sábado 31 de diciembre de 2011

Capítulo 5-24 - "El círculo del futuro".

ANTERIORMENTE EN “CORONA DE AMENOFIS”: Una conspiración a nivel internacional hace creer al mundo que Occidente es víctima de atentados terroristas. En medio del caos, Anastasio Montes está próximo a jurar como Presidente interino de Chile, mientras que un batallón de soldados está a punto de conquistar militarmente el condominio Corona de Amenofis...

“El círculo del futuro”

– Estoy esperando, Anastasio – dijo Isócrates, tratando de cargar su voz con insulto. – Pide perdón. Pide perdón por ser un traidor, pide perdón por orquestar un golpe de estado...

– ¡¡¡TÚ NO ERES NADIE PARA VENIRME A EXIGIR PERDÓN, CONCHA DE TU MADRE!!! – gritó Anastasio Montes, y luego, calmándose un poco, arriscó el labio superior en un gesto de disgusto: – Yo soy Anastasio Montes, y tú eres un pobre hueón. Tú no eres nadie para exigirme nada A MÍ.

– ¿Porque te crees mejor que el resto de nosotros?

– Yo SÉ lo que es mejor para la Patria – dijo Anastasio Montes, con escalofriante desapasionamiento. – Yo SÉ CÓMO debe ser gobernada. Yo SÉ cómo tratar con... Este país está enfermo, y se necesita gente como yo para que les diga, para que les señale el camino. Yo DEBO ser Presidente de Chile, no porque quiera, sino porque EL PAÍS ME NECESITA, el país necesita a gente como yo que sepa como hacer las cosas. Si a eso lo quieres llamar que soy mejor que el resto de los ciudadanos, entonces lo soy. Y ahora, sal de mi oficina. Tengo un juramento que hacer como Presidente de Chile, y...

– Presidente INTERINO de Chile. No te dejarán gobernar más.

– No seas pelotudo, Isócrates. El día en que los chilenos se gobiernen a sí mismos, este país se va a la mierda. Los chilenos son flojos, y son idiotas. Lo quieren todo gratis: educación gratis, salud gratis... Este país no es más que una manada de flojos que no quieren trabajarle ni un solo día a nadie. Si no fuera por gente como yo, este país se hundiría. Este país debe progresar, este país debe desarrollarse, este país debe llegar hasta el Primer Mundo, y eso nunca va a suceder si estamos hueveando con darle en el gusto a la gente. Tengo una responsabilidad y tengo un deber histórico, Isócrates, y no voy a dejar que ningún tarado como tú me impida hacer lo que tengo que hacer.

Isócrates sacó un arma y la levantó con lentitud hacia el pecho de Anastasio Montes.

– No te dejaré dar tu golpe de estado, Anastasio. Hasta aquí llegaste. Por кретен.

El rostro de Anastasio Montes se desencajó, como si alguna clase de pacto demoníaco se hubiera retirado de su rostro, y diez años de su vida se le hubieran venido encima de repente.

– Espera, espera... No, espera, Isócrates... Espera, yo... No me estás entendiendo. Hay cosas... hay muchas cosas para todos aquí. Incluso para ti. Isócrates, vamos... No vas a disparar, ¿verdad? Te puedo dar, te puedo asegurar... cuánto, dime por cuánto quieres el cheque. Tú... ¿No, dinero no...? Bien, entonces qué quieres... ¿Una consultoría, algo...? Con tu... habilidad científica... algo podemos arreglar... ¿Tampoco? Una subsecretaría entonces... ¡Vamos, Isócrates, un ministerio entonces! Sólo, sólo... ¡¡¡NO DISPARES, ISÓCRATES, NO DISPARES!!!

Anastasio Montes no había gritado esto último por nada. Empujando a través de la puerta de la oficina, los guardias de seguridad entraron. Isócrates disparó contra Anastasio Montes, aunque sin alcanzar a apuntar; éste cayó detrás de su escritorio, quizás por haber sido alcanzado o quizás sólo escondiéndose. A su vez, varios tiros derribaron a Isócrates, cuya pistola rebotó lejos. Isócrates intentó decir algo, boqueó atrozmente, y finalmente se quedó quieto, mortalmente quieto.

