lunes 5 de diciembre de 2011

Capítulo 5-20 - "La quiebra".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: Olegario Ferrer ha viajado a Cuba, financiado por Almendra Caballero, para un tratamiento que le permita recobrar la movilidad de sus piernas. Ella a su vez ha prometido ayuda a Vania, a cambio de una promesa. Lisa ha robado el laptop de Almendra Caballero, y ha descubierto varios secretos de ella. Y Magdalena Monteverde está luchando para impedir la quiebra de sus empresas, que podría acarrear el embargo y remate de Corona de Amenofis, justo cuando el equipo de Ludwica ha aprendido a utilizarlo como paso hacia el Pabellón del Sur...

“La quiebra”

– No debería esforzarse tanto, don Olegario – dijo la amable enfermera cubana, mientras intentaba recoger a Olegario Ferrer, quien estaba tratando de mantenerse entre dos barras que le sostenían mientras caminaba.

– Tengo que aprender a caminar de nuevo, Jaina – dijo Olegario Ferrer, remarcando lo obvio.

– Si se esfuerza demasiado y antes de tiempo, lo único que va a conseguir va a ser regresar al pabellón – dijo Jaina, sonriendo con ternura.

Olegario Ferrer, sosteniéndose a duras penas con sus brazos, porque pisar con los pies le dolía una enormidad después de haberse ejercitado más del rato que debería, asintió con una sonrisa algo amarga.

– Déjeme, don Olegario, que yo le ayudo a ir a su piez...

La puerta se abrió de improviso, y dos hombres gruesos, de terno tan oscuro como sus lentes polarizados, entraron. Jaina intentó protestar, y uno de los hombres, levantando un arma, disparó contra el estómago primero y la frente después, sin vacilar. Los tiros sonaron apenas como un chasquido de aire, gracias al silenciador. Jaina cayó al suelo, muerta instantáneamente, con los ojos muy abiertos, y sangre manando desde sus dos agujeros de bala.

Los hombres se dirigieron entonces a Olegario Ferrer, quien estaba todavía tratando de apoyarse en las barras. Uno de ellos hizo un gesto, cabeceando nerviosamente hacia la puerta.

Olegario Ferrer, incapacitado de caminar sin las barras, se quedó quieto.

El hombre insistió con el cabeceo, nervioso, pero el otro lo detuvo y habló con acento tropical:

– ¿Qué no veh que el pobre hombre éste no puee camina'?

Los dos hombres entonces se acercaron a Olegario Ferrer y lo tomaron, tratando de no tropezarse con el cuerpo inerte en el suelo, y de esta manera se lo llevaron.

OxxxOxOOOxOxxxO

En la mansión Monteverde, Almendra Caballero esperaba a que apareciera Magdalena Monteverde. Finalmente lo hizo. Lucía pálida, demacrada y ojerosa. Era como si la edad se le estuviera viniendo encima.

– Disculpa mis malos modales, Almendra, pero seré breve y ejecutiva. Es un mal momento para visitarme. Estoy esperando una llamada de mi abogado que está resolviendo algunas cosas...

– Es sobre Corona de Amenofis, Magdalena – dijo Almendra Caballero.

– ¿Corona de Amenofis? – dijo Magdalena Monteverde, torciendo el gesto. – Ya no hay Corona de Amenofis. Mi abogado está ocupando revolviéndolo todo porque salió la declaración de quiebra. Nombraron incluso al síndico, de manera que ya no administro Inversiones Monteverde. Dentro de poco van a descuartizar mi empresa, van a cobrar todos los créditos, y entre ellos están las deudas de Segunda Raíz. Cuando a su vez embarguen a Segunda Raíz para pagarse lo de Inversiones Monteverde, Corona de Amenofis quedará perdido para siempre.

– No, Magdalena. Encontré un comprador para Corona de Amenofis – dijo Almendra Caballero.

– ¿Un comprador? ¿Y cuánto va a ofrecer? – preguntó Magdalena Monteverde, con ironía. – No puede ni siquiera igualar los 750 millones que está dispuesto a desembolsar Hispatrek. Almendra, todavía no entiendo por qué es tan valioso ese condominio. A mí... a mí sólo me ha traído dolores de cabeza. Ni sabíamos que existía hasta que apareció Aníbal Aquino. Y después... después vino... vino todo el resto.

