lunes 19 de diciembre de 2011

Capítulo 5-22 - "Si Corona de Amenofis no es nuestro...".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: El grupo lleva a cabo su último esfuerzo para salvar a Corona de Amenofis de las garras de Hispatrek. Actuando de cosuno entre Apontonia y Chile, y con la ayuda de Templemann manejando eventos en España desde el Caribe, consiguen finalmente alcanzar un acuerdo. Pero a través del mismo, Aníbal Aquino deberá venderle Corona de Amenofis a Vania Mestrovic...

“Si Corona de Amenofis no es nuestro...”

En todo el viaje de regreso a la Mansión Monteverde, Aníbal Aquino no había dicho una sola palabra. Al enfrentarse Aníbal Aquino a ellas por primera vez desde su “resurrección”, Vania Mestrovic había reaccionado con sentimientos mezclados, pero Almendra Caballero se la había llevado a un lado, con un suave “dejémoslos solos un rato”. Luego, Aníbal Aquino y Magdalena Monteverde habían emprendido el viaje de regreso a la casa que debería haber sido su hogar conyugal.

Nada más estacionar, Magdalena Monteverde suspiró.

– ¿Y me voy a encontrar con... el impostor allá adentro? ¿Qué vas a hacer con él?

– Ya hice con él, lo que debía hacer – sonrió Aníbal Aquino de manera lobuna. Magdalena Monteverde no se atrevió a preguntar más allá.

Se bajaron del vehículo. Mientras emprendían la caminata hacia la casa, Magdalena Monteverde se detuvo. Para ella era un paso muy importante: era la primera vez que Aníbal Aquino, el verdadero Aníbal Aquino, iba a cruzar la reja como su marido. Algo que debería haber sucedido hace meses, pero...

– Aníbal... – dijo Magdalena Monteverde, pero no encontró las palabras para hacer más significativo el momento.

– Déjalo así, Magdalena – dijo Aníbal Aquino con frialdad. – Voy a permanecer un tiempo contigo, por las apariencias. Luego me voy a ir, quizás para siempre. Ya dejaremos arregladas las cosas para el divorcio.

– ¡Aníbal...! – soltó Magdalena Monteverde, mientras sentía que sus ojos se humedecían.

– No me vas a volver a disparar por la espalda – dijo Aníbal Aquino, de manera opaca, pero masticando cada sílaba.

Magdalena Monteverde suspiró. ¿Cómo le iba a explicar a Aníbal Aquino que en realidad ella no le había disparado, que había sido su hermana María Ignacia quien se había apoderado del control de ella y la había obligado a dispararle a su marido en la mismísima noche de bodas...? Aquello ya no tenía arreglo. Ningún arreglo.

– Entremos – dijo Magdalena Monteverde, tratando de disimular que su corazón estaba destrozado.

“Déjamelo a mí”, soltó María Ignacia, dentro de la cabeza de Magdalena Monteverde. Pero ella, demasiado hundida en sus propios sentimentos, ni siquiera le prestó atención. Frustrada, María Ignacia se dispuso a odiar de nuevo a Aníbal Aquino...

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El vehículo volvió a detenerse, o así por lo menos parecía escucharse en el portamaletas. El aire casi se le acababa, y respirar con la mordaza se le hacía difícil. No tenía esperanzas: el vehículo ya se había detenido antes, Aníbal Aquino había abierto el portamaletas para permitirle respirar un rato, y después había vuelto a cerrar el portamaletas para seguir conduciendo. De manera que cuando vio otra vez el portamaletas abrirse por encima de su cabeza, y descubrió a Aníbal Aquino bajándole del vehículo, aún bien amarrado de manos y pies, se llevó una sorpresa.

El terreno a su alrededor era campesino, casi desolado. Estaban en un camino rural, y las chacras alrededor se veían bastante áridas, rodeadas de cerros casi desnudos que caían bastante a pico sobre el valle. Aquello ya no era Viña del Mar, eso era definitivo, y quizás fuera alguna parte del norte semiárido de Chile, quizás la Tercera o Cuarta Región.

No había ninguna otra persona alrededor, salvo ellos dos.

– Y bien, Rubén... fin del camino – dijo Aníbal Aquino.

– Don Aníbal... – dijo Rubén, y trató de mantener la dignidad dentro de su voz, pero el miedo se le escapó en forma de súplica solapada. – ...don Aníbal, por favor... Yo no quería suplantarlo... Ellos vinieron a mí, me dijeron que podía tener una nueva vida, una nueva familia, una nueva...

