lunes 12 de diciembre de 2011

Capítulo 5-21 - "Contra Hispatrek".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: El equipo en Corona de Amenofis ha conseguido varios avances en la domesticación del paso hacia el Pabellón del Sur en el condominio. Pero sus descubrimientos están amenazados por Hispatrek, una empresa inmobiliaria que opera como fachada para el Gobierno de Estados Unidos, y que está aprovechando la mala situación financiera de Inversiones Monteverde para tratar de hacerse con el condominio. Almendra Caballero ha desarrollado un plan para evitarlo, pero todo depende de que Vania recupere a tiempo la herencia de su marido fallecido...

“Contra Hispatrek”

En su oficina en el Edificio Acrópolis, Almendra Caballero mandó llamar a Fiodor. Este ingresó con cautela, casi en pose de animal de presa olfateando el medio ambiente. Todo lo que rodeaba a Almendra Caballero le ponía nervioso: le daba la idea de que ella solía tener siempre un plan detrás del plan, y él no era capaz de adivinar el siguiente movimiento.

– Fiodor – dijo Almendra Caballero, de manera algo maternal quizás, lo que hacía algún contraste con sus facciones levemente masculinas, después de haberlo invitado a sentarse y de que éste accediera. – Tú trabajaste para Aníbal Aquino, cuando él aún se encontraba vivo, ¿no?

Fiodor asintió con la cabeza. Le disgustaba que se lo recordaran. Después de todo, Aníbal Aquino había resultado baleado, y él era el guardaespaldas. Había sido en la noche de bodas y por su esposa Magdalena Monteverde, y por lo tanto no se suponía que Fiodor estuviera ahí para protegerlo, pero aún así... Claro, Aníbal Aquino estaba vivo, pero eso ni Almendra Caballero ni nadie lo sabía. Aún.

– Mira, Fiodor, necesito que hagas un trabajo para mí. Para salvar a Corona de Amenofis.

En breve resumen, Almendra Caballero le explicó la situación: Hispatrek tratando de apoderarse de Corona de Amenofis empujando a Inversiones Monteverde a la quiebra para poder cobrarse las deudas que ésta tenía, y a través de las cuales podía conseguir embargar y rematar el condominio. Le explicó también que había conseguido la firma de Vania para comprar el condominio, apenas ella recibiera su herencia... lo que no ocurriría hasta que cesara la investigación sobre la muerte de su marido.

– El punto es... estuve hablando con una firma de abogados en Apontonia. Y me dijeron algo bastante interesante. Vania no puede recibir su herencia por ser sospechosa en la muerte de su marido... pero un juez civil de Apontonia podría dar su autorización si es que Vania se compromete a dejar una garantía que el juez y el resto de la parentela en Apontonia consideraran como suficiente. Ahora bien, Fiodor... Lo que quiero es que viajes a Apontonia, y te encargues de que esa autorización salga. Por la fuerza si es preciso, ¿me entiendes...?

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Aníbal Aquino contestó el celular, y apenas vio que era Fiodor, le preguntó por el estado de las cosas.

– ¡A Apontonia! – dijo Aníbal Aquino. – No, Fiodor, tú aún estás verde para una misión como ésa. Vas a estar en territorio extranjero, sin experiencia, sin contactos y sin apoyo de ninguna clase. Si te atrapan, y desconociendo el terreno es muy posible que te atrapen, vas a terminar siendo el niño del culo bonito para los presos en alguna cárcel apontónica. Esa misión, déjamela a mí. Tú vas a hacerle otro favor a Almendra Caballero, y vas a presionar a los acreedores de Inversiones Monteverde acá en Chile para conseguir un convenio.

– Pero no entiendo... si el plan de Almendra Caballero funciona, entonces usted le venderá Corona de Amenofis a Vania... Se va a quedar sin nada, don Aníbal.

– No estuve fuera de Chile por nada en este tiempo, Fiodor. Es un gambito, sacrificaré Corona de Amenofis por algo mejor. Por el momento, haz lo que te digo. Quédate en Chile, yo iré a Apontonia. Yo te aviso cuando todo esté listo.

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En la mañana, dentro de su isla tropical, en la cabaña acogedora en que gustaba de permanecer, Templemann abrió la conexión a internet mientras se servía un desayuno de mango con leche y tostadas con mantequilla. Entre el correo electrónico recibido, apareció un enlace. Templemann lo siguió, y una sonrisa de lobo apareció en su cara.