– Magdalena, aún es posible salvar a Corona de Amenofis. Sabes que hay mucho dinero en potenciales investigaciones ahí. Sólo necesito tiempo. ¿Puedes negociar un convenio judicial para repactar las deudas de Inversiones Monteverde?

– Eso es lo que mi abogado está tratando. Los acreedores minoritarios parece que están dispuestos. Las instalaciones de Laguna Verde valen mucho, y creen que dándonos tiempo, podemos recuperarnos. Pero Hispatrek quiere comprar Corona de Amenofis de cualquier manera posible. Ellos no van a acceder a un convenio. Y compraron deuda suficiente como para poner muy difíciles las votaciones. De hecho, son los primeros que corrieron a la verificación de créditos.

Magdalena Monteverde se sentó en un sillón tapizado en cuero, y bajando la cabeza, posó la frente sobre la palma de la mano. Cerró los ojos y suspiró.

– Si papá estuviera vivo para ver este desastre... – soltó ella.

– Magdalena, si te consigo un comprador... ¿estarías dispuesta a vender Corona de Amenofis?

– No es mío. Es de... bueno, era de Aníbal. Ahora Rubén está a cargo. Y no quiere vender.

– Tampoco quiere que su secreto se sepa, Magdalena.

– Si revelas el asunto de que Rubén es un impostor fingiendo ser Aníbal Aquino... Me vas a arrastrar a mí también. En ese caso no habrá Corona de Amenofis para nadie.

– ¿Lo tiene por qué saber...? ¿Sacó Rubén las cuentas acaso?

– Sí – dijo Rubén, apareciendo por detrás.

– ¿En qué minuto volviste a la casa? – se volvió Magdalena Monteverde, furiosa.

– Mi abogado me dijo que habían conseguido aquietar las aguas con respecto del secuestro... Gracias, Almendra, te debo una. No sé por qué lo hiciste, pero te debo una.

– En realidad no fue por ti, sino por la pobre chica. La que te secuestró. Ella... bueno... me las arreglaré para tenerla controlada. Sé algunas cosas de ella, y hará exactamente lo que yo le pida – dijo Almendra Caballero. – Tú sólo debes vender Corona de Amenofis.

– Corona de Amenofis es mi seguro de vida, Almendra. Si consiguen ese convenio, aún con la oposición de Hispatrek, necesito dinero de alguna parte. ¿A dónde voy a ir, ahora que Rubén está oficialmente desaparecido? No, Almendra. Jamás venderé Corona de Amenofis. Y mi abogado me dijo algunas cositas. No pueden matarme porque si lo hacen, me harán una autopsia y saldrá a la luz que soy un impostor, y todos los que sabían irán a parar a la cárcel. Y si hacen desaparecer el cuerpo, aún así deben dejar pasar años antes de pedir la muerte presunta. Sea lo que sea, yo me quedo aquí. Con ustedes. Y no voy a vender Corona de Amenofis de ninguna manera.

En ese minuto, entró una llamada telefónica al celular de Almendra Caballero. Este lo miró con fastidio, pero su rostro cambió a un vívido temor, al ver de quién se trataba.

– ¿A... ló...?

– Ven a mi isla inmediatamente – dijo Templemann en persona. – Quiero saber exactamente qué es todo eso que Lisa descubrió acerca de Olegario Ferrer, y por qué me lo ocultaste...

Almendra Caballero palideció. ¡En qué mal momento! ¡Estaba todo marchando, estaba a punto de echarle mano nuevamente a Corona de Amenofis, a tenerlo bajo control, y en el momento preciso, debería ausentarse de país!

Además, ahora Templemann sabía de Olegario Ferrer. Si pensaba que le estaba ocultando información o engañándolo... sería Almendra Caballero quién acabaría en la piscina de los tiburones.

OxxxOxOOOxOxxxO

Mientras tanto, sostenida por Joe Commando a un lado, y Yasna por el otro, sólo por si acaso, Ludwica regresaba a Corona de Amenofis. Allí la recibieron Genaro, Edith y Basanio Urmeneta.

– ¿Estás bien, Ludwica? ¿Te sientes bien? A ver, déjame aplicarte un poco de... – soltó Genaro.

– Estoy bien, don Genaro, no se preocupe – dijo Ludwica, débil, y con amabilidad. – Ya hizo usted mucho por mí. Me salvó la vida, salvó la vida de mi hijo...

Genaro asintió.

– ¿Recuerda, Genaro, que tuvimos una conversación sobre tener o no a ese hijo? – dijo Ludwica.

