lunes 28 de noviembre de 2011

Capítulo 5-19 - "El lugar más importante de la Tierra".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: Vania es arrestada por el secuestro de Rubén y la muerte de su marido. Lisa se ha agenciado el laptop de Almendra Caballero. Y Edith encabeza una misión de rescate al Pabellón del Sur, para salvar a Ludwica de las garras de Orlac. En dicho lugar, Genaro se entera de la verdadera identidad de la chica, mientras Ludwica por su parte agoniza debido a la operación a la que Orlac le ha sometido...

“El lugar más importante de la Tierra”

Ludwica emprendió un formidable ataque telekinético contra el falso Leoncio. Este, tomado por sorpresa ante la cantidad de energías remanentes que demostraba tener la chica casi moribunda, apenas pudo defenderse. Pero el falso Leoncio consiguió devolver el ataque. Ahora Ludwica misma se vio obligada a resistir con sus últimas fuerzas.

El propio Orlac quedó asombrado ante la resistencia de Ludwica, que a esas alturas del partido seguramente debería haber muerto. Un vistazo fugaz a Genaro le enseñó la respuesta: el antiguo sacerdote estaba alimentando con sus poderes de sanación a Ludwica, ayudando a mantenerla en pie contra el falso Leoncio. Este era más poderoso como telekinético que Ludwica, pero gracias a Genaro, ella tenía acceso a incontables reservas de energía, y eso a la larga podía darle la victoria. El falso Leoncio estaba demasiado ocupado luchando contra Ludwica como para además poder contender al mismo tiempo contra Basanio Urmeneta, Yasna y Edith, de manera que Orlac prefirió retirarse al interior de su laboratorio.

– ¡Se está escapando! – gritó Edith, llamando a sus compañeros con un gesto para ir en su persecusión.

– ¿A dónde va? – preguntó Yasna.

– Leoncio y yo no somos los únicos – preguntó Edith, y ante la posibilidad, Yasna sintió un escalofrío. Orlac podía tener literalmente un ejército a su disposición, si alcanzaba la cámara de los cuerpos en blanco.

Avanzaron por el laberinto de formas geométricas armándose y deconstruyéndose a partir de la omnipresente niebla verdosa alrededor. Edith no estaba demasiado segura de poder guiar a través del laberinto.

Orlac, por su parte, llegó hasta la cámara de los cuerpos humanos en blanco, y se dispuso a entrar, cuando una mano se engarfió sobre su hombro, y lo tiró de él, obligándole a darse la media vuelta. Apenas alcanzó a parar un golpe con una mano, pero la otra le alcanzó casi al mismo tiempo en la mandíbula, arrojándole al suelo.

Edith, Yasna y Basanio Urmeneta alcanzaron al hombre que acababa de derribar a Orlac, y se quedaron sorprendidos.

– ¿Tú? – preguntó Yasna. – ¡Pero, cómo...! Me dijeron que habías muerto en la Masacre de Guiñaleufú...

– ¿Quién? – preguntó Basanio Urmeneta, ante el hombre vestido como un boina verde, y con un corte de pelo que podría haberle venido bien a la película “Top Gun”.

– Joe Commando – dijo Edith.

– El mismo – sonrió éste, con una afabilidad y pachorra que para sí se la hubiera querido Errol Flynn. – Gracias por darme la oportunidad de entrar en el laboratorio de Orlac. Y ahora... a encargarse del villano.

– ¡Espera! – dijo Edith. – No lo mates. Orlac nos es más valioso vivo que muerto. Por sus conocimientos científicos.

– ¡Ludwica! – recordó Yasna. – ¡Ella todavía está afuera, peleando con el falso Leoncio!