En la pantalla se leía el siguiente titular en un importante diario de la prensa española:

“¡¡¡EMPRESA INMOBILIARIA CORRUPTA SOBORNA A FUNCIONARIOS DEL GOBIERNO!!!”.

Naturalmente, dicha información estaba en manos del periódico hacía bastante tiempo, pero había permanecido sin publicar por un intercambio de favores con Templemann. Ahora, Templemann había solicitado que se publicara el reportaje. Más abajo venía el subtítulo anhelado: “El Gobierno inicia investigación a fondo para determinar responsabilidades en el caso de corrupción que envuelve a Hispatrek, la más importante empresa inmobiliaria de España”. Más un montón de información referente a cómo Hispatrek había aprovechado el boom inmobiliario español de los últimos años para crecer y prosperar. Templemann sonrió con ironía: lo que no aparecía en el diario, es que Hispatrek se había visto apoyado desde atrás por fondos inyectados desde el Gobierno de los Estados Unidos, para tratar de influir en la economía española y también, a la larga, en la latinoamericana.

Pero las ramificaciones de la investigación y sus resultados le importaban poco a Templemann. No llegaría a nada, y además no se trataba de derribar a Hispatrek: eso sería una guerra larga y dolorosa, y de resultados más que dudosos. Le bastaba por el minuto provocar algo de inestabilidad en la bolsa. De manera que pasó a otra página web.

Como lo preveía, la publicación del reportaje había llevado a un desplome en el precio de las acciones de Hispatrek.

Templemann llamó a su mayordomo.

– Dupont... Pónete en contacto con Lagarraña. Dile que espere a que las acciones de Hispatrek caigan 40 puntos, para que empiece a comprar.

– Sí, señor.

– Y luego dile a Piretti que si las acciones remontan 20 puntos por debajo de su punto más abajo, que empiece a vender.

– Eh... sí, señor – dijo Dupont. – Sólo por confirmar, señor... ¿Le digo a Lagarraña que compre si Hispatrek cae 40 puntos, y que Piretti compre si sube 20 por encima de esos 40 hacia abajo...?

– Sí, exactamente. Y no le digas a uno lo que está haciendo el otro, ¿está claro?

– Sí, señor. Aunque eso va a ser el caos, señor – dijo Dupont, con flema.

– De eso se trata, Dupont – sonrió Templemann. – De eso se trata – añadió, y tomó otro sorbo de mango con leche.

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Mientras tanto en Chile, Lisa ingresó a toda velocidad a la oficina de Almendra Caballero.

– ¿Se puede saber qué estás haciendo? – gritó, furiosa.

– Salvando Corona de Amenofis – dijo Almendra Caballero, con toda la calma del mundo.

– ¡Se supone que me tienes que decir todas estas cosas! – gritó Lisa, furiosa. En realidad, estaba muy contrariada porque había anhelado que Almendra Caballero hubiera terminado como alimento de los tiburones de Templemann.

– El plan es mío. Lo discutí con Templemann, y me dio su voto de aprobación. Lisa, estás fuera de la jugada.

– Muy bien – dijo Lisa. – Pero Templemann aún no me ha desautorizado de manera oficial, así es que cumpliré las instrucciones que él me dio al comienzo, de mantenerte vigilada. Quiero tener acceso total al plan. Yo lo supervigilaré, tal y como Templemann me ordenó que debía vigilarte.

Almendra Caballero, por toda respuesta, se paró de su escritorio, y le señaló su asiento a Lisa, con la palma de la mano. Sobre el escritorio estaba el nuevo laptop de Almendra Caballero, abierto.

Lisa se sentó, y tras maniobrar un poco con él, soltó:

– Esto está protegido con contraseña.

Y como Almendra Caballero no se diera por enterada, Lisa le soltó:

– Dime cuál es la contraseña.

– La contraseña... – dijo Almendra Caballero, con toda calma. – La contraseña es “cocodrile96”.

– ¿96?

– Es el año en que llegué a Chile. 1996.

Lisa tecleó la contraseña. De inmediato la pantalla del computador cambió a fondo rojo, y saltó una ventana de advertencia, con una música burlesca en formato MIDI de fondo:

“CONGRATULATIONS, YOU'VE INFECTED WITH COCODRILE VIRUS!!! ENJOY THE FLU!!!”.