– Sí, lo recuerdo – dijo Genaro, un poco incómodo porque no quería pecar de infidente al respecto.

– Lo voy a tener – dijo ella. – El no tiene la culpa de que su padre haya sido el falso Leoncio, así es que...

– Ludwica... tú mataste al padre de ese niño – dijo Yasna, antes de darse cuenta de la enormidad de lo que había soltado.

Ludwica bajó los ojos.

– Lo sé. Y no me siento orgullosa de eso – dijo Ludwica, recordando el montón de huesos descarnados que habían quedado en el Pabellón del Sur. Con esa matanza, la ira de Ludwica se había calmado. Pero con dicha calma, había llegado el remordimiento. – Gentes... Les quiero pedir un favor. Por favor, nunca, NUNCA, le digan a mi hijo lo que sucedió. Para cualquier efecto, su padre... No sé... Es un desconocido, un extraño, cualquier cosa.

– No te preocupes, Ludwica, que no diremos nada. Tu secreto quedará entre nosotros – dijo Genaro.

– Gracias – dijo Ludwica. – Ustedes son buenos amigos.

– Yo te ayudaré a criar a tu hijo, Ludwica – dijo Joe Commando.

– ¡Pero, Joe...!

– Yo soy el más indicado, Ludwica – dijo Joe Commando. – Yo soy tus fantasías infantiles de protección, ¿no? Soy exactamente como me hicist...

– ¡Córtala! – gritó Ludwica, alterada, y vaciló un poco al sentir un breve mareo por el esfuerzo.

Y siguió camino, dejando a Joe Commando desconcertado.

– Joe... – dijo Edith, acercándose a él y hablándole por lo bajo. – Acuérdate que eso mismo que tú le estás diciendo a Ludwica, ella lo escuchó del falso Leoncio. Creo que... ella está harta de vivir fantasías. Ahora que va a tener un hijo, o una hija... creo que la vida nunca más va a ser igual para ella.

OxxxOxOOOxOxxxO

Un par de días después, en la isla de Templemann, Almendra Caballero estaba arribando. No la hicieron pasar a la pequeña cabaña que parecía ser la preferida de Templemann, sino a la mansión más lujosa en que estaba la piscina rodeada de tiburones. No vio a Lisa por ninguna parte. Quizás ya Templemann la hubiera confirmado como su sucesora en los negocios de Corona de Amenofis.

Podía haber escapado. Incluso, con sus contactos y conexiones, podía haberse ido de Chile, haberse creado una identidad nueva. Tenía cómo forzar a Vania para eso: todavía pendía sobre ella el tema del secuestro. La investigación había sido cerrada, gracias a las conexiones de Almendra Caballero, pero todavía podía ser reabierta. Y la misteriosa muerte del marido de Vania... Eso era una daga afilada sobre la chica, fuera culpable o no.

Pero entonces perdería todo por lo que había luchado. Ya estaban lejanos los tiempos en que Almendra Caballero había sido una burócrata al servicio de Missel, una funcionaria más del Dominio obligada a ser una carcelera y una espía en la Tierra. En los dos años pasados desde el derrumbe de la organización de los misselianos, había aprendido a tomar decisiones no para Missel sino para sí. Y no quería perder eso.

Era una jugada arriesgada irse a meter a la boca del lobo, pero podía valer la pena.

– Muy bien, Almendra. Háblame del oorvano.

Almendra Caballero suspiró. Se lo esperaba, por supuesto.

– Es una criatura extraterrestre. Una que los misselianos exploramos, señor.

– En Misistra.

– En Misistra, señor Templemann – dijo Almendra Caballero.

Los ojos de Templemann centellearon visiblemente. Por debajo de la máscara de Templemann, Samosis el Egipcio empezó a sacar sus propios cálculos. El había estado en las ruinas de Misistra, había visto a Antiarco morir a manos de esa cosa, y creía que los antiguos habían cegado esas ruinas, y que el monstruo estaba muerto. Ni en sueños se le había ocurrido que esa cosa pudiera teletransportarse.

– Por qué me lo escondiste, Almendra – dijo Templemann. – ¿Qué pretendías hacer con ese oorvano?

– Sólo quería investigarlo más hasta estar seguro de que podía servirnos. Eso, nada más – dijo Almendra Caballero.

Era una mentira flagrante por parte de Almendra Caballero, y Templemann pareció reconocerlo así.