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Mientras tanto, en el exterior, espoleado por la cantidad de energía pneumática que Ludwica estaba canalizando a través de sí, el falso Leoncio redobló sus esfuerzos por doblegarla. Y estaba a punto de conseguirlo. De manera que bajó un poco la presión, y aprovechó para enviar un golpe telekinético contra Genaro. Esto le permitió debilitar el vínculo entre los dos. Un poco de presión telekinética, y el falso Leoncio consiguió aplastar dentro del cerebro de Ludwica, los centros encefálicos responsables de sus poderes telekinéticos. Ella sintió entonces el dolor físico más desgarrador de toda su vida.

Genaro, en el suelo, trató de levantarse, pero duramente golpeado, apenas podía sanar a Ludwica. Ella emitía gritos inhumanos, sintiendo que algo dentro de su propio encéfalo pulsaba y presionaba su cráneo desde adentro, desintegrándolo.

– Pudimos haber sido felices, Ludwica – gritó el falso Leoncio, mientras sus ojos se inundaban de lágrimas que éste ni siquiera trataba de contener. – ¡Construí ese paraíso especialmente para ti! ¡Para que viviéramos juntos! ¡Un Viña del Mar como siempre soñaste que podríamos tener! ¡Hecho a la medida de tus sueños, escaneado desde tu propia huella pneumática! ¡Hubiéramos vivido los dos para siempre! ¡Felices!

– ¡En una mentira! ¡Porque no eres Leoncio! ¡Eres una mentira!

– ¡¡¡YO SOY MEJOR QUE LEONCIO!!! – gritó el falso Leoncio. – ¡¡¡YO NO SOY EL DE VERDAD, YO NO SOY EL LEONCIO QUE TE DEJÓ ATRÁS!!! ¡¡¡YO SOY UNO HECHO A MEDIDA TUYA, TAL Y COMO TÚ LO QUERÍAS!!! ¡¡¡UNO QUE ESTÁ PROGRAMADO PARA HACER LO QUE TÚ QUIERAS, PARA HACERTE FELIZ!!!

La presión dentro del cráneo de Ludwica cesó. Genaro, al límite de sus fuerzas, ya no podía alimentarla, de manera que las neuronas lesionadas dentro del encéfalo de la chica no estaban regenerando. Tampoco ayudaba que la mayor parte de las fuerzas de su cuerpo estaban luchando una batalla perdida en contra del feto que portaba Ludwica, ahora muerto gracias a la operación de Orlac, y que iniciando una incipiente necrosis, era un frente de batalla adicional para su sistema inmunológico.

– Lo que yo quiero es que MUERAS – dijo Ludwica.

Y se levantó una última, una postrera vez, mirando al falso Leoncio con todo el odio del mundo. Y descargó todas sus energías en contra suya.

El falso Leoncio, creado por Orlac para complacer y amar a Ludwica, cedió. Respiró, preparándose para morir, y no hizo ningún intento por defenderse.

La onda telekinética lanzada por Ludwica fue lo suficientemente potente como para rasgar la piel y los músculos del falso Leoncio, hacer saltar la sangre a través de las rasgaduras, romper los ligamentos de carne y arrancarlos como pulpa hacia el aire detrás, desintegrar los órganos vitales en una masa informe de color mortecino, y finalmente, rasgar hasta los últimos restos de la anatomía del enemigo desde sus huesos, dejando sólo algunos pedazos de carne sanguinolenta y algunos restos de tendones y articulaciones pegados en ellos. El esqueleto del falso Leoncio, un montón de huesos blanquecinos con restos de color marrón y rojo coagulado, se derrumbó sobre sí mismo.

Ludwica sintió que el mundo entero giraba a su alrededor, y se desplomó sobre el suelo, perdida por completo la voluntad de vivir. Sintió que sus ojos se cerraban, y que por fin, tranquila en ese instante, podía irse en paz desde la vida.

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Los precarios sensores de detección de pneuma que comenzaban a operar en los laboratorios de la Universidad Neoclásica Joachim Winckelmann, mientras tanto, llevaban un buen rato saltando. Almendra Caballero, sospechando que algo ocurría en torno al sistema de control de Corona de Amenofis, había acudido en persona allá, ignorando a Lisa por supuesto. Al enterarse de que Ludwica estaba debatiéndose entre la vida y la muerte, portando un feto muerto en su interior, no sólo arregló la hospitalización de la chica, sino que además hizo que un médico vinculado a la Universidad Neoclásica Joackim Winckelmann estudiara el caso.

