“...entonces no será de nadie”
Almendra Caballero, soñolienta, agarró el teléfono celular sin ver de quién se trataba. Cuando escuchó la voz de Ludwica, supuso que era algo serio: nadie hace una llamada frívola cuando todavía no son las seis de la mañana. En breve, Ludwica le expuso a Almendra Caballero lo que el brigadier Ayala le había participado. Almendra Caballero tragó aire.
– Almendra, no puedo pelear otra vez con el Ejército de Chile. Tengo un convenio con ellos, ellos no me siguieron molestando por el asunto del hospital, pero...
– Vas a tener que hacerlo, Ludwica. Corona de Amenofis es el único paso estable que existe entre nuestro mundo y el Pabellón del Sur. No podemos dejar que nadie se lo apodere, ¿entiendes?
– Almendra, pero... qué puedo hacer...
– Habla con Isócrates – suspiró Almendra Caballero. – Si alguien puede salvarnos ahora, es ese desgraciado.
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Ludwica ingresó al departamento 6 de Corona de Amenofis, en el cual temporalmente estaba Isócrates atrapado. El departamento se mantenía sin llave porque Isócrates estaba prisionero con una cadena alrededor del tobillo. Los residentes de Corona de Amenofis rogaban porque alguien fuera del secreto, como Patricia por ejemplo, no se le ocurriera descubrir la puerta sin pestillo, entrar, y descubrir a Isócrates prisionero en su interior.
– ¿No es un poco temprano para andar molestando, Ludwica? – preguntó Isócrates, sarcástico.
– Los militares vienen, Isócrates. Necesito que me ayudes a defender Corona de Amenofis.
– No te creo, Ludwica. Tú quieres saber mis secretos científicos – dijo Isócrates, y con un gesto que hubiera sido cómico de no ser por el sarcasmo, levantó la cadena del suelo y la hizo tintinear.
– Lo único que puede proteger a Corona de Amenofis son mis habilidades telekinéticas. Pero no soy tan poderosa como para crear un escudo de fuerza que rechace todas las balas que disparen contra el condominio. No puedo crear un muro de fuerza así de potente, Isócrates. Dime cuál es la opción.
– De manera que quieres hacerme creer un cuento para...
– ¿Quieres acabar como cuando te atrapó la ARCECh...?
Isócrates respiró hondo, y se dispuso a hablar con calma.
– Ludwica... Yo luchaba por la libertad, por la decencia y por la dignidad en mi planeta natal cuando tú todavía no nacías, menos podías andar sermoneando al prójimo. Nosotros éramos el gobierno, y un montón de desharapados nos derrocaron y crearon el Dominio. Existía un orden natural, y así es como las cosas debían ser. Sólo que ya no son así. Yo era de la Rebelión en Missel, y he seguido siendo LA Rebelión acá en la Tierra, cuando me refugié en el Pabellón del Sur. Si me matan, no me importa, resucitaré allá. No van a poder decir lo mismo de tí. Yo seguiré mi lucha, mi cruzada, porque yo estoy en lo correcto. Y tú... tú no eres más que una niñita aficionada que trata de poner al mundo de cabeza sólo porque tú misma has vivido toda la vida de cabeza, y quieres que el mundo entero se ajuste a ti.
– Tú estás haciendo lo mismo. Anastasio Montes no se ajustó a tí, ¿no? – soltó Ludwica, con sorna.
Isócrates, por toda respuesta, frunció el ceño.
– ¿No quieres vengarte de él por haberte traicionado? ¿Ya te dije que él está metido en el complot...?
– ¿En el complot?
– ¡Lo que está pasando a escala internacional, Isócrates! ¡Esos atentados...! No sé cómo lo hicieron, pero...
– Yo sí sé – dijo Isócrates. – Utilizaron másers instalados en órbita para disparar... la ventaja de un máser sobre un láser es que no es luz condensada sino microondas condensadas, y por lo tanto, por su longitud de onda, son invisibles incluso cuando la luz interactúa con la atmósfera. Desde la superficie terrestre, sólo pareciera que fueran explosiones, sin nada de afuera que las causara de manera aparente. Fácil hacerlo pasar por alguna clase de atentado terrorista – concluyó, y había una dosis de orgullo intelectual en sus palabras.