– No me interesa – dijo Aníbal Aquino, con toda la calma del mundo.

– Don Aníbal... – soltó Rubén, y trató de pedir con la mayor dignidad posible: – Por favor, no... no me mate.

– ¿Matarte? – soltó Aníbal Aquino. Y luego, sonriendo de manera lobuna, miró a Rubén con sorna: – No me habría tomado la molestia de conducir tan lejos si es que quisiera deshacerse de un cadáver. Nunca supiste cómo jugar el juego, ¿no?

Rubén negó con ligeros y nerviosos movimientos de cabeza.

– No voy a matarte – dijo Aníbal Aquino, con tranquilidad.

– Don Aníbal... Gracias – musitó Rubén.

– No me lo agradezcas, no te tengo piedad, desgraciado. Me suplantaste, y... ¿quisiste echarte a mi esposa, acaso? ¿Ah...?

Y por si aquello fuera el motivo de todo, Aníbal Aquino le soltó a Rubén un recio puñetazo en el abdomen, que lo partió en dos. Mientras se doblaba de dolor, Rubén escuchó a Aníbal Aquino seguir hablando:

– No me gusta desperdiciar recursos. Y tener un doble mío es un recurso bastante valioso, a según qué circunstancias. Quizás algún día te necesite de regreso, y venga a buscarte otra vez. Quizás eso nunca ocurra, y puedas quedarte a vivir acá para siempre.

– ¿Para siempre? – jadeó Rubén. – ¿En este pueblo en el quinto infierno?

– No se te ocurra decir eso de Los Loros, Tercera Región, cerca de Copiapó, porque sus habitantes, tus nuevos vecinos, te van a linchar. No tienes donde ir. Si te pillan, vas a parar a la cárcel por suplantación, y además tendrás encima a tu antigua familia, a la que tenías que pagarle una pensión de alimentos. Por no hablar de tu antiguo trabajo de profesor peleando con cuarenta y cinco alumnos por cada sala de clases... No, Rubén. Te tienes que quedar aquí para que nadie te descubra. Es un pueblo hundido en la geografía de Chile, pero es lo más cercano a la libertad que vas a tener. ¿Ves esa cabaña, paredes de adobe, medio cayéndose a pedazos? Esa va a ser tu nueva casa. No te preocupes por el arriendo ni nada, ya hice arreglos para que nadie te moleste. Vas a tener la casa y una pequeña suma mensual para que te compres comida en el almacén del pueblo. También tengo documentación que te da una nueva identidad. No vas a tener que trabajar ni hacer nada, sólo dejar pasar los días descargando porno de internet. Casi un paraíso. Date con una piedra en el pecho que no sólo saliste con vida, sino que además tienes ganado tu sustento de aquí... hasta que te necesite de nuevo, por lo menos.

Rubén suspiró. Cambiar las delicadas sábanas de seda de la Mansión Monteverde por una cabaña medio derruida, o la bullente Viña del Mar por el semirrural pueblo de Los Loros, o el poder de Aníbal Aquino por una modesta pensión de gracia, o la libertad de ir y venir por el encierro en un valle semidesértico, o el poder aprovechar los días por el temor de que algún día Aníbal Aquino regresara a buscarle o matarle... casi hubiera sido mejor que le hubiera despachado de una vez, y terminar con todo aquello.

Casi. Porque ésa era la peor pesadilla. Rubén podía suicidarse allí, si lo quería. Nada se lo iba a impedir, viviendo solitario como iba a vivir. Pero... quería vivir. Había vivido siempre con la esperanza de que su suerte cambiara, y cuando se le presentó la oportunidad de suplantar a Aníbal Aquino, se había subido pensando que el mundo era para los atrevidos. Y ahora, hundido en ese montón de potreros a la espalda de cualquier civilización, aún seguía teniendo esperanzas... Y ésa era la peor prisión de todas, la que lo mantendría atado a la vida, aunque fuera en estado casi vegetal como allí.

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En las instalaciones del SERCOEX, Anastasio Montes y Eugenio conferenciaban. También estaba presente el brigadier Ayala. El tema del día era la venta de Corona de Amenofis a Vania Mestrovic, por supuesto.

– Supongo entonces que todo está perdido – dijo el brigadier Ayala. – El plan para tenderle una trampa a Almendra Caballero fracasó, la red de protección sigue ahí...

