceño.
– Leoncio. Mátala – dijo.
Instantáneamente, Leoncio utilizó su telekinesis para levantar a Edith en el aire. Lentamente, la cabeza de la mujer empezó a girar. Edith gritó y chilló como Genaro no había escuchado nunca antes a una mujer. El cuello sonó, y Edith cayó al suelo, con la cabeza chueca, y los ojos sin vida.
– ¡Edith! – gritó Genaro, agachándose.
Yasna y Basanio Urmeneta se miraron a sí mismos, aterrorizados. ¿Cómo se peleaba contra tanto poder?
Leoncio los miró fijamente. Pero nada pasó. Yasna y Basanio Urmeneta miraron a Ludwica. Lo mismo hizo Leoncio. Ambos entendieron que Ludwica estaba utilizando sus últimos remanentes de vida para contrarrestar la telekinesis del falso Leoncio con la suya propia. Leoncio, por toda respuesta, le propinó un empujón telekinético a Ludwica, que la botó.
Mientras tanto, Edith y Genaro se acercaban caminando lentamente. El cuello de Edith ahora estaba bien, como si nunca el falso Leoncio se lo hubiera quebrado telekinéticamente en primer lugar.
– ¡Asombroso! – dijo Orlac. – Cuando intenté que fuéramos un equipo, Genaro, nunca pensé que ibas a llegar a ser tan poderoso. Genaro, tú y yo podemos hacer muchas cosas juntos. ¡Unete a mí! Hazlo, y le perdonaré la vida a tu madre.
– Mi madre está muerta – dijo Genaro, con resignada calma. – La mataron poco después que a tí, Isócrates.
Orlac se echó hacia atrás, con una enorme risotada. La vista de Edith se contrajo.
– ¡Genaro, pobre tonto! ¿Por qué crees que te enamoraste tan rápido de Edith? Te daré una pista. Edith eligió su nombre porque la primera letra era la misma que su nombre en la Tierra, el nombre que le dieron los misselianos.
Y como Genaro y Edith se quedaran clavados en su sitio, Orlac prosiguió.
– Genaro. Con la misma tecnología que utilicé para venir aquí después de mi muerte en la Tierra, copié el pneuma de tu madre Eduvigis en un cuerpo en blanco acá, y la resucité como Edith.
Genaro miró espantado a Edith, recordando haberla besado. A su propia madre. Ignorando el vínculo, pero...
– Mátalos de una vez, Leoncio – dijo Orlac.
Pero antes de que Leoncio pudiera hacer algo, fue empujado violentamente al suelo por una onda telekinética. Cuando se empezó a levantar, miró a Ludwica, quien ardía de ira, con sus últimas energías:
– ¡¡¡ME LOS LLEVARÉ A USTEDES DOS CONMIGO, Y ENTONCES MORIRÉ TRANQUILA!!!
Próximo capítulo: “El lugar más importante de la Tierra”.
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