– ¡Pero qué...! – gritó Lisa.

Almendra Caballero, por toda respuesta, sacó un bolígrafo del portalápices encima de la mesa, y le sacó la tapa a toda velocidad, poniéndose en posición de ataque. Lisa, espantada, retrocedió.

– ¡Me tendiste una trampa! – soltó Lisa. – ¡Apuesto a que...!

– Sí, Lisa – dijo Almendra Caballero. – Al meter la contraseña, acabas de avisarle a Templemann que hubo una intrusión en mi computadora. Diré que inoculaste el virus cocodrile, que cambia todas las contraseñas internas almacenadas en el computador por “cocodrile96”, para espiarme. Y ahora que te descubrí tratando de sabotearme mientras yo ejecuto el plan de Templemann... voy a defender mi territorio – dijo Almendra Caballero, embistiendo contra Lisa.

– ¡Auxilio! ¡Auxilio! – gritó Lisa, mientras Almendra Caballero comenzaba a forcejear con ella.

– ¡Auxilio! ¡Auxilio! – gritó Almendra Caballero a su vez, para dar la impresión hacia afuera de que era ella la atacada.

Las habilidades superiores de Almendra Caballero le consiguieron una estocada con el bolígrafo en el vientre de Lisa.

Lisa retrocedió. Almendra Caballero no intentó hacer nada. La secretaria de ella, que a los gritos de auxilio había ingresado a la oficina a toda velocidad, la miró de manera interrogante.

– Llama a una ambulancia – dijo Almendra Caballero. – Y a la policía.

Lisa miró a Almendra Caballero con ojos redondos. Almendra Caballero no intentaría rematarla. En realidad, lo ocurrido en el interior de la oficina era la palabra de una contra la otra. La secretaria testimoniaría a favor de Almendra Caballero; ella le defendería a su jefa, y aunque no le creyera, lo haría de todas maneras. La trampa había sido perfecta. Era muy probable que Lisa sobreviviera a la estocada que Almendra Caballero le había proporcionado con el bolígrafo, pero acababa de caer en desgracia frente a Templemann. Quizás saliera del hospital sólo para acabar frente al juzgado con cargos criminales, y luego, para terminar sirviendo como alimento de tiburones en la piscina de Templemann...

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La chica despertó, pero al hacerlo, se descubrió vendada. Trató de gritar, pero estaba amordazada. Trató de patalear, pero estaba amarrada. Hace una cantidad de tiempo indeterminada atrás, era una adolescente delgada, casi anoréxica, tomándose una bebida con sus amiguitas en el Mall Alto Las Condes, riéndose de las series Disney y comentando acerca de Justin Bieber. Ahora, no sabía dónde estaba. Pero lejos de dejarse invadir por la angustia, su carácter de hijita de papá la hizo entrar en una furia horrible. Pero era furia acompañada por la impotencia de estar físicamente amarrada a una silla y sin poder hacer nada para liberarse.

Fiodor, distorsionando la voz, llamó por teléfono:

– Señor Peñaloza, tengo a su hija. Se la pasaré para que lo escuche por usted mismo.
Fiodor acercó el celular a la boca de la chica, y le bajó la mordaza.

– Habla con papi.

– ¿Papá? ¡Papá, sácame de aq...!

Fiodor volvió a amordazarla, y luego retomó el celular.

– Señor Peñaloza, si quiere volver a ver a su hija con vida y sana y salva, consiga que se apruebe el convenio judicial en la quiebra de Inversiones Monteverde. ¿Me oyó...?

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La fachada del Banco Nacional de Apontonia era amplia y lujosa; levantada a inicios del siglo XIX, durante la breve ocupación napoleónica de la isla, pretendía ser una especie de reconstrucción del espíritu neoclásico, y hacía vivo contraste con el estilo claramente barroco de la Catedral Metropolitana de Ventville, ubicada al frente, con la Plaza Mayor de Ventville de por medio. A dicho edificio ingresó Aníbal Aquino.