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Hacía una enorme cantidad de rato que los soldados a cargo del Mayor Vossler habían registrado los seis departamentos de Corona de Amenofis, los cuales por supuesto estaban vacíos; los otros combatientes, incluyendo a Edith, ante la incapacidad para seguir oponiendo resistencia, habían optado por replegarse y huir. Ludwica seguía amparada en su campo de fuerza, alrededor de la palmera enana en el centro del condominio. A lo lejos podía verse el cuerpo de Genaro, cubierto con una sábana blanca: el médico militar ya lo había reportado oficialmente como baja en combate.

Ludwica a duras penas podía asimilar que Genaro ya no estaba. Quizás, con un poco de suerte, su pneuma estuviera en alguna parte, quizás el sistema de captura en el Pabellón del Sur pudiera implantarlo en un cuerpo en blanco... Pero todo dependía del sistema de control. Si el paso entre Corona de Amenofis y el Pabellón del Sur estaba cerrado, entonces el pneuma de Genaro no podría ser recuperado.

– Ríndete, Ludwica – dijo Vossler marcialmente. – Ríndete, y te aplicaremos la convención ésa sobre prisioneros...

– ¿Convención? – gritó Ludwica. – ¡Lo que estás haciendo, es colaborar con un golpe de estado...!

– ¡Yo solo sigo órdenes! – gritó Vossler. – ¡Yo soy un soldado! ¡Soldados...! Dispárenle.

El batallón a cargo de Vossler soltó una nueva andanada de disparos en contra de Ludwica.

– ¡Alto al fuego!

Ludwica seguía de pie, con el campo de fuerza todavía activo. Pero ella no podría sostenerlo para siempre.

– Tú eres la chica que mató a algunos de mis compañeros en el hospital, ¿no? – soltó Vossler. – Esa la vas a pagar. ¡Tú y todos tus inútiles subversivos la van a pagar!
En ese minuto, apareció en el aire una enorme maquinaria: era el fragmento de Megatitlán, que gracias a la resistencia de Ludwica, había obtenido el tiempo suficiente como para cubrir la distancia hasta Viña del Mar.

– Prepárense a atacar – dijo Blenn.

– Sistemas energéticos dirigidos hacia todos los cañones – dijo Klunn del futuro.

– ¡Estaciones de combate listas! – soltó Ilinn.

– ¡Fuego!

Los cañones de alta precisión del fragmento de Megatitlán atacaron sin misericordia alguna contra Corona de Amenofis. Cada disparo buscaba un blanco específico de alta precisión; cada disparo era un vehículo reventado; cada disparo era un soldado muerto. Incluso aquellos que buscaron refugios detrás de paredes o bajo alguna elevación, fueron alcanzados limpiamente gracias a que la potencia de los disparos parecía capaz de traspasar cualquier obstáculo. En poquísimos minutos, la batalla había terminado.

– Blenn, mira estas lecturas... parece una sobrecarga – dijo Klunn del futuro, a bordo del fragmento de Megatitlán.

Ludwica bajó el campo de fuerza con precaución, y se movió entre los cuerpos caídos. La masacre había sido tan limpia y completa, que ningún enemigo parecía haber quedado herido, mucho menos ileso: todos estaban muertos.

Dio vuelta uno de los cuerpos: era el del Mayor Vossler, muerto con los ojos y la boca bien abiertos, un rictus de dolor inconmensurable, y el cráneo traspasado de parte a parte por alguna clase de rayo de energía.