– Ya nada de eso importa – dijo Anastasio Montes, con tranquilidad. – Nos vamos a apropiar de Corona de Amenofis de todas maneras.

– No veo cómo – soltó Eugenio.

Anastasio Montes hizo un gesto inconsciente con la mano para que sus dos compañeros bajaran el volumen de la conversación. Luego, el político empezó a hablar con calma, desmenuzando las sílabas con lentitud.

– A ninguno de ustedes les suena el nombre del senador Ezekiel Bloom, ¿no? Senador de Estados Unidos.

Eugenio se echó hacia atrás en su asiento, con fastidio de que Anastasio Montes estuviera jugando al misterio. El brigadier Ayala trató de esconder un bostezo, aburrido.

– Al igual que mucha gente, el senador considera que tenemos una actitud muy poco firme respecto de todo lo que está ocurriendo. Y es un decidido opositor a las políticas del Presidente de Estados Unidos, ya saben... el plan ése para formar un frente unido contra los extraterrestres. De manera que estamos orquestando algo grande. Dentro de muy poco tiempo, pocas semanas, Ezekiel Bloom en alianza con un general llamado Douglas Pershing orquestará un movimiento a nivel hemisférico para crear una nueva red. Como resultado, Ezekiel Bloom controlará la Presidencia de Estados Unidos, y varios que lo secundaremos a nivel internacional, seremos Presidentes de nuestros respectivos países.

– Habla de un golpe de estado en Estados Unidos y en Chile – dijo el brigadier Ayala.

– ¿Alguien mencionó “coup d'état”? – soltó Anastasio Montes, con calculada frivolidad. – No. Nadie aceptaría un golpe de estado, tendríamos rebeliones ciudadanas por todas partes. Eso sería... inconstitucional. Pero si hubiera una situación de emergencia nacional en que el Gobierno quedara descabezado, entonces... eso sería distinto.

Eugenio se mesó la barbilla.

– ¡Don Eugenio! – soltó Anastasio Montes. – ¿Se quiere quedar sepultado acá en el SERCOEX por toda la vida, como parte de otra inoperante maquinaria de burocracia estatal, o prefiere ascender hasta el Ministerio del Interior...? ¡Mi Brigadier! ¿Se va a quedar sentado a un lado mientras ocurra un tiraje por la chimenea que instale a un nuevo Comandante en Jefe...?

Eugenio y el brigadier Ayala se miraron de soslayo, tratando de escrutarse las intenciones los unos a los otros.

– Cuando haya un nuevo Gobierno, no habrá red de protección que salve a Almendra Caballero, y podremos apoderarnos de Corona de Amenofis. En último término podremos destruir el condominio, y con eso nos sacaremos la daga de Estados Unidos por encima de nuestra soberanía – dijo Anastasio Montes, y remató con un tono de voz hundido en lo siniestro: – Si Corona de Amenofis no es nuestro... entonces no será de nadie.

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Utilizando la autorización judicial enviada desde Apontonia para heredar la fortuna de su difunto marido, Vania Mestrovic había hecho valerla para comprar Corona de Amenofis. Así, había acudido a la notaría, había estampado su firma en el instrumento público respectivo, y luego se habían practicado las inscripciones correspondientes por las cuales pasaba a ser la nueva dueña de Corona de Amenofis. Y decidió, en un pequeño gesto de exhuberancia, invitar a todos sus habitantes a una pequeña recepción, a ser organizada dentro del mismísimo patio del condominio.

En los prolegómanos de la misma, Ludwica se acercó discretamente a Magdalena Monteverde.

– Doña Magdalena – dijo Ludwica. – Tengo una palabrita que hablar con usted.

– Dime, Ludwica.

– ¿Aún tiene problemas con María Ignacia?

Magdalena Monteverde asintió.

– Yasna tiene a punto algunos cálculos bastante interesantes acerca del pasadizo hacia el Pabellón del Sur. Aún no sabemos bien cómo han ocurrido las cosas, pero podría ser que... bueno... lo que viaja no es el cuerpo físico, sino el alma... el pneuma... de las personas, ¿me entiende? Existe una posibilidad cierta de que podríamos hacer viajar el pneuma de María Ignacia a un cuerpo en blanco almacenado en el Pabellón del Sur, y de esa manera, separarlas a ambas.

Magdalena Monteverde miró a Ludwica con asombro. María Ignacia, dentro de su hermana y a través de los ojos de ella, también mostró interés.

Mientras tanto, Anaís se acercó a Aníbal Aquino, no sin coquetear abiertamente.