– Bien, señor Legrand – dijo el banquero, en un inglés con una fonética que, influida por el apontónico, sonaba como la caricatura hollywoodense de un francés o un italiano. – Me temo que no podemos acceder a su petición. Comprenderá que nosotros, por el mejor interés de nuestros clientes, la familia de don Filippo, y como mandatarios suyos, no podemos prestar nuestro consentimiento. Después de todo, bueno, verá... esa chica apareció en la vida del pobre hombre de repente, salida de la nada, se casan, y después muere... La familia tiene sus sospechas puestas sobre ella, naturalmente. O sea, qué se puede esperar de alguien que... bueno... hablando claramente, señor Legrand, no es gente como usted o como yo, gente de decencia probada, gente de antiguas y rancias tradiciones, ¿me va siguiendo usted...?

– Lo sigo perfectamente, señor Fenech – dijo Aníbal Aquino con calma, igualmente en inglés. – Pero... hablando de mandatario a mandatario... como mandatario de la chica... Comprenderá que la ley es la ley. Después de todo, a ella no le han probado nada. Es sólo la sospecha, que podría tener un motivo, un móvil, nada más. Aquí entre nos... supongo que se enteró de cómo falleció el pobre hombre, ¿no?

– ¡Oh, sí, me llegaron los detalles! Horrible, horrible – dijo Fenech. – Pero quiénes somos nosotros para... juzgar... la manera de divertirse de las personas. Aunque esa diversión tenga riesgos, y salga horriblemente mal.

– Y sin embargo, usted está juzgando a la chica.

– ¡Oh, no, usted me malentiende, señor Legrand! Yo no juzgo a nadie. Yo sólo cumplo la voluntad de la familia...

– Y yo cumplo la voluntad de Vania – dijo Aníbal Aquino, levantándose con brusquedad de su asiento. Antes de que Fenech, que ya era un hombre mayor, pudiera reaccionar, el banquero tenía una pistola puesta en la cabeza, apuntándole desde la nuca, con Aníbal Aquino detrás suyo. – Extienda sus dedos sobre la mesa... Eso es.

Aníbal Aquino se sacó un pañuelo de la chaqueta, se lo hundió en la boca al banquero, y lo mantuvo ahí apretando con la palma de su propia mano. Luego, cogió el dedo meñique de la mano izquierda, y tirando con fuerza de él, lo hizo chasquear. El banquero soltó un ronco gemido, ahogado por el pañuelo en su boca. Las lágrimas inundaron sus ojos.

– Tiene nueve dedos más que puedo romperle, señor Fenech – dijo Aníbal Aquino. – Mueva asintiendo con la cabeza si usted gusta de firmar el documento que autoriza la aceptación de la garantía.

El señor Fenech, con mucha timidez, y con los ojos llenos de lágrimas, sin poder zafarse de la posición en que tenía una pistola presionándole contra la nuca, asintió.

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En Valparaíso, en la reunión, apareció Magdalena Monteverde, acompañada por su abogado, y secundada por Almendra Caballero y Vania Mestrovic. Nada más ingresar, Magdalena Monteverde lanzó un saludo frío a la audiencia, y empezó a hablar de inmediato, sin siquiera intentar sacarse la chaqueta.

– Señores... En conversaciones preliminares con algunos de ustedes, tengo entendido que estarían dispuestos a aceptar las condiciones del convenio para la quiebra de Inversiones Monteverde, recibiendo una parte del pago por las deudas en un plazo de algunos días, y renegociando el resto.

El señor Peñaloza asintió. Para quienes lo conocían, era un hombre cansado, agotado, muy distinto al personaje alegre y vital de hacía apenas una semana atrás.

– Nosotros no estamos dispuestos – dijo Antonio Zepeda, el abogado representante de Hispatrek. Era un abogado de Quillota, bajo y delgado, medio calvo y de apariencia cadavérica, que hablaba con un timbre nasal que hacía aún más irritante su tono prepotente. – Consideramos que el monto de las deudas es demasiado grande. Nosotros hemos hecho una oferta para adquirir Corona de Amenofis a una enorme cantidad, e Inversiones Monteverde se rehúsa. Si Segunda Raíz se desprende de Corona de Amenofis, tendría dinero para pagarle a Inversiones Monteverde lo que le debe, y entonces la empresa podría evitar la quiebra.

– ¿Alguien está dispuesto a confiar en la palabra de Hispatrek, una empresa cuestionada por sus arreglos con funcionarios del gobierno español, sobre la que cada día salen nuevas noticias sobre sus enjuagues con funcionarios de Brasil, Argentina, Colombia y Perú...? ¿Alguien...?