En eso, una explosión atronadora sacudió la atmósfera entera. Ludwica miró hacia arriba, en lo que la luz desde allí no la cegaba, y descubrió como el fragmento de Megatitlán se desintegraba, y sus pedazos remanentes eran repartidos en todas direcciones. Por instinto, Ludwica volvió a crear un escudo telekinético de aire, a tiempo para desviar un fragmento que, de haber seguido su trayectoria sin perturbación, la habría empalado limpiamente.

– Klunn... Blenn... Ilinn... – suspiró Ludwica, y toda la tensión de los días y meses transcurridos pareció querer arrancarse a través de sus ojos. Antes de poder impedirlo, Ludwica estaba en el suelo, sentada, sollozando en medio de todos los cadáveres que estaban repartidos por todo Corona de Amenofis. La batalla había terminado, pero a qué precio.

A lo lejos, Goloso y Minmei, los gatos que se las habían arreglado para esconderse en medio del caos, contemplaban a Ludwica, pero no se atrevían a acercarse todavía. Mal que mal, aún llovían fragmentos de la fortaleza de Megatitlán...

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En medio del caos producto de la confusión en torno a los disparos en el Congreso Nacional, Aníbal Aquino había utilizado sus habilidades como antiguo agente de la ARCECh, las mismas por las cuales había introducido a Isócrates en el edificio, y había entrado en la oficina de los hechos. Desde allí había retirado un pequeño dispositivo espía que Isócrates había dejado disimuladamente, mientras conversaba con Anastasio Montes tratando de arrancarle alguna clase de confesión.

Al poco rato, después de haber visto y revisado el archivo, sentado en un cibercafé cualquiera, Aníbal Aquino subió el video respectivo a YouTube, así como a tres o cuatro otros proveedores de alojamiento para videos en línea. Luego, algunos correos electrónicos enviados hacia varios sitios estratégicos de la red alertaron del nuevo contenido.

Durante la tarde, Anastasio Montes abandonó el edificio del Congreso Nacional, con la intención de abandonar Valparaíso y regresar a Santiago. Estaba dolido y furioso: aunque nadie le culparía de la muerte de Isócrates, habían sido de rigor una serie de trámites de investigación policial, y por lo tanto, la ceremonia por la que él juraría como Presidente interino de Chile había sido aplazada. Isócrates estaba muerto, pero aún así, había conseguido arruinarle la tarde.

– Al menos no me arruinará nada más, el maricón – masculló Anastasio Montes, con la satisfacción de saber que Isócrates había pagado su insolencia con la vida. – Se lo merecía el muy cabrón.

Pero alguien en la multitud detrás del Congreso Nacional, al ver la limusina salir, gritó:

– ¡Ahí va! ¡Ahí va el traidor!

La multitud, electrizada por el video en el cual Anastasio Montes había pasado de despreciar la democracia a tratar de sobornar a Isócrates con cargos públicos, arrolló a cuanto carabinero se le puso en el camino, rompió todas las barreras, y en breve estalló una batalla campal. Presionados, los Carabineros lanzaron bombas lacrimógenas, pero ni eso parecía ser capaz de detener el fervor de la multitud.

– ¡¡¡EL PAÍS TE NECESITA!!! – gritaba la gente, con sarcasmo, aludiendo al video. – ¡¡¡EL PAÍS TE NECESITA!!!

La limusina fue detenida.

– ¡Acelera, hueón, apúrate, por la mierda! – gritó Anastasio Montes a su chofer. – ¡No te quedís parado, hueón...!

– ¡Pero es que puedo atropellar a alguien...! – protestó el chofer.

– ¡¡¡ATROPELLA A LOS CONCHESUMADRES, POR LA PUTA, ATRÓPELLALOS, PERO SÁCAME DE AQUÍ!!! – gritó Anastasio Montes, aterrorizado.

Pero la multitud empezó a balancear la limusina, y luego, empujando, la volcó. En su interior, Anastasio Montes rodó y cayó sobre su brazo. Un enorme dolor lo invadió: quizás se lo había dislocado.

Utilizando una palanca, los manifestantes consiguieron abrir la limusina como una lata de sardinas bajo un abridor. Millones de manos se extendieron hacia el interior, buscando el contenido del vehículo.