– Señor Aquino, qué bueno ha regresado usted...

– Doña Anaís – dijo Aníbal Aquino, sonriendo con galantería. – ¿Cómo le ha ido?

– Muy bien, muy bien... Bueno, estuve, usted sabe... un poco... fuera de aquí – dijo Anaís, y se rio mientras hacía un gesto que quería significar “estuve loca”. – Pero ya estoy bien... Quería decirle que siento... Siento lo que ocurrió en el matrimonio, eso no debería pasarle a nadie...

– Gracias – dijo Aníbal Aquino, repentinamente seco.

– Bueno, usted me ayudó mucho, me ayudó a instalar Turisviña y todo, así es que... si necesita cualquier cosa... Usted me avisa, que yo estoy a su disposición.

Tanto Fiodor como Magdalena Monteverde, cada uno por separado, miraron a Anaís con odio desde la distancia, al notarla con tanta familiaridad con Aníbal Aquino.

Las conversaciones en general fueron interrumpidas cuando Vania tomó un vaso, hizo sonar una cuchara en contra de él, y luego habló:

– Saludos, terrícolas... – empezó, y lanzó una risilla por su broma, que nadie encontró graciosa. – Como ustedes saben, ahora yo soy la nueva dueña de Corona de Amenofis. Ustedes seguirán pagando el dividendo, por supuesto, como de costumbre. Lo único que va a cambiar, será el número de cuenta bancaria al que ingresarán el mismo. El sueño de la casa o el departamento propios siguen en pie, aquí en Corona de Amenofis... No deben preocuparse por nada. Han pasado cosas acá en el condominio, pero la vida sigue. Y... eso quería decir.

– Peor discurso EVER – soltó Ludwica a media voz, con un tonillo sarcástico.

– Pero el cóctel está harto bueno – replicó Yasna, engullendo bocadillos mientras Basanio Urmeneta la tenía de la mano de manera muy ceremoniosa.

Pasando al lado de Genaro y Edith, Vania se acercó a la palmera en el centro del condominio, acompañada de Almendra Caballero. Vania suspiró.

– ¿De verdad esta cosa me va a permitir...?

– Deja que la investigación científica siga, Vania – dijo Almendra Caballero. – Más tarde o más temprano, encontraremos cómo recuperar a Federico Mestrovic.

– ¿Y ese tipo, el misseliano al que tienen capturado? ¿Isócrates? ¿Por qué no le sacan la información a él, por qué no lo torturan?

– Es inútil – dijo Almendra Caballero. – Era un guerrillero en Missel, está acostumbrado al dolor. Es más probable que perdiera la razón y terminarámos con un pañuelo babeante, antes de quebrarlo. No, con Isócrates debemos tratar de una manera distinta. Tenemos que encontrar algo que él quiera, y entonces nos dará conocimientos.

Vania torció el labio en una mueca de fastidio.

– Y, Almendra... Ya sé que no me consideras tu amiga, pero... yo sí soy tu amiga, ¿sabes? Así es que te voy a preguntar... te voy a preguntar como amiga, ¿OKIS...? Oye, Almendra... ¿Y Olegario? ¿Olegario Ferrer?

Almendra Caballero suspiró. Olegario Ferrer seguía retenido al lado de Templemann. El era el rehén que Templemann necesitaba para mantener controlada a Almendra Caballero. Pero eso, Vania no tenía por qué saberlo.

– El está bien – dijo Almendra Caballero. – Dijo que iba a pasar unas largas vacaciones en el Caribe...

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El mundo siguió su curso más o menos por un par de semanas. Desde el espacio exterior, la Tierra lucía más o menos como siempre. Hasta que de pronto, una señal electrónica llegada desde algún punto de la superficie de la misma, alcanzó al satélite artificial HOC-11. En respuesta, HOC-11 retransmitió la señal al resto de los satélites Heat Orbiter Cannon, y se dispuso a cerrar los paneles solares, cambiando el suministro de alimentación a baterías internas. La sección del satélite apuntando hacia la Tierra se abrió, dejando ver bajo un grueso anillo de metal, la boca de un cañón.

En pocos segundos, una enorme explosión sacudió el centro de Washington D.C., así como de otras ciudades en el mundo, incluyendo Santiago de Chile.