Las gentes se miraron dudosas entre sí.

– Le recuerdo, señorita Monteverde – dijo Antonio Zepeda, con irritante condescendencia, – que Hispatrek tiene bien ganada su reputación como empresa emprendedora en el ámbito de la construcción, además de tener un importante rol social a través de sus programas de donaciones... Hispatrek incluso se hace presente cada año en la Teletón, ¿lo sabía?

– Las acciones de Hispatrek han estado oscilando violentamente de precio en estos últimos días – dijo Magdalena Monteverde. – En pocos días, después del escándalo, han terminado bajando a un tercio de su valor. Es posible que Hispatrek ni siquiera tenga dinero para satisfacer una propuesta tan extravagante como la que ha hecho por Corona de Amenofis. Ahora bien, la propuesta de Vania Mestrovic...

– La propuesta de Vania Mestrovic es un chiste – interrumpió Antonio Zepeda. – La prop...

– ¡No me interrumpa! – rugió Magdalena Monteverde.

– A ver – dijo Antonio Zepeda, hipócritamente conciliador. – Vamos a hablar esto con calma...

– YO estaba hablando con calma, y usted estaba escuchando – dijo Magdalena Monteverde. Pero Antonio Zepeda, abogado que con su pose de mentón altisonante chorreaba narcisismo, empezó a farfullar “pero, pero, pero...”, tratando de apoderarse a toda costa de la conversación para imponer su propio punto. Magdalena Monteverde tuvo dificultades para controlarlo, y la lucha por apoderarse del diálogo escaló.

– ¡Deje hablar a la señorita Monteverde, no sea globo de aire caliente! – soltó finalmente Vania Mestrovic, con un tono de frescura juvenil que hizo a todo el mundo reirse de la odiosa pomposidad de Antonio Zepeda. Luego, Vania siguió: – Yo creo en el futuro de Inversiones Monteverde – dijo Vania Mestrovic. – Y estoy dispuesta a invertir una fortuna no sólo en Corona de Amenofis, sino en los proyectos de investigación relativos a la Universidad Neoclásica Joachim Winckelmann, y también en las instalaciones portuarias de Laguna Verde. Todo a través de un crédito blando con suficientes facilidades de pago como para permitirle a Inversiones Monteverde iniciar las operaciones del puerto a plena capacidad. Si sólo aprueban el convenio y renegocian parte de la deuda... Todos saldremos ganando con esto.

– Pero su oferta es menor que la de Hispatrek – soltó Antonio Zepeda, sonriendo con la condescendencia de un niño malcriado después de ganar un partido de canicas.

– Pero es más segura – dijo Vania Mestrovic. – No sé si supieron que esta mañana, un juez en España ordenó bloquear las cuentas bancarias de Hispatrek, para asegurar la investigación judicial del escándalo de corrupción allá...

Antonio Zepeda se mordíó el labio nerviosamente. No había revisado internet en la mañana, antes de salir para la reunión.

– Yo apruebo el plan para que Vania Mestrovic ingrese al negocio – dijo Peñaloza, nervioso. – No quiero tener nada que ver con Hispatrek, después de saberse.... todo lo que se sabe de ellos.

A la salida de la reunión, después de la votación, el convenio se había aprobado.

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Almendra Caballero, Vania Mestrovic y Magdalena Monteverde salieron al exterior, sonriendo, extenuadas, pero relajadas. En el exterior los esperaba un hombre.

– Qué estás haciendo aquí – dijo Magdalena Monteverde.

– Vine a ver a mi esposa – dijo Aníbal Aquino, con seriedad.

– Lárgate, Rubén – dijo Magdalena Monteverde. – Cuando tengas que firmar para vender Corona de Amenofis, te avisaremos. Acuérdate de ensayar la maldita firma, porque...

– No necesito ensayarla – dijo Aníbal Aquino.

Almendra Caballero y Vania Mestrovic se miraron la una a la otra, atónitas. El hombre que tenían enfrente no era Rubén el impostor de Aníbal Aquino, sino Aníbal Aquino mismo. Magdalena Monteverde también cayó en la misma cuenta:

– ¿Aníbal...? – preguntó, y su voz casi se ahogó en temblor mientras apenas se atrevía a sonreir: – ¿Estás... vivo...?

Próximo capítulo: “Si Corona de Amenofis no es nuestro...”.

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