– De manera que todo esto fue promovido para que Anastasio Montes llegara a ser Presidente de Chile – dijo Ludwica.
– El, entre otros elegidos para la gloria – dijo Isócrates. – Va a ser Presidente de Chile, pero como títere de Estados Unidos.
– ¿Me ayudarás a detenerlo?
– Por supuesto, a ese desgraciado se la tengo jurada – dijo Isócrates. – Pero tendrás que liberarme de mi cadena.
– ¡No puedo hacerlo!
– Ludwica... soy el único que puede tenderle una trampa. Además me necesitas para montar un sistema de... ¿cómo va Yasna con su lector de pneuma...?
– ¿Por qué?
– Necesito algunas lecturas. Tengo una idea acerca de cómo... Pero, Ludwica... suéltame de mi cadena. Tenemos poco tiempo, y mucho trabajo por delante. Vamos, Ludwica, apúrate, quítame la cadena...
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Frente al lector de pneuma, Isócrates conversaba con Yasna y las cucarachas.
– El paso se ve consistente – dijo Isócrates, aún con molestias en la pierna por el grillete que tenía hasta hace un rato. – Pero con estas lecturas, está claro que el sistema de control se ha apoderado casi por completo del mismo. Y... eso no me gusta.
– ¿Qué cosa?
– El sistema de control está acumulando pneuma en cantidades increíbles. Incluso diría que está utilizando subuniversos para... almacenaje. Es increíble, si sigue por ese camino podría hacer pedazos la superficie terrestre – dijo Isócrates. – Controlarlo va a ser un casi imposible. Ludwica... Genaro va a ser quien tenga que hacerlo.
– ¡Pero con estas lecturas...! – dijo Yasna. – Con estas lecturas, cualquier mente humana que interactúe con el sistema de control podría ser volatilizada.
– Genaro tiene sus poderes de curación, y ellos van a ser una especie de escudo para él, neutralizando los mecanismos de defensa pneumática del sistema de control, y ayudando a Ludwica. Y cambiando de destino el puente.
– ¿A dónde?
– A la Antártica – dijo Isócrates. – Klunn, Ilinn, Blenn... Ustedes son pequeños y usar el paso para ustedes no será tan problemático como para un grupo de humanos. ¿Podrían ustedes hacerlo si Genaro abre un agujero para ustedes?
Las cucarachas empezaron a culebrear por encima de un teclado. En la pantalla del mismo apareció un SI escrito.
– Alguien que vaya a despertar a Genaro y le explique – dijo Isócrates.
El rostro de Ludwica se ensombreció. Recordaba bien haber leído en “Luz de Sotis” lo que le había ocurrido a Melissa cuando había intentado algo similar. Claro que Melissa era una telépata, y Genaro tenía poderes de sanación. Quizás eso estableciera una diferencia. Aún así...
– Eso será lo mío – dijo Isócrates. – Ludwica, tú tendrás que hacerte cargo de la defensa de Corona de Amenofis. Yo tengo que ajustarle las cuentas a Anastasio Montes, y sé cómo hacerlo. Pero voy a necesitar ayuda. Ludwica... quiero que llames a Aníbal Aquino. El sabrá qué hacer respecto de mi plan.
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Mientras ocurrían estas cosas, Joe Commando tocó la puerta del departamento de Patricia, Adalberto y Melinda. Fue Patricia quien abrió.
– Disculpe, doña Patricia – dijo Joe Commando. – Necesito que vengan conmigo. Las cosas se van a poner muy feas en Corona de Amenofis, y no quiero que queden bajo el fuego cruzado.
– Pero... no me he duchado todavía. Además... ¿qué pasa, que...?
– Lo siento – dijo Adalberto acercándose a la puerta con ira. – Yo tengo que trabajar, Melinda tiene que ir al colegio...
– Yo tengo mi hora en el gimnasio... – apostilló Patricia.
Joe Commando sacó de inmediato su pistola y los encañonó.