Pero el principal responsable de que la chica siguiera viva después de haber regresado casi como un cadáver a Corona de Amenofis, era Genaro, quien a pesar del golpe telekinético del falso Leoncio, seguía haciendo lo imposible por transmitirle sus propias fuerzas curativas. Que Joe Commando hubiera regresado también ayudaba, ya que éste como una proyección de las fantasías infantiles de Ludwica, poseía energía pneumática que podía ser fácilmente canalizada hacia la chica.

– ¿Cómo es que pudiste regresar a Corona de Amenofis? – le preguntó Yasna a Joe Commando.

– Después de que me balearon en la Masacre de Guiñaleufú, Ludwica y yo fuimos arrancados de ahí. Pero entonces, no sé cómo... Ludwica y yo nos separamos. Yo acabé arrojado en el Pabellón del Sur. Pero ahí, no tenía cómo contactarme con Ludwica, debido a que Orlac estaba interfiriendo con mi camino hacia Corona de Amenofis. Además, parece que Ludwica ya no deseaba que yo estuviera con ella. Quizás... por el falso Leoncio. Y si ella no me quería cerca...

– Ludwica estuvo desaparecida varios meses, y apareció después en el fragmento de Megatitlán. Nadie sabe cómo sobrevivió ahí sin comer ni beber nada, pero... así pasó. Después estuvo de ida y de vuelta varias veces, encontró al falso Leoncio... Supongo que... lo siento, Joe, pero... – dijo Yasna. – Parece que sí. Con el falso Leoncio, Ludwica se olvidó de ti.

– Y cuando Ludwica descubrió quién era el falso Leoncio, me llamó de regreso – dijo Joe Commando. Pero no había resentimiento ni tristeza en su voz. Después de todo, Joe Commando era la proyección de las fantasías infantiles de Ludwica en torno a su necesidad de protección, y un protector incondicional no tendría tiempo para sentirse enojado, molesto o celoso respecto de la persona a la que debía proteger. En realidad, su tono era un tanto altisonante, parecido a los pulcros héroes de las series televisivas de dibujos animados de la década de 1980.

Al pensar en esto, Yasna sintió un poco de envidia. En el fondo, le habría gustado también su propio Joe Commando.

El médico de la Universidad Neoclásica Joackim Winckelmann salió desde la sala en que Ludwica estaba siendo atendida. Almendra Caballero se levantó.

– ¿Y bien, doctor Quezada?

– No lo sé... No me lo explico – dijo el doctor Quezada. – En realidad tendría que hacerle exámenes más profundos a la chica, pero eso... tendrá que esperar, eso supera lo que puedo hacer armado de un estetoscopio y las herramientas más primarias, o los exámenes que acá le han hecho por el minuto. Pero... lo único que puedo decir es que ambos muestran una voluntad de vivir que es única. De otra manera, la ciencia médica no puede explicar... algo así. Salvo otros exámenes, claro.

– ¿Ambos? – preguntó Almendra Caballero.

– Ludwica y el bebé – dijo el doctor Quezada. – Ambos están en condición delicada, y... la verdad... no sé qué consecuencias tendrá esto para el desarrollo neurofisiológico del bebé, o con qué secuelas pueda quedar. Pero el caso es que... el riesgo de pérdida parece haberse alejado, por el minuto al menos. Salvo que ocurra alguna crisis imprevista, que esas cosas pasan. Pero por el minuto...

Edith, que estaba presente con Genaro, miró a éste con orgullo. Era obra de Genaro, después de todo, que Ludwica y su bebé se salvaran. Yasna, por su parte, se abrazó a Basanio Urmeneta, y se rio con todas sus fuerzas, loca de alegría. Fiodor, que también se encontraba presente, sonrió con timidez. Joe Commando, por su parte, sonrió con autosuficiencia.