– ¡¡¡ATRÁS!!! – gritó Anastasio Montes – ¡¡¡ATRÁS, DÉJENME EN PAZ!!! ¡¡¡LÁRGUENSE!!! ¡¡¡POLICÍA, POLICÍA, SOCORRO!!! ¡¡¡ME ESTÁN ATACANDO!!! ¡¡¡ME ESTÁN ATACANDO!!!

Anastasio Montes fue agarrado por manos como zarpas, y extraído desde el vehículo hacia la luz del día, en donde el político se encontró con todas las caras, que debido a la irritación de los gases lacrimógenos, parecían más rostros de espectros de la muerte que verdaderos seres humanos. Sin poder defenderse por su edad y por su brazo dislocado, Anastasio Montes fue arrojado al suelo, y entonces las patadas empezaron a llover sobre su cuerpo, astillando huesos, rompiendo costillas, quebrando la pelvis, machacando los miembros, destrozando el cráneo.

Cuando Carabineros de Chile pudo por fin rescatar el cuerpo de Anastasio Montes, el hombre que había querido ser Presidente de Chile no era más que una pulpa sanguinolenta, purpúrea e inerte.

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Un par de días después, el mismo día en que a través de una rápida componenda política doña Mariana Lynch juraba como Presidenta interina de Chile, los deudos de Genaro asistían al funeral de éste.

Yasna se resistía a ser abrazada por Basanio Urmeneta, recordando que hace menos de un año, ella era la pareja de Genaro en Ecuador. Como un caballero, Basanio Urmeneta estaba a su lado, sin decir palabra. Yasna apenas podía sostenerse en pie: casi no había dormido ni comido, absorbida en la tarea de obtener lecturas pneumáticas que le permitieran adivinar si el pneuma de Genaro había podido ser rescatado o no. Pero todos sus esfuerzos habían resultado vanos. Aparentemente, Genaro estaba por completo muerto, y sin posibilidades de ser devuelto a la vida.

La misa fúnebre había sido bastante fría: el sacerdote a cargo era el párroco de Santa Reparata que había reemplazado a Genaro cuando éste había dejado el sacerdocio, y al cura no le hacía gracia la historia de conflictos entre el difunto y la Iglesia Católica, ni los milagros de curaciones que se le adjudicaban a Genaro. En el cementerio, algunas personas hablaron.

– Genaro, sólo quería decirte... – dijo Fiodor, mientras tomaba la mano de su madre Anaís. – Sólo quiero darte otra vez las gracias por haber sanado a mi madre. Yo nunca te di nada, y tú no me debías nada, y tú lo hiciste sólo porque te lo pedí. Genaro... gracias por eso.

Ludwica, por su parte, estaba demasiado impactada, y cuando empezó a hablar, no alcanzó a tartamudear cuatro o cinco palabras sin sentido, antes de interrumpirse. Se excusó, retrocedió, y guardó silencio, tratando de no quebrarse y llorar.

– Genaro... no es mucho lo que te conocí – dijo Edith, luchando por dominar sus sentimientos de madre, porque hasta el minuto, no se suponía que mucha gente supiera el secreto de su identidad. – Sólo podría decirte que... eras el hijo que cualquier madre hubiera deseado tener. No dejaste familia porque tu familia fue la religión. Y no cualquier religión, y no la religión de los que hacen normas para que otros se porten bien. No, Genaro. Tu religión fue la religión de la bondad, de la generosidad, del desprendimiento. Tu religión no fue la religión del discurso, sino la del ejemplo. Esa era tu familia. Nosotros en Corona de Amenofis éramos tu familia.

Yasna tomó la palabra a continuación.