– No es una opción – dijo Joe Commando, con severidad.
Adalberto, Patricia y Melinda miraron por encima de Joe Commando, nerviosos. Fiodor estaba saliendo llevándose consigo a la rastra a Anaís. Isócrates los acompañaba.
– ¡Pero qué... está pasando! – dijo Adalberto.
Joe Commando volvió a hacer un gesto con el arma.
Unos minutos después, a bordo del vehículo de Adalberto, que Joe Commando manejaba, el grupo salía de circulación. Nada más alcanzar la calle fuera del patio de Corona de Amenofis, descubrieron a la vuelta del camino a una unidad M-113 que estaba dando la vuelta a la esquina. Joe Commando, nervioso, le ordenó a Melinda llamar a Ludwica para avisar que el enemigo había llegado.
La unidad M-113 se detuvo. La ametralladora Browning M2 se movió un poco, y luego disparó una ráfaga contra el vehículo. Joe Commando empezó a moverse en retroceso, a toda marcha.
– ¡Por qué nos disparan! – gritó Adalberto.
– ¡Dios bendito, protégenos! – imploró Patricia.
– ¡Melinda, el bazuka! – gritó Joe Commando. – ¡Como te enseñé a usarla!
– ¿Le enseñaste a mi hija QUÉ? – gritó Adalberto.
Melinda abrió la caja detrás del asiento delantero, y extrajo un M72 LAW. Con ojos de codicia por usar esa maravilla militar por primera vez, Melinda lo cargó. De pronto, sintió un violento estrellón. El bazuka casi saltó de sus manos.
El vehículo había chocado de cola con un Piraña 8x8 que había aparecido por la otra esquina. El M-113 ya no disparaba.
– ¡Melinda, dale al de adelante! – gritó Joe Commando, y con rapidez de fuerzas de élite, se movió hacia el Piraña 8x8 cargando una ametralladora. Aprovechando el factor sorpresa, consiguió echar una granada al interior del vehículo. Una enorme detonación, sumado al humo que salió por las junturas, indicó que el interior del Piraña 8x8 estaba muerto. Melinda, por su parte, escondida dentro del vehículo, salió por la ventana, y sin apuntar demasiado, disparó. El retroceso le hizo doler la cintura cuando la mitad de su cuerpo seguía adentro del vehículo, pero el tiro fue exitoso: el proyectil impactó de lleno al M-113 y lo anuló.
Detrás venían más unidades.
– ¡Joe! – gritó Melinda.
– ¡Llévate a tus padres por ese tubo de desagüe! – gritó Joe Commando, y ametralladora en mano, siguió disparando contra los soldados.
Los padres de Melinda, aunque de ordinario no le hacían caso ninguno a su hija, estaban demasiado choqueados como para reaccionar de otra manera, y se dejaron llevar como mansos corderillos, levantando la tapa del alcantarillado y fugándose por ahí. Melinda echó una última penosa mirada hacia atrás: Joe Commando se había quedado atrás, cubriendo la retirada. El heroico y noble Joe Commando...
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Al escuchar los tiros, bazucazo incluido, la gente al interior de Corona de Amenofis supo que el tiempo había llegado. Genaro, que había sido despertado a su vez, le dio un rápido beso en la frente a Edith, y se paró frente al sistema de control de Corona de Amenofis.
Sintió de inmediato una gigantesca resistencia por parte de éste. De manera que, encomendándose a Dios, Genaro redobló sus esfuerzos. Ahora podía sentir de manera casi física como el pneuma fluía a través del cuerpo: era como si inmensas corrientes cósmicas se movieran en una sinfonía de energía invisible, avanzando y rugiendo en vórtices, y se dirigiera de lleno en contra del sistema de control.
– ¡Lo está consiguiendo! – dijo Yasna. – ¡Miren estas lecturas!
Las cucarachas se miraron entre sí, y cerraron de inmediato los ojos. Al instante siguiente, en una especie de nube, éstas se habían desvanecido.
Las cucarachas aparecieron en el interior de un corredor oscuro, todo invadido por el hielo. Las cucarachas sintieron el frío.