El doctor Quezada se disculpó por tener otros compromisos, se despidió, y dejó al grupo, no sin que Almendra Caballero le encargara seguir el monitoreo de Ludwica. Este, vinculado a través de la Universidad Neoclásica Joackim Winckelmann a las operaciones sobre el nuevo y sorprendente campo de la medicina vinculada al pneuma, asintió. Quizás, quién lo sabía, había hasta un potencial Premio Nobel de Medicina al final de esa línea de investigaciones...

Genaro se llevó aparte a Edith. Todavía le costaba aceptar que Edith era en realidad su propia madre, puesta por Orlac en un cuerpo más joven, quizás la mitad de edad que el propio cincuentón Genaro. Y así se lo dijo.

– Los conocimientos que nos puede entregar Séller, o Isócrates, u Orlac, llámalo como quieras... nos pueden ayudar mucho, hijo. Quizás hasta resolvamos de una vez por todas el maldito problema del sistema de control desestabilizándose.

– No quería hablar de eso, madre. Quiero decir... Aún no lo entiendo. Por qué... Esto. Quiero decir...

– Es una violación del orden natural de las cosas, del Plan Divino, ¿eso es? ¿Que una madre sea más joven que su propio hijo? – dijo Edith. – Sólo mi cuerpo es más joven. Mi mente... sigue siendo muy, muy vieja. Recuerda que yo fui una líder de la Rebelión en Missel, y después viví medio siglo acá en la Tierra, como humana... Y bueno, cuando morí y Orlac rescató mi cuerpo con... esa tecnología que él tiene, que él desarrolló o ayudó a desarrollar... Genaro... me gusta la vida en la Tierra. Es bonita, es agradable. No es como Missel... Bueno, Missel tenía otras cosas buenas. Pero... Missel se fue. Y quizás nunca lo acepté del todo. Yo luché por una causa, por una causa buena. O... no sé, parecía buena en ese tiempo. Ahora he tenido algo de tiempo para pensar... cincuenta años es bastante tiempo, ¿no? Orlac me dio esta segunda oportunidad, de volver a ser una guerrillera, de volver a ser quien fui en primer lugar. Y todo para protegerte a ti, a mi hijo. Genaro... esa oportunidad yo tenía que tomarla. Por tí y por mi.

Genaro asintió.

– Sólo que... bueno... me gustaste, y ahora... me siento ridículo. Mi propia madre... – sonrió él, con tristeza.

Edith sonrió. Al menos, Genaro se lo estaba tomando con humor. Aunque como madre, podía ver la tristeza más allá de la máscara de conformidad con los hechos que mostraba su hijo.

– Sigo teniendo la dirección de Paula, Genaro. Era una manera de... sacarte de Corona de Amenofis si es que...

– Lo sé, ahora lo entiendo, madre – dijo Genaro. – Pero no. ¿Qué le voy a decir después de cuarenta años? ¿Que hace cuarenta años atrás no me la jugué, y que dejé pasar la vida entera para ir hacia allá? Además... está Dios. Madre... aunque ya no sea sacerdote, sigo sintiendo que Dios tiene un plan para mí. A lo mejor, es un plan bueno o un plan malo. A lo mejor soy el Cristo de los 2000 Años como dicen Isócrates o Yasna, o a lo mejor soy sólo la pieza justa dentro de la Divina Providencia. Pero... siento que mi lugar es aquí, que no me puedo ir hasta que todo esto se resuelva.

El rostro de Edith se nubló por la pena, ahogada por un mal presentimiento.

En ese minuto se acercó Fiodor.

– Disculpen, no quiero interrumpir, pero... don Genaro... usted me prometió...

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La enfermera dudó un momento antes de dejar pasar a Fiodor con el desconocido, pero luego de que éste la tranquilizara, los dejó ingresar. En la habitación de Anaís, ella estaba como siempre, mirando hacia la ventana, con la vista perdida, hundida en los mundos mentales que la mantenían prisionera desde que había sido baleada y luego se había golpeado la cabeza en la Masacre de Guiñaleufú.