En las siguientes horas, los noticiarios de todo el mundo transmitieron las noticias de manera febril. A la primera confusión sobre las explosiones, empezó a crecer la noción de que varios lugares del planeta habían sido objeto de un ataque terrorista coordinado a escala planetaria. Un grupo terrorista llamado Cyberanarchy 3000, sobre el cual nadie había escuchado hablar antes, se atribuyó los atentados.

La peor noticia era que los ataques habían sido dirigidos con precisión contra centros gubernamentales, y que los altos mandos de varios países habían sido descabezados. En la tarde, mientras proseguían los reportes acerca de la delicada condición médica del Presidente de los Estados Unidos y varios otros funcionarios de gobierno, el Vicepresidente George Grossmann juró como nuevo Presidente de los Estados Unidos. El juramento le fue tomado por Ezekiel Bloom, el nuevo Presidente del Congreso de los Estados Unidos, y a quien algunos periodistas llamaban un poder detrás del trono...

Mientras tanto, así como en otros países, ante la situación en que no había gobierno claro, una serie de insurrecciones por parte de facciones populares comenzaron. Poco a poco, empezaron a circular las noticias de que los militares se estaban acuartelando, para cualquier situación que pudiera significar una amenaza contra la seguridad nacional.

Uno de los blancos contemplados como potencial amenaza a la seguridad nacional, era Corona de Amenofis, y los soldados estaban aprestándose para tomar el condominio por la fuerza si ello fuera preciso.

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Cuando Ludwica ingresó a la oficina del brigadier Ayala, utilizando el espejo como mecanismo de transporte, descubrió al mismo con su uniforme de guerra, en posición completamente hiératica.

– ¿Y bien? ¿De qué se trata, brigadier? – preguntó Ludwica, aludiendo al correo electrónico que éste le había hecho llegar de manera clandestina, con palabras crípticas.

– Ludwica, tú estás en contacto con la gente de Corona de Amenofis, ¿no es cierto?

– Sí. Pero pensé que usted tenía asuntos más importantes que tratar, con todo el desorden actual en las calles...

– Todo el desorden actual por las calles ES por Corona de Amenofis – dijo el brigadier Ayala. – Ludwica... No estoy de acuerdo con quién eres, y la manera en que nos has tratado, pero soy un hombre de honor. Esta institucionalidad se ha burlado de los militares, se ha reído de los militares, ustedes los civiles no nos quieren, nos desprecian, nos odian. Pero esta institucionalidad es MI institucionalidad, la que juré proteger y defender ante el altar de la Patria. ¿Entiendes...?

– Ni una palabra – dijo Ludwica, con ironía un tanto ambigua.

El brigadier Ayala suspiró:

– Todo esto es una operación de Anastasio Montes para derrocar al Gobierno y llegar a la Presidencia. Anastasio Montes piensa que hemos sido demasiado blandos con Corona de Amenofis y con los extraterrestres en general, y... – el brigadier Ayala se interrumpió para soltar una mueca de disgusto, una versión exagerada de la que había usado para masticar la palabra “civiles” hace un momento atrás: – ...él cree que puede hacerlo mejor.

Ludwica conocía a Anastasio Montes por referencias. Había aparecido bajo otro nombre como personaje en “Luz de Sotis”, la antigua blogoserie que Leoncio había escrito cuando todavía vivía en Corona de Amenofis. Anastasio Montes había sido el contacto de Isócrates, y la ARCECh había obtenido mucha información sobre los misselianos a través de dicha conexión.

– Y en dónde encajamos nosotros – dijo Ludwica.

– Los militares van a apoderarse de Corona de Amenofis. Y sospecho que Anastasio Montes, por estar en tratos con gente del Gobierno de los Estados Unidos, va a venderle el condominio a ellos. Ludwica, tú y tus poderes es lo único que puede impedir que Corona de Amenofis y la soberanía nacional sean sacrificados, ¿entiendes...? Apúrate, porque es cuestión de horas antes de que los soldados ataquen Corona de Amenofis.

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– ¡Muy bien, soldados! – gritó el Mayor Vossler. – Hemos recibido reportes de que grupos terroristas vinculados al anarquismo están operando desde un condominio de Viña del Mar llamado Corona de Amenofis. Y tenemos órdenes de movilizar nuestras tropas, tomar Corona de Amenofis, y obtener la rendición o reducir a sus ocupantes. Recuerden: usen fuerza letal si es preciso. Hora hache: cero setecientas...

– Eso es en como una hora y media – dijo uno de los subalternos, alistándose con felicidad para entrar en acción.

Próximo capítulo: “...entonces no será de nadie”.

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