– Tu trabajo no tenía nada que ver con Misistra. Eso estaba fuera de la jurisdicción que te asigné dentro de mi organización. Y no me gusta la gente que rompe las reglas.
Inmediatamente hizo sonar los dedos. Un par de hombrones aparecieron detrás de Almendra Caballero. Entre ellos venía Olegario Ferrer. Estaba pálido, ojeroso y deshecho. Su ojo derecho presentaba una fea mancha morada, y una cicatriz reciente caía sobre la sección izquierda de su labio inferior. Al ver a Almendra Caballero, sus ojos crecieron.

– ¡A los tiburones! – ordenó Templemann. – ¡Almendra Caballero nos dará su suero, no lo necesitamos a él!

– ¡Espera! – dijo Almendra Caballero. – ¡Espera!

Templemann sonrió lobunamente al ver la reacción de Almendra Caballero.

– De manera que, muy en el fondo, se trataba de eso, ¿no? – dijo Templemann, y luego se echó para atrás. – Un romance de oficina entre el detective privado y tú. Vaya. Para eso le financiaste la operación para superar su invalidez, ¿no? Para que estuviera en condiciones físicas de poder mojarte la papaya, ¿no?

– Fue un pago por el suero – dijo Almendra Caballero.

– ¡Con dinero de MI organización!

– ¡Dinero bien invertido! ¡Hemos investigado el suero y sabemos lo que es capaz de hacer! Pero hay un problema. Un problema que no aparece en mi laptop porque está en los servidores de la Joachim Winckelmann.

Templemann se quedó escuchando, expectante, sin preguntar cómo Almendra Caballero sabía que él se había enterado a través del laptop robado. Almendra Caballero ya lo sospechaba, pero ahora tenía la confirmación de que Lisa se había robado el laptop, había vulnerado las contraseñas, y le había soplado la información a Templemann.

– El suero decae muy rápido – dijo Almendra Caballero. – Necesitas nuevas fuentes de él, y en gran cantidad. Hasta que no encontremos la manera de sintetizarlo de manera artificial, Olegario Ferrer es nuestra única fuente.

Templemann suspiró, y chasqueó los dedos. Los hombrones soltaron a Olegario Ferrer, quien cayó pesadamente a tierra con un grito y sin poder pararse. Ahora, los hombrones agarraron a Almendra Caballero.

– ¡No me puedes hacer esto, Templemann! – gritó Almendra Caballero, mientras los hombrones la levantaban en vilo por los brazos, y la llevaban hacia la piscina. – ¡Vas a perder Corona de Amenofis!

Templemann hizo un gesto. Los hombrones se detuvieron.

– Qué quieres decir.

– Magdalena Monteverde está arruinada. Aníbal Aquino no quiere vender Corona de Amenofis. Por eso, lo van a sacar a remate. Ya hay una declaración de quiebra de por medio, y es cuestión de tiempo.

– ¡Maldición, y por qué Lisa no me dijo nada...!

– ¡Porque no tuve tiempo de ponerla al corriente! – dijo Almendra Caballero. – ¡Yo estaba demasiado ocupada tratando de armar algo para salvar la situación! Y tengo una solución. Pero necesito que muevas tus piezas, Templemann.

– Dime qué quieres.

– Primero, que me sueltes y me des tu promesa de que no me vas a arrojar a los tiburones. Ni a Olegario.

– Si tu información es buena, lo haré – dijo Templemann, amenazador.

– Si no me prometes mi seguridad, y que sacarás a Lisa de mi camino, entonces no tendrás ninguna información. Lo del oorvano no te servirá absolutamente de nada, porque no lo puedes controlar. Yo sí.

Templemann levantó las cejas, asombrado ante la audacia de Almendra Caballero.

– ¡Tú puedes controlar al oorvano! ¡Vaya!

– ¿Me escucharás, Templemann? ¿Me prometerás que si el plan es bueno, me dejarás ejecutarlo a mí?

Templemann lo meditó un minuto, y luego hizo un gesto conciliador. Los hombrones soltaron a Almendra Caballero, y la dejaron ir a sentarse de regreso en el asiento que estaba ocupando hacía un minuto atrás.

– Bien, Almendra, cuéntame tu plan.

– Tu parte, Templemann... es jugar con el mercado de acciones.

– ¿Con qué acciones? – preguntó Templemann.

– Hispatrek.