– Mamá... – preguntó Fiodor. Ella medio se dio vuelta, e inició la rutina.

– ¿Fiodor...? – soltó, antes de interrumpirse, mirando al extraño, tratando de identificarlo. Las facciones de Anaís se fueron contrayendo, invadidas por el miedo. – ¿Fiodor...? ¿Quién... es él? ¿Quién es éste hombre...?

– Tranquila, mamá... – dijo Fiodor. – ¿Te acuerdas de Genaro...? Del padre Genaro, quiero decir...

La mirada de Anaís escrutó el rostro de Genaro, pero luego, con los labios entreabiertos, su cabeza se movió ligeramente y de forma negativa.

– Tranquila. El es... bueno... él trata de hacer que la gente se sienta bien. Y lo he visto, madre. El... lo traje para que te sintieras bien. Porque quieres sentirte bien, ¿verdad?

Anaís asintió con un movimiento ligero y nervioso de cabeza. Su expresión seguía siendo la de una liebre asustada.

Genaro se arrodilló delante de Anaís, con lentitud y sin mayores ceremonias. Aparentemente podía usar sus dones de curación a distancia, pero se sentía más seguro si imponía las manos. A lo mejor todo era puramente sicológico. Pero funcionaba, y Dios no parecía desagradado, de manera que siguió de esa manera.

Al cabo de un par de minutos, la mirada de Anaís cambió. Se movió ahora de manera más segura. Intentó pararse, pero el cuerpo le traicionó y se fue de espaldas contra el sillón de nuevo.

– Con calma, mamá... – dijo Fiodor, filial pero con autoridad.

– ¿Hijo? Pero, qué... – soltó Anaís. Luego, sus ojos se posaron en Fiodor, con una profundidad que no habían tenido desde la Masacre de Guiñaleufú. – ¿Hijo? ¡Fiodor!

– ¿Mamá...? – soltó Fiodor, llorando.

Genaro retrocedió un poco, sonriendo satisfecho. Recordó a su propia madre, y sintió una punzada en su corazón. Edith era su madre, pero estaba en un cuerpo joven y francamente mucho más sensual, y aunque ahora ya no podía tocarla ni besarla como había deseado cuando ignoraba su vínculo, tampoco podía verla por completo como su propia madre. En cierto sentido, ver juntos a Fiodor y Anaís le hizo sentir como un huérfano.

– ¡Fiodor! – dijo Anaís, abrazando a su hijo. Luego, se quejó un poco.

– Tranquila, mamá. No has hecho mucho ejercicio, así es que no te muevas mucho...

– ¿Cuánto tiempo ha pasado? Hijo... ¿Y Claudine...? Ella...

– Mi hermana está bien. En Santiago, como siempre. Mamá... cuando el médico que viene de visita aquí te evalué, quizás te den de alta... ¡Vas a estar curada! ¡Vas a estar curada!

Y luego, acordándose de pronto de su benefactor, Fiodor se volvió hacia Genaro.

– Gracias, don Genaro – dijo el chico, con toda simplicidad.

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En los laboratorios de la Universidad Neoclásica Joachim Winckelmann, en donde Almendra Caballero seguía monitoreando los primeros y vacilantes nuevos instrumentos para medir el pneuma, y a través de los cuales se había enterado de lo que estaba ocurriendo en Corona de Amenofis, ella recibió una llamada a su teléfono celular.

– ¿Vania...? ¡Pero, qué...!

– ¡Almendra, por favor, tienes que ayudarme! ¡Por favor...! – gimió Vania, con la voz temblorosa. Por un instante, Almendra Caballero sintió piedad de la pobre chica, cada vez más hundida en sus propios problemas: – Almendra, estoy en la cárcel, no he conseguido que me paguen la fianza... Por favor...

Algunas horas después, Almendra Caballero pasó a buscar a Vania a la cárcel. Incluso se permitió echarle encima una chaqueta.

– Voy a volver por ti, Charló. Lo juro – dijo Vania, mientras dejaba a Charló en la cárcel, detrás.

Almendra Caballero rio entre dientes. Vania no era la clase de chica que cumpliera sus promesas.

– ¿Almendra...? – preguntó Charló, de repente. – ¿Almendra Caballero? ¡Almendra, sácame de aquí también...! ¡Sácame o voy a hablar! ¡Voy a decirlo todo sobre Chilean Sex...!

– ¡Tú no tienes nada que decir, vieja de...! – estalló Almendra Caballero, volviéndose hacia la celda, pero se contuvo. Más tarde o más temprano, el pasado tenía que volver a por ella también. Sería más fácil silenciarla afuera, por último.

De manera que, a las pocas horas en que Vania y Almendra Caballero abandonaron la cárcel, Charló hizo lo propio. Dispuesta ahora a recordar sus antiguas conexiones para aprovecharlas. Chantajeándolas, si fuera necesario.

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El grupo entero volvió a reunirse en Corona de Amenofis. Ahora incluía a Almendra Caballero, a Joe Commando y a Vania.

– Muy bien – dijo Almendra Caballero, tomando la dirección. – Veo que están haciendo cosas interesantes por acá. Ustedes no tienen idea de lo que han logrado, ni de lo que todo esto significa. Acaban de controlar por primera vez el paso entre el Pabellón del Norte y el Pabellón del Sur, a través de Corona de Amenofis. Eso quiere decir que han transformado a este condominio en el lugar más importante de la Tierra. Ahora, todo el mundo vendrá a por ustedes, y ustedes mismos son mercancía valiosa. La tecnología que Isócrates ha desarrollado a partir de la ciencia misseliana, podría permitirnos literalmente el dominio del mundo. Ustedes no van a poder solos con esto. Siento ofenderlos, pero ustedes no son más que un montón de aficionados con mucha suerte. Más allá de Corona de Amenofis está el mundo real, y allá hay mucha gente interesada en sacar dividendos de esto. Están las devi, están los gobiernos, están las empresas. Van a necesitar protección, la protección que yo les puedo garantizar con mi propia red de protección. Yo trabajo para un hombre llamado Templemann. Es muy poderoso, y ha conseguido reconstruir en buena medida la antigua red de protección misseliana. Ha trabajado activamente para impedir otro bombardeo nuclear contra Chile. Y nos puede ayudar para impedir la amenaza de que el Gobierno o Hispatrek embarguen y saquen a remate a Corona de Amenofis. Llegó el momento de que trabajemos todos juntos, como un frente unido. A partir de este minuto, bajo la dirección de Templemann y la mía propia... un nuevo orden mundial comienza. Y ese nuevo orden mundial tiene como punto de partida... a Corona de Amenofis.

El grupo se miró. Todos entendían muy bien que habían cruzado el Cabo de la Buena Esperanza, y ya no había vuelta atrás.

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En la soledad de su departamento, Lisa jugaba a placer con el laptop robado a Almendra Caballero. Le había pasado el equipo a un experto en computación que había trabajado con días de dedicación exclusiva, hasta quebrar todas las claves y contraseñas necesarias para acceder a los archivos codificados. Era evidente que aún codificados, Almendra Caballero no guardaría toda la información allí, pero...

– Vaya, vaya, Almendra – dijo Lisa, para sí, y congratulándose de sí misma. – De manera que te estabas guardando información valiosa, ¿no? Cuando Templemann sepa que lo traicionaste, vas a acabar nadando con los tiburones...

En el archivo que Lisa tenía abierto, aparecía una enorme fotografía de Olegario Ferrer, así como los análisis respecto de la muestra de sangre que podría eventualmente servir para controlar a una criatura extraterrestre capaz de teletransportarse...

Próximo capítulo: “La quiebra”.

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