– De manera que esto es el interior de Megatitlán – dijo Klunn del futuro.
– De un fragmento de Megatitlán – dijo Blenn. – El grueso de la plataforma orbital explotó cuando la Progenie de Imagocoyotl invadió la Tierra en 2009 y...
– Me conozco la historia – dijo Klunn del futuro.
– ¡Cuidado! – gritó Ilinn.
De inmediato, los cuerpos de las tres cucarachas afrontaron una invasión insidiosa e invisible: sus sensores les decían que una serie de nanomáquinas estaban tratando de poseerlos, de tomar el control. Pronto, cuando las nanomáquinas comenzaron a envolverlos, empezaron a sentir dolor físico: los nanorrobots estaban manipulando su sistema nervioso, incluyendo los receptores de dolor, insensibles a cualquier otra cosa que no fuera escanear sus cuerpos y modificarlos para integrarlos dentro de la estructura.
Después de un rato forzando sus biosensores al máximo, las cucarachas habían conseguido alcanzar un equilibrio bioorgánico con su medio ambiente. Sus biosensores obraban en armonía con los nanorrobots, que parecían haber claudicado en sus esfuerzos por controlarlos.
– Esto explica cómo es que Ludwica consiguió sobrevivir meses acá adentro – dijo Blenn. – No necesitó alimentos ni agua más de los que Megatitlán mismo podía proporcionar, porque su mecanismo biológico interior fue ajustado.
– Sí – dijo Ilinn, con voz ominosa. – Pero si ella carga todavía con esos nanorrobots, su bebé...
El trío de cucarachas se quedó en silencio. Nadie podía predecir qué iba a ocurrir con el bebé de Ludwica.
– Vamos a echar a andar esta cosa – dijo Blenn.
Al poco rato, las tres cucarachas habían alcanzado la integración suficiente con el sistema del fragmento de Megatitlán como para conseguir hacerlo despegar desde el valle antártico en que el sistema de control lo había arrojado tiempo atrás. El enorme pedazo de nave espacial despegó de manera recta y majestuosa, derritiendo el hielo a su alrededor, y se elevó por los aires, con solemnidad, listo para emprender el viaje al norte. Considerando su enorme velocidad, y la facilidad de las cucarachas para soportar grandes aceleraciones, era predecible que alcanzaría su objetivo en cuestión de una hora.
Pero en una hora, luchando contra soldados profesionales, quizás Corona de Amenofis cayera en manos del enemigo.
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– ¡En posición...! ¡Ataquen! – gritó Vossler. De inmediato, las tropas de asalto se lanzaron contra Corona de Amenofis. Uno de ellos se hincó y lanzó un bazucazo en contra de la reja.
Después de la explosión, nada había pasado.
– ¡Pero, qué...! – gritó Vossler. – ¡Insistan!
Una vez más, un soldado lanzó un bazucazo contra la reja, pero a pesar de la explosión, la reja no recibió el menor rasguño.
– ¡Disparen con todo! – gritó Vossler, y luego masculló para sí: – Si tengo que arrasar Corona de Amenofis hasta sus cimientos, lo haré, por Dios que lo haré.
En el interior, Genaro estaba interactuando con la energía vital del sistema de control de Corona de Amenofis para alimentar a Ludwica, quien estaba generando el más grande campo telekinético de su vida. Gracias a él, ni las explosiones ni las balas ingresaban hacia el interior. Pero el esfuerzo la estaba desgastando seriamente. No iba a ser capaz de resistir ni siquiera por unos minutos semejante presión.
Una bala ingresó. Luego otra. Y otra más. El campo telekinético de Ludwica seguía firme, pero era evidente que no tenía la fuerza necesaria para pararlo todo. Edith, quien se había armado, se parapetó con un fusil. Prestó atención a los lugares en que ingresaban las balas, y disparó en esas direcciones, apuntando con minuciosidad. Cada tiro se dejaba esperar entre uno y dos minutos, pero cada tiro era una baja en el enemigo.
– ¡Es imposible! – rugió Vossler, al notar que sus propios hombres estaban empezando a caer, mientras que ellos no conseguían entrar en contra de Corona de Amenofis. – ¡Agarren un maldito vehículo y...!
Un M-113 fue girado con rumbo a la reja de Corona de Amenofis. Avanzó y avanzó. En un minuto, el soldado que conducía el vehículo sintió como si el aire mismo estuviera frenándolo. Aceleró aún más... y consiguió que el vehículo empujara un poco primero, luego otro poco hacia adelante... llegó hasta la reja, y empezó a presionar.
– Está cediendo. La reja está cediendo – dijo el mayor Vossler, y luego gritó: – ¡Derriben esa reja, maldición!
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En Valparaíso por esos días, la protección policíaca alrededor del Congreso Nacional estaba reforzada, ya que habían manifestaciones casi todos los días. Aún era temprano, algo pasadas las ocho de la mañana, por lo que no había manifestantes aún, pero en el clima de incertidumbre por la falta de Gobierno visible, muchos temían algún posible atentado terrorista, de manera que carabineros y fuerzas especiales se mantenían especialmente alertas y vigilantes, incluyendo francotiradores en los techos vecinos como medida de seguridad.
En el interior del Congreso Nacional, Anastasio Montes estaba contento. Ese era el día en que, basado en un acuerdo general entre políticos de distintas tiendas parlamentarias, él asumiría el interinato como Presidente de la República. Juraría ante el Congreso Pleno, aunque hubiera manifestaciones... y ya encontraría la manera de alargar el estado de inseguridad para eternizarse en el poder.
En ese minuto sintió ruidos en el exterior de su oficina. Cuando iba a ver de qué se trataba, Isócrates ingresó como una tromba. Detrás venía la secretaria, tratando de detenerlo; al no lograrlo, se deshizo en disculpas con su jefe. Anastasio Montes la despidió con un gesto, y quedaron los dos hombres a solas.
– ¡Isócrates, te creía muerto desde la invasión de la Progenie de Imagocoyotl! – soltó Anastasio Montes, sorprendido. – ¿Cómo entraste hasta aquí?
– Tengo mis trucos – dijo Isócrates, misterioso. – ¿Recuerdas que yo me había comprometido a ayudar a la ARCECh a cambio de tu ayuda para librarme del Dominio...? Gracias a mí, la ARCECh pudo construir incluso un primitivo detector de pneuma. No hubieran podido ejecutar la Operación Lluvia Negra sin eso. ¡Y cómo me pagaron! Me traicionaste. Me apresaron, me torturaron, me utilizaron finalmente para sus experimentos. Y ahora, Anastasio Montes... vengo a detener tu golpe de estado. Y cuando acabe contigo, no quedará nada de ti, desgraciado.
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En Corona de Amenofis, Genaro sintió de pronto que el poder del sistema de control de Corona de Amenofis, como un vórtice amenazador, estaba quebrándolo de adentro. No ocurrió de manera gradual, sino con brusquedad: en un instante él podía sostenerse, y al instante siguiente no. Con un enorme chillido, mientras sentía el dolor de cabeza más atroz de su vida, como si su cerebro se estuviera disolviendo físicamente, se desplomó, inconsciente.
Al sentir que el flujo de pneuma hacia ella se cortaba, el poder de Ludwica disminuyó con fuerza, y con él, también el escudo de Corona de Amenofis. El M-113, acelerado al máximo, quedó de pronto sin contrapeso, y se precipitó con violencia contra la reja, derribándola. El vehículo avanzó hasta el centro mismo de Corona de Amenofis. Ludwica, acorralada, se colocó al lado de la pequeña palmera, con un escudo que apenas alcanzaba a protegerlos a ambos, y que no duraría demasiado.
Los soldados al mando de Vossler ingresaron a saco en Corona de Amenofis. Mientras tanto, el fragmento de Megatitlán estaba demasiado lejos, recién en Chiloé, y no sería una ayuda efectiva. Corona de Amenofis había sido conquistada, y ahora estaba en manos de los golpistas.
Próximo capítulo (último del Quinto Ciclo): “El círculo del futuro”.
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