– Genaro... no sé qué decirte. Sólo que... desde el lugar en que yo vengo... Decimos que esto no es un adios. Es sólo un “hasta pronto”, un... “nos veremos otra vez”. Mientras tanto... soy feliz por haberte conocido. Vine desde muy lejos para saber de ti. Eso tú lo sabes. Estuvimos juntos durante un tiempo, y durante ese tiempo, aprendí y crecí mucho como persona. Genaro... creo que te lo debo. Voy a escribir tu historia, voy a escribir tu vida para el futuro. Y entonces...

Ludwica no pudo evitar un escalofrío mientras escuchaba decir tales palabras a Yasna. Sabía bien que Yasna venía del futuro, por supuesto, un futuro en que el Genarismo era la religión oficial de Andinia, del Segundo Imperio Inca. Era como si de pronto, el futuro entero fuera un enorme círculo, y ese círculo abierto desde que Corona de Amenofis se había construido, se estuviera de alguna manera cerrando. ¿Era el cierre del círculo del futuro? ¿O por el contrario, el círculo del futuro siempre había estado cerrado, y era ahora, con la muerte del pretendido Cristo de los 2000 Años, que recién comenzaba a abrirse? Ludwica tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no caer al suelo, al sentir en su interior el vértigo de las décadas, de los siglos, incluso de los milenios por venir.

Y aquel futuro era en donde iba a vivir su hijo aún por nacer...

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En el Pabellón del Sur, uno de los cuerpos en blanco abrió los ojos. De inmediato, el nivel del agua al interior de la cámara de conservación empezó a descender. El cuerpo respiró por primera vez. A diferencia de los cuerpos en blanco en la ahora extinguida Misseldavia, que necesitaban correas de sujección dentro de sus tanques, además de un período de recuperación, en el Pabellón del Sur el cuerpo estaba listo para la acción. En realidad no era un cuerpo humano propiamente tal, al menos no como se entiende según las leyes físicas de la Tierra: era la mente humana la que, usando recursos mentales preexistentes, interpretaba de esta manera una realidad que no se correspondía a iguales leyes físicas.

Caminó derechamente hacia los paneles y examinó los registros. No pudo evitar mover la cabeza con cierto disgusto. Muy en el fondo, a pesar de que en algún minuto había intentado utilizarle inventando para él un mito, el del Cristo de los 2000 Años, le simpatizaba Genaro. Por eso no le gustó descubrir que el pneuma de Genaro no se había conservado. Al igual que Melissa antes, Genaro parecía haber sido vaporizado de alguna manera por el sistema de control.

Y se dispuso a meditar. Conocido como Séller, como Isócrates, como Orlac, el antiguo misseliano había conseguido hacerse matar y regresar así al Pabellón del Sur, a las máquinas que él mismo había construido para resucitar en uno de sus propios cuerpos en blanco. Había conseguido escapar de Almendra Caballero, pero no le dejarían acercarse a Corona de Amenofis, y además, intentar una nueva invasión podía empeorar las cosas. Debería buscar una nueva estrategia para apoderarse del pasadizo abierto entre Corona de Amenofis y el Pabellón del Sur... en particular antes de que el sistema de control se volviera tan poderoso, que aprovechara dicho pasadizo para poner de cabeza la realidad. Porque una cosa tenía Isócrates en claro: si el sistema de control de Corona de Amenofis se salía con la suya, no trepidaría en extinguir a la Humanidad con tal de sobrevivir, y de consolidar su propio dominio...

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Transcurrieron los meses. En el período intermedio, el mundo experimentó algunos cambios. El Congreso de los Estados Unidos había asegurado nuevos poderes extraordinarios al Presidente George Grossman, que estaba empeñado en crear una alianza militar a nivel planetario para repeler cualquier eventual invasión extraterrestre. Chile, por su parte, había vuelto al orden, al tiempo que, según rumores, recibía presiones de los diplomáticos enviados por Grossman para integrar su alianza. En cuanto al juicio contra el brigadier Ayala y contra Eugenio, entre otros implicados en el presunto golpe de estado, dichas noticias habían ido disminuyendo de tamaño en la prensa, mientras las notas sobre las chicas de la farándula recobraban su gigantismo habitual.

Entretanto, los residentes de Corona de Amenofis, aún traumatizados por la invasión militar contra el condominio, habían tratado de vender los departamentos, pero nadie había querido comprarlos precisamente por el mismo motivo, de manera que los residentes seguían atascados allí.

Por su parte, luego de la nueva desaparición de Leoncio, Adalberto y Patricia habían alojado a Ludwica en su propio departamento. Después de todo, el hijo de Ludwica iba a ser también nieto de Adalberto y Patricia. O eso creían al menos los dos abuelos, ignorantes de que aquel Leoncio no había sido el real, sino uno fabricado por Orlac...

Llegó el día programado para la cesárea, y Patricia llevó a Ludwica a la clínica.
En la cama respectiva, mientras una enfermera estaba al lado tomando la temperatura, apareció el médico obstetra, quien le dirigió una amplia sonrisa a Ludwica.

– Llegó el gran día, ¿no? El día en que su hijo saldrá por fin a la luz del día... – dijo el médico, con jovialidad.

“Yo no saldré”, resonó una voz dentro de la cabeza de Ludwica, muy fuerte y clara.

– Enfermera, ¿está listo el pabellón? – preguntó el médico.

– Listo, doctor.

“¡¡¡YO NO SALDRÉ!!!” resonó de nuevo la voz. Inmediatamente los poderes telekinéticos de Ludwica se activaron, sin que ella pudiera hacer nada al respecto: el médico y la enfermera fueron violentamente empujados contra la pared.

Sin tener ningún control de su propio cuerpo, Ludwica se levantó y salió al pasillo. Cualquiera que intentara detenerla, era empujado como por una mano invisible, por los poderes telekinéticos de Ludwica. Incluyendo a Patricia.

“¡¡¡DETENTE!!! ¡¡¡QUIÉN ERES!!!”, gritó Ludwica mentalmente.

“Soy tu hijo no nacido”, resonó la voz. “Si nazco, estaré débil e indefenso durante muchos años, y necesito estar fuerte AHORA. Usaré tu cuerpo para dirigirme hacia donde quiero, y cuando ya no me sirvas, seguiré mi camino”.

Ludwica transpiró helado. Su mente trataba por todos los medios de retomar el control de su cuerpo, pero su propio hijo no nacido se lo estaba impidiendo. Ambos salieron del hospital, el nonato dentro del útero de Ludwica, y se dirigieron por la calle. Ludwica preguntó hacia donde vamos.

“A la casa de mi hermana”, dijo el niño.

“¡Tú no tienes una hermana!”, soltó Ludwica, para a continuación detenerse a pensar en que a lo mejor Leoncio...

Caminaron por un enorme trecho. El ácido láctico invadió a Ludwica, pero el hijo nonato la obligaba a caminar sin descanso alguno, la forzaba hasta el último...

Apenas llegaron a una casa, los poderes telekinéticos de Ludwica se activaron una vez más, arrasando con la puerta primero, y con los ocupantes de la casa después. Frente a Ludwica, había una chica de aproximadamente tres años de edad, que al mirar el vientre de Ludwica, sonrió de una manera que pareció maligna.

“Ella es mi hermana que fue entregada en adopción por Maya” explicó el hijo nonato. “Indira, hija de Leoncio y de Amara”.

¿De Leoncio y de Amara...? Ludwica se sintió desfallecer, pero sus piernas estaban sosteniéndola de manera rígida. Hizo un esfuerzo desesperado por revolverse y recobrar el control de su cuerpo, pero fue inútil. La niña se acercó, le tocó el vientre, y a partir de entonces, Indira pareció sincronizada con el hijo nonato... Poco a poco, el poder de ambos se unió en contra de Ludwica. Y a medida que estaba siendo aplastada, la conciencia de Ludwica se fue apagando poco a poco...

FIN DEL QUINTO CICLO DE “CORONA DE AMENOFIS”.

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