OxxxOxOOOxOxxxO

Una vez de regreso en Chile, Almendra Caballero se reunió con Vania.

– Almendra... una vez más... gracias. Gracias. Te debo mucho. No sé qué hubiera hecho si no hubieras intervenido.

– Pequeña estúpida, me has puesto en un problema – dijo Almendra Caballero, de manera brutal. – ¡Cómo mierda te dejaste atrapar por la policía con Rubén secuestrado! ¿Tienes alguna idea de los problemas que me causó conseguir que pasaran tu coartada ésa de que tú en realidad lo fuiste a rescatar? Por no hablar de la pobre Magdalena Monteverde, que ahora es oficialmente una esposa con cuernos ante la policía. Ahora, como ellos piensan que no fuiste tú, siguen investigando quién diablos hizo el secuestro. Y el que hayas tenido a Rubén como amante, según tu coartada, hace que seas aún más sospechosa de la muerte de tu marido, de Filippo, y esa investigación sí que no se ha cerrado.

– ¡Y yo qué iba a saber que los tiras me estaban siguiendo!

– ¡Si estaban investigando si tu marido murió accidentalmente como un juego sexual que salió mal, o si murió asesinado, entonces debías adivinar que te iban a seguir, muchacha tonta! ¡Te crees muy lista, te crees muy inteligente, pero no eres más que una niñita malcriada acostumbrada a salirse con la suya! Don Federico no te crió muy bien, que digamos.

– ¡Con mi padre no te metas, perra! – gritó Vania, saltando de su asiento.

– ¿Tu padre, el que te llevaba con él cuando eras menor de edad, a gozar y compartir con las prostitutas de Chilean Sexy Dreams? Oye, qué bueno esa Charló te reconoció. Ahora tienes a otra potencial enemiga encima tuyo. Una que sabe lo de Federico Mestrovic y tú en Chilean Sexy Dreams. El escándalo te va a costar. Y mucho. Ya no podrás moverte con libertad porque los medios de prensa siempre te van a buscar, si Charló abre la boca.

Vania se sentó en su silla, confundida.

– Ahora eres aún más sospechosa de la muerte de tu marido, porque tienes un motivo para haberlo asesinado, que es querer estar con Aníbal Aquino... Irónico, si se piensa que secuestraste al impostor porque creías estar vengándote de Aníbal Aquino, sin saber que él ya lleva casi un año bajo tierra. Pero bueno, justicia poética aparte, está el tema de qué hacemos con tu dinero. Porque la investigación sigue abierta acá en Chile, y por lo tanto, por las leyes de Apontonia, no puedes tocar un solo centavo de la herencia de tu difunto esposo.
Vania apretó los labios.

– Tranquila, Vania. Yo te voy a ayudar en todo esto – dijo Almendra Caballero, acarreando una silla al lado suyo y abrazándola. Vania no se dejó abrazar. – ¿Qué pasa, Vania? Solías gozar conmigo, cuando estabámos las dos con Aníbal Aquino... ¿no te acuerdas...?

– No recuerdo que te haya gustado mucho. Nosotros, Aníbal y yo, te chantajeamos... – dijo Vania, sin dejarse abrazar. Su voz era débil, casi un puchero.

– No, no me gustaba – se separó Almendra Caballero, con brusquedad. – Vania, te ayudaré. Tendrás tu herencia. Y después, pasarás a ser la dueña de Corona de Amenofis.

– ¿Y si no compro el condominio?

– Está el documento, la promesa que te hice firmar ante notario, a cambio de mi ayuda, ¿te acuerdas?

– ¿Y qué te hace pensar que después no voy a hacer lo que se te antoje, Almendra...?

– Vania, Vania, Vania... No estás al corriente, ¿verdad? ¿No? Mira. Los misselianos llegamos a desarrollar una tecnología muy interesante. Una que permite recuperar una especie de, no sé... huella digital de la mente. Lo llamamos pneuma.

– Lo sé. Estaba en la documentación de Aníbal Aquino...

– Vania... Hay un pneuma en particular que podrías recuperar, si seguimos investigando. Uno que podemos inyectar en un cuerpo en blanco, ¿qué te parecería? ¿Qué te parecería tener de regreso a tu padre fallecido? ¿Qué te parecería si Federico Mestrovic volviera a vivir? ¿No es tu padre acaso... el hombre al que más has amado en la vida, tu único gran amor...?

Próximo capítulo: “Contra Hispatrek”.

0